Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias en esta ocasión con un cuento de Lidia Mora seleccionado por Valentina Pereyra.
El viejo Gandolfo
El martes pasado, mientras luchaba con la antena de la radio de mi estación de servicio, apareció al trote el Sultán, detrás, el viejo Gandolfo en su estanciera. Cada vez que escuchaba las explosiones del motor de esa catramina se me ponían los pelos de punta.
La estación es la única del pueblo. Mi abuelo la inauguró allá lejos y hace tiempo, y toda mi infancia pasó entre tuercas, perros pulgosos y gomas pinchadas. Al principio tenía un surtidor de kerosene y uno de nafta. Con el correr del tiempo puso uno de gasoil y una bomba de agua. Con la muerte de mi abuelo, mi papá decidió hacer algunos cambios. Puso una despensa en el galpón del costado, donde mamá preparaba pastas frolas y tortas fritas las tardes de lluvia, y con su cuñado pusieron la gomería. Las cosas no fueron nunca de lujo, pero siempre nos alcanzó para vivir tranquilos. Mi papá cada tarde me decía:
— Pibe, vos tenes que hacer algo más, no te quedes en esta estación. — Pero a mi no me parecía un mal plan.
La ruta atraviesa el pueblo y la estación es paso obligado para los camioneros. Estiran las piernas, compran algo para comer y varios duermen a un costado en una especie de playón improvisado. También viene todos los meses Don Paco, viajante de comercio de Peabody, con las mejores historias de los pueblos vecinos, algunas más verídicas que otras, y gracias a él todos me llaman “Pibe”. Nunca tuve otro apodo y a decir verdad, no me molesta.
A primera hora de la tarde el movimiento en el pueblo es casi nulo. Sobre todo las tardes de calor, cuando todo el mundo busca refugiarse a la sombra de los árboles, aunque más no sea. En la estación de servicio las horas se hacen eternas. Algunas veces me acuesto en el banco largo a descansar frente al ventilador que tiene más veranos que la injusticia, pero sigue tirando aire como el primer día. Otras veces me quedo escuchando la radio o leyendo la sección de deportes del diario.
Pero bueno, volviendo al martes pasado y a lo que quiero contar,sigo. El viejo Gandolfo tenía un bigote grueso y desprolijo manchado de amarillo de tanto fumar y las cejas le invadían los párpados. Siempre estaba malhumorado y solo, con su perro arriba de la Estanciera recorría las calles en cuadrícula. Nadie entendía qué hacía, nadie sabía de qué vivía. En algún momento dijo que tenía tierras, y mi abuelo, recuerdo que lo cargaba:
— Tierra en las patas tenés, Gandolfo. — Y el viejo lo puteaba.
Otras veces decía que había vendido caballos cerca de Tandil, pero jamás lo vimos montar, ni siquiera lo vimos en alpargatas. Todos los veinte de cada mes, desaparecía. Pasaba por el cruce donde está la estación y tomaba la ruta camino a Rauch. Al lado iba el Sultán, una mezcla de ovejero rubio y vaya uno a saber qué, perro bravo y manso a la vez según quién se le acerque. Y al día siguiente se lo veía aparecer, tronando la Estanciera por la rotonda, peinado a la gomina y con pañuelo atado al cuellos. En el pueblo también se decía que Gandolfo andaba en algo raro. Para mi, tenía amorío, pero que se yo.
Todos los martes, el viejo Gandolfo pasaba a cargar nafta. Llegaba siempre con el tanque vacío y a veces arrastrado por algún vecino, atado a una linga. Con el mal cálculo quedaba tirado, porque, de más está decir que ningún indicador de esa catramina funcionaba, solo una lámpara adelante y una de atrás que, de tanto en tanto, prendía, a fuerza de golpes. El Sultán llegaba siempre antes, saltando y agitando el cuarto trasero como una marioneta; sabía que le guardaba huesos para que rasque y eso a Gandolfo lo volvía loco:
— Pibe, dejá de darle huesos que después queda atolondrado, lo necesito despierto. — decía.
Este martes, el viejo llegó hasta la esquina con los vapores de la nafta, ni una gota quedaba en ese tanque. El viejo se bajó con la camisa abierta tres botones, la boina gastada y chistó:
— Pibe, vení a empujar.
— Otra vez lo mismo viejo. Ya te dije que tenés que venir a cargar antes de
vaciarlo. No puedo estar siempre empujando este cacharro. El viejo masticó algunas palabras inentendibles por lo bajo, creo que me puteó, pero a esa altura ya me daba igual.
— Mil de nafta.
— ¿Revisamos aceite y agua? — le pregunté aguantando la risa.
— No, Pibe. Y nada de huesos al Sultán.
Puse en funcionamiento el surtidor y me detuve a mirar la Estanciera. Tenía más agujeros que chapa y el color ya no se lograba distinguir entre tanto óxido.
El viejo se quedó parado con la puerta abierta y se palpaba los bolsillos de la camisa. Sacó un paquete de cigarrillos y el encendedor. Me quedé mirándolo fijo y pensé: éste nos hace volar a todos. Me miró y con los ojos entrecerrados dijo:
— Pibe, quédate tranquilo que no estoy tan loco.
El viejo sacó un manojo de billetes y separó el de mil. Me pagó y se subió a la Estanciera dando un portazo contundente. La ventanilla se bajó sola con el golpe y el viejo chistó una vez más. Era su forma de queja, así cortita. El Sultán refregó el morro en mi mano buscando el hueso que escondía en el puño y se lo dí. El viejo pegó el silbido habitual, el que indicaba que era hora de irse y el perro entró de un salto por la ventanilla. Gandolfo se abrazó al volante y le dio arranque.
La Estanciera tembló y nada. Gandolfo volvió a darle al arranque una vez más y de nuevo, nada. Dejó caer la cabeza sobre el respaldo y se quedó quieto, con la mirada al frente. Tiré aserrín en las manchas de nafta y lo miré de lejos, esperando que me pegara el grito como cada martes, para que lo ayude a empujar.
A la noche velaron al viejo Gandolfo, fuimos pocos a despedirlo. El Sultán no se despegó ni un metro del cajón en todo el velorio, pero camino al cementerio se acercó a mí y desde entonces, todas las noches, le dejo la ventanilla de la Estanciera abierta para que descanse en su asiento. Ahora el Sultán cuida un poco la estación, y otro poco a mí.
Sobre la autora
Nació el 8 de agosto de 1979. De carpintera y fotógrafa a trabajar en sistemas. Participa de un taller de escritura desde el 2021. Le gusta contar historias y llevar imágenes a los cuentos.
