Porque tantas lluvias e inundaciones en Tucumán
La opinión de una experta en clima


Tucumán camina hacia la “tropicalización Crónica” de una metamorfosis climática. Hablar de un proceso de tropicalización no implica que una región adopte de manera inmediata un clima tropical en sentido estricto. El concepto describe una tendencia progresiva hacia condiciones similares a las de los trópicos: temperaturas más elevadas, una atmósfera con mayor contenido de humedad y, sobre todo, lluvias más intensas concentradas en lapsos breves, en lugar de precipitaciones moderadas y distribuidas de forma más regular. Es un cambio en el comportamiento del clima, más que una transformación abrupta.
El verano tucumano de 2026 está dejando de ser una simple temporada de calor para convertirse en un fenómeno desconcertante. Lo que históricamente conocíamos como el Jardín de la República, caracterizado por lluvias frecuentes, pero relativamente regulares, parece mutar hacia un escenario de extremos hídricos cada vez más frecuentes, compatibles con este proceso de tropicalización que comienza a delinearse en el Noroeste Argentino
La transformación no se percibe solo en la sensación térmica, sino en la manera en que llueve. Con una frecuencia creciente, el cielo se cierra y descarga en pocas horas volúmenes de agua que antes se repartían a lo largo de varios días, o incluso semanas.
La explicación de estos eventos responde a una combinación de aumento de la temperatura y cambios en la circulación atmosférica. A medida que el planeta se calienta, la atmósfera puede retener más vapor de agua: aproximadamente entre un 6 y un 7 % adicional por cada grado Celsius de aumento. En jornadas que superan los 35 °C, esa energía queda acumulada en la atmósfera hasta que una perturbación la libera de forma abrupta.
El mismo mecanismo explica la creciente frecuencia de tormentas severas y caídas de granizo. Las corrientes ascendentes dentro de las nubes son tan intensas que mantienen los granizos suspendidos durante más tiempo, permitiéndoles crecer hasta alcanzar tamaños capaces de provocar daños materiales significativos.
No obstante, existen sectores escépticos que consideran que hablar de tropicalización es una exageración ambientalista. En línea con posturas sostenidas por el actual Ejecutivo Nacional, argumentan que el clima siempre ha sido cíclico. “No estamos ante una catástrofe causada por el hombre, sino frente a una variabilidad natural que la Tierra ha experimentado desde siempre”, repiten, señalando que las inundaciones responden más a décadas de falta de inversión en canales, defensas y diques que a cambios en la dinámica del planeta derivados de procesos antrópicos.
Sin embargo, cuando se comparan los registros recientes con las medias históricas, el contraste resulta difícil de ignorar. El promedio de precipitaciones para un mes de enero en San Miguel de Tucumán se ubica históricamente en torno a los 170–190 milímetros, pero en los últimos veranos se han registrado tormentas individuales que descargaron más de 120 milímetros en menos de 24 horas. Para los escépticos, se trata de “eventos extraordinarios aislados” que no justificarían regulaciones sobre el uso del suelo u otros procesos de intervención territorial.
En localidades del pedemonte tucumano, como Alpachiri, se han observado acumulados cercanos a 150 milímetros en un solo episodio. Estos valores, al compararse con las referencias históricas, refuerzan la idea de que el régimen de lluvias moderadas del siglo XX está dejando paso a otro, más errático y violento.
Esta nueva dinámica tiene consecuencias directas y sensibles. Ríos como el Lules, el Gastona o el Medina muestran lo que se conoce como comportamientos de respuesta rápida: al caer tanta agua en tan poco tiempo, los suelos saturados pierden capacidad de absorción y el escurrimiento superficial se acelera. El resultado es crecidas repentinas, cargadas de sedimentos, que ponen al límite puentes, defensas y poblaciones ribereñas.
Frente a este escenario, el desafío ya no es solo discutir las causas, sino evaluar la vulnerabilidad climática de la provincia. Esto implica identificar qué territorios, infraestructuras y sectores sociales están más expuestos a eventos extremos y cuentan con menor capacidad de respuesta. Barrios asentados en planicies de inundación, rutas que funcionan como diques involuntarios, sistemas de drenaje urbano subdimensionados y comunidades sin acceso a alertas tempranas conforman un mapa de riesgo que se vuelve cada vez más evidente con cada tormenta intensa.
En este contexto, la revisión de la infraestructura existente se vuelve una urgencia. Muchos canales, puentes, alcantarillas y defensas hídricas fueron diseñados para un régimen de lluvias que ya no representa fielmente la realidad actual.
Mientras el debate entre la evidencia científica y el escepticismo político continúa, Tucumán enfrenta una decisión ineludible: anticiparse o reaccionar. Incorporar el análisis de la vulnerabilidad climática y adaptar la infraestructura a una atmósfera más energética e impredecible no es una concesión ideológica, sino una estrategia básica de gestión del riesgo. Ya sea que este proceso se interprete como el inicio de una nueva etapa climática o como una fase particularmente adversa de la variabilidad natural, lo cierto es que ignorar las señales no detiene el fenómeno: solo aumenta el costo social de cada tormenta futura.
