25 de junio de 1810: el día que Tucumán se sumó a la Revolución de Mayo
La Junta fijó 200 hombres como tope y hubo que frenar al resto. Así fue el día en que la aldea dijo que sí.


Hoy se cumplen 216 años de un acto que la provincia conmemora poco y que, sin embargo, la define. El 25 de junio de 1810 (un mes y un día después de aquel jueves porteño) Tucumán resolvió formalmente adherir a la Revolución de Mayo. La fecha real, la que conviene anotar en el calendario tucumano, no es la del cabildo de Buenos Aires sino esta.
Para entender por qué tardó tanto hay que borrar el mapa actual. En los primeros años del siglo XIX, San Miguel de Tucumán era apenas una aldea de no más de 6.000 habitantes: calles de tierra, casas bajas de adobe, una vida que giraba alrededor de la plaza principal (hoy Plaza Independencia), frente a la cual se levantaban el viejo Cabildo (donde hoy está la Casa de Gobierno), la Catedral y la iglesia de San Francisco. Mientras en el Río de la Plata caía el virrey Carlos Cisneros, en Tucumán el Cabildo se reunía a tratar asuntos no menores; entre las preocupaciones de aquel mayo figuraba la escasez de maíz por una mala cosecha. La revolución todavía no había llegado, y una prematura helada otoñal sí.
La Primera Junta envió el 26 de mayo oficios a todos los rincones del Virreinato exigiendo dos cosas: reconocer al nuevo gobierno y mandar un representante. Los papeles no viajaron en carreta, sino con chasque y a revientacaballo. A Tucumán el oficio llegó el 10 de junio, y al día siguiente se convocó a los cabildantes.
La reacción no fue el estallido patriótico que imaginamos. Fue, primero, prudencia. El Cabildo tucumano decidió esperar la postura de Salta, de la cual dependía administrativamente la ciudad, y se abrió la lógica serie de "cabildeos" entre criollos y realistas.
El defensor más obstinado de la corona era el comerciante gallego Manuel Posse, un hombre que rondaba los sesenta años y que había hecho fortuna al amparo del monopolio español: tenía mucho que perder con el nuevo orden y lo sabía. Del otro lado, la figura clave fue Nicolás Laguna, a quien el coronel salteño José Moldes había sembrado ideas independentistas ya en 1808. Laguna sostenía que, ante la falta de rey, el poder debía recaer en el pueblo.
Pasaron dos semanas de tensión hasta que, el 25 de junio, el Cabildo volvió a reunirse y resolvió prestar obediencia a la Primera Junta. Intervino Laguna, que pidió esperar a que la ciudad y los pueblos de la jurisdicción se reunieran "física, moral y legalmente" antes de la resolución definitiva. De esa deliberación salió, además, el nombre del representante tucumano ante el gobierno revolucionario: el doctor Manuel Felipe Molina, un personaje que la historia terminó olvidando pese a su labor.
Lo que vino después fue lo verdaderamente conmovedor. La adhesión no quedó en una firma. El Cabildo recibió la orden de alistar 200 hombres aptos para las armas, que formarían un escuadrón de alabarderos destinado a engrosar la expedición que marchaba hacia Córdoba y el Alto Perú. Y aquí está el detalle que ninguna efeméride debería perder: el número fue un tope, no una meta. El historiador Ricardo Jaimes Freyre lo escribió sin rodeos en 1909: "Toda la juventud de Tucumán acudió a alistarse", y los jefes militares tuvieron que contener ese desborde para no pasarse de los doscientos fijados por Buenos Aires. La provincia entera (cada pueblo, cada caserío de la campaña) hizo llegar armas, víveres y animales de carga.
Seis años más tarde, en una de esas casas frente a la plaza, se declararía la Independencia. El camino había empezado un 25 de junio, con un chasque agotado, un debate incómodo y cientos de jovenes dispuestos a dar la vida por la nueva patria.