Dos amigos oriundos de Tucumán que viven en aquella ciudad española generaron un exitoso proyecto gastronómico que lleva seis años y ya posee 10 locales.


Mariano Najles y Diego Rojas son tucumanos, viven en Barcelona, y sin tener experiencia empezaron un proyecto gastronómico en España de empanadas de colores que hoy lleva seis años y 10 locales en la ciudad.

La historia comienza en 2011, con un encuentro de amigos en un asado en Barcelona. “En el asado en que conocí a Diego, me dijo que era abogado, que sabía que no iba a trabajar de eso y que andaba con ganas de hacer empanadas. Y yo le dije: con las empanadas te vas a fundir en dos días”, cuenta Mariano, en el diario La Nación, riéndose. Le encanta revivir esa anécdota. Argumentos le sobraban. Él le explicó: “Yo tengo una tienda donde cada dos días viene un argentino que está en el paro y me ofrece empanadas. Las que hacen son feas, las que son buenas aquí no conocen el producto y la confunden con la empanadilla, te van a comprar sólo los argentinos, y a los argentinos al final les gusta una diferente, porque al salteño le gusta la salteña y al tucumano. Va a ser muy difícil que te vaya bien”, sentenció en ese entonces.

El éxito no llegó de un día al otro porque las empanadas de Diego fueran irresistibles. El camino fue complicado y llevó su tiempo. Mariano, actual Ceo y estratega del negocio, se había instalado en Barcelona en 2005. Su mujer, médica, venía a hacer su residencia y él, si bien es psicólogo, decidió aplicar para un Master en Administración de Empresas dejando su puesto en recursos humanos de Petrobras. Durante el máster le picó el bichito emprendedor, aunque admite que lo tuvo siempre. “ Como argentino vemos muchas oportunidades en España. Sentimos que entendemos todo y nos movemos con facilidad. Pero hay cosas de la cultura que creemos que las entendemos, pero no. Tenemos un prejuicio de mucha cercanía, pero en realidad Europa y, en particular, España es bastante lejana en cuanto a cultura con algunas cosas de la Argentina”.

Cuando se conocieron, Mariano ya tenía su primer emprendimiento. Manjares, una tienda étnica con carnicería argentina, que abrió en 2009 en el barrio de Gràcia, dirigido a la inmigración. Un negocio abierto a destiempo, justo cuando los inmigrantes se empezaban a volver a sus países, en medio de una crisis fuerte en la que América latina se estaba levantando.

(Foto: La Nación).

Fue en Manjares donde Mariano empezó a vender las empanadas que le llevaba Diego, una vez que le empezaron a salir bien de manera constante. “Hacía en su casa la típica receta tucumana, de carne cortada a cuchillo. Diego había realizado un curso de seis meses en una escuela de gastronomía de Tucumán y dos meses en un restaurante donde hacen empanadas, muy típico. Esa era toda su experiencia. Vendíamos unas 200 empanadas por mes”, recuerda.

Mientras Diego compartía sus ideas y ensayaba nuevos sabores de empanadas, Mariano seguía sin ver futuro al negocio. Aspiraba a hacer algo grande. Hasta que un día Diego llegó con una nueva idea: le propuso hacer las masas de las empanadas de colores. “Para mi fue el momento eureka. El momento de pensar que la empanada era un envase perfecto para meter lo que uno quisiera. Me acuerdo que estábamos tomando un vino y le dije podríamos poner una verde, una roja, una negra y adentro recetas diferentes. Cuando se abrió ese abanico vi que había un producto. Tenía mucho training en investigación. Vi que la comida finger food estaba creciendo en todo el mundo, que el delivery estaba empezando a crecer y es tendencia mundial. Que la gente busca comida saludable, real, con materia prima buena. Todo encajaba con la empanada”.

En 2012 armaron un plan de empresa. Compraron un congelador industrial, un horno y una moto usada. Diego tenía una cocina grande en su casa. Mariano sacó su libreta de contactos y empezó a llamar a todo el mundo para que las probaran. Enviaron a sus conocidos cajas de empanadas gratuitas a cambio de que respondieran una encuesta. Así recibieron feedback sobre el producto, el packaging, el sabor, si caían ligeras o pesadas. Al final de 2012 estaban vendiendo entre 3000 y 5000 euros por mes, vendiendo a amigos de amigos, de amigos. Diego cocinaba y las entregaba. Mariano se ocupaba de la administración y seguía en Manjares. Carlos, un socio argentino que los apoyó desde el principio decidió apoyarlos para la apertura de una tienda. Y también pidieron un préstamo al banco.

En 2013 abrieron el primer local en. Durante los tres primeros meses vendieron menos que Diego cocinando en su casa. “Fue un palazo tremendo. No sabíamos nada de gastronomía, ni cómo vender, cómo presentar el producto. Pronto empezamos a hacer degustaciones con empresas, mandamos flyers a todas las de la zona, empezamos con el delivery, la gente nos empezó a conocer y empezó a levantar”, recuerda. En 2015 abrieron en El Raval una tienda 100% take away. En 2016, una tienda con barra para clientes en Plaza Urquinaona, que funcionó bien desde el primer día. Ya habían aprendido. En 2017 abrieron tres nuevas tiendas, en L’Illa Diagonal, la calle Verdi, en Gràcia y en el Eixample. En 2018 inauguraron cuatro más y los planes de expansión de este año incluyen Madrid y ciudades dentro de Cataluña, fuera de Barcelona.

Para adaptarse al paladar local escucharon mucho lo que los españoles querían, atendiendo la cocina actual. En la carta incluyen recetas de autor, como pollo thai, solomillo al cabernet, cerdo a la cerveza; entre las clásicas figura pollo al curry, la caprese italiana, la de cebolla caramelizada que es un gusto muy de Europa del Sur, la olivada y muzzarella y huevo duro, que es bien mediterránea. Además, una mezcla francesa, que es espinaca y queso emmental. Eso sí, la de carne continúa siendo tucumana en un ciento por ciento. Y sí,se suma la picante, es la más vendida.




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