Pinceladas literarias: "La Tapera" un cuento de Valentina Pereyra

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "La Tapera" un cuento de Valentina Pereyra
Pinceladas literarias La Tapera (Vía Tres Arroyos)
01 de noviembre de 2026, 09:51

Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias en esta oprtunidad con un cuento de Valentina Pereyra.

La Tapera

Llegamos al cementerio al atardecer. Los últimos deudos del día bajaban las escalinatas entre sollozos, espasmos exagerados y palabras contenidas. Al volante del Volkswagen iba yo, al lado Irene y en el asiento de atrás Cecilia, Beatriz y Mariano. No habíamos hecho una apuesta, pero nos sentíamos como si lo hubiéramos hecho. Nos latía el corazón más acelerado, las manos transpiradas y los ojos bien abiertos. La misión era verla para llegar al día siguiente a clase a contarlo. Queríamos demostrarle al Padre Cándido, nuestro profesor de Geografía, que ella existía igual que el Dios en el que él creía.

Bajé la velocidad cuando pasé por el frente de la puerta principal. Todavía estaba el auto fúnebre, gris, largo, tan lustroso que hasta el muerto se habrá tentado de mirarse en los vidrios. Los deudos se abrazaron. Otros se pusieron de acuerdo para encontrarse el fin de semana a jugar una partida de truco. Seguimos de largo para el lado del barrio de los Ranchos con la intención de rodear el cementerio. La avenida estaba recién asfaltada: una cinta angosta en la que entraba un solo auto. Por la sequedad de la tierra se levantaban pequeños remolinos a los costados. En una de las esquinas frente al cementerio, una japonesa armaba ramos de flores que acomodaba adentro de cajones frente a la casa despintada donde tenía la florería.

En mi casa escuché por primera vez hablar de la tapera. En clase los profesores y mis compañeros no dejaban de mencionarla:

—Mi abuelo leyó en el diario que un vecino la vio.

—A mí me dijo mi papá que en el taller le contaron que esa tapera está ahí desde que él era chiquito.

El cuchicheo empezó a subir el tono y, el padre Cándido ni bien cruzó la puerta del aula, puso orden.

—¡Anden, chicos! Podéis sentaros. ¿De qué hablan?

—Bue nos dí as, Padre Cándido.

El desafinado coro que confirmamos sin querer no tenía solista, así que, uno de nosotros tenía que tomar la palabra aunque no diera bien el tono.

—No sé si va a querer saber, padre.

—Decidme. Mientras, os pido: vayáis ordenando el escritorio y dejad solo la carpeta de geografía.

Sacamos la carpeta que habíamos guardado al llegar debajo del banco. Los más aplicados se apuraron en abrirla en la actividad que debíamos presentar ese día y, los menos comprometidos con ese trabajo se apuraron, al mismo tiempo, para sacar charla y dilatar el momento irremediable en el que Cándido pediría la tarea.

—Dicen en el pueblo que en la tapera anda la Aparecida.

—¿Sacamos el de García Belsunce, Padre?

—También dicen que, a las ocho de la noche, todos los días sale a dar una vuelta entre las tumbas.

El padre se sentó en la silla frente al escritorio en un rincón de la tarima que lo separaba de nosotros.

—Dejad de hablar de muertos, Madre Santa.

—Usted preguntó.

—Escuchad, jóvenes. Cuando Jesús murió salvó y limpió nuestros pecados. Nos dejó la vida eterna.

—Por eso, nos dejó dando vueltas por la vida eterna —dijo Mariano y arrancó las risas de todos en el aula, menos de Irene que buscaba en su carpeta los recortes de diarios de los últimos días.

—Los muertos descansan en paz. Los dejamos en sus sagradas sepulturas para que esperen allí la llegada de nuestro Jesús.

—Ya debe estar llegando porque a mi vecina le dijeron los que trabajan en la Municipalidad que la Aparecida anda dando vueltas por la tapera.

El padre se paró y bajó la tarima para caminar entre los bancos.

—La venida de Dios Padre la veréis también ustedes y todos los que han muerto con la esperanza de la vida eterna. ¡Ya se los he dicho!

—Pero, si muchos la vieron y ella necesita algo. ¿No vamos a dejarla a que espere a que a Jesús se le ocurra venir?

—Volver a venir, Mariano. Te pido que te pongas de pie. Harás la clase así. No se habla de nuestro Señor como lo has hecho. Y, vamos, poneos de pie. Recemos: Dios te salve María, llena eres de gracia. ¿Quién cuchichea?

—Es que cuando me paré se me enredó la pollera en el caño del banco—dije.

El padre Cándido revoleó los ojos detrás del vidrio verde de los anteojos. Frunció el ceño y se apuró en retomar la clase.

—Dejad de hablar pavadas. Recemos: El Señor es contigo y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

—Eso también dicen, que le sacaron el hijo, o se lo mataron y por eso sigue yendo y viniendo a la tapera—susurró Beatriz a su compañera de al lado.

—Amén, podéis sentaros.

Me incliné para hablarle al oído a Beatriz que se sentaba adelante:

—¿Hizo la oración completa? No escuché bien.

En el recreo la ronda de cuentos sobre la Aparecida se animaba. Los preceptores tenían la orden del Padre rector de llevar a la dirección a cualquiera que hablase de muertos y fantasmas. Uno de ellos, el de tercer año, se llevó de la solapa a López que contaba entre llantos cómo había sido el velorio de su abuelo.

El patio rodeado por el edificio de dos pisos y cubierto de mosaicos colorados era un hervidero. La noticia de la Aparecida no nos hacía dudar de las lecciones que nos daban en clase de religión. Nos confirmaba que los muertos no estaban ni tan bien, ni tan cómodos como decían los curas. Y, mucho menos, tenían ganas de esperar la vuelta de Jesús encerrados en un cajón debajo de la tierra. Sabíamos de memoria todas las oraciones, conocíamos la historia de Lázaro, así que, también podía ser que a la Aparecida, Jesús la quisiera de vuelta o le hubiera dado permiso para vivir en la tapera, a la espera.

—Mi madre dice que cuando se murió su abuelo, la Aparecida se sentaba en la verja del jardín y gemía como un gato toda la noche.

—Mi abuela dice que en el campo también la habían visto. La vez que el peón mató a lonjazos a un carnero que lo tenía podrido de rebelde que era. La Aparecida gritó y suspiró fuerte más de un mes colgada del alambrado del corral.

—Capaz es la misma Aparecida que vuelve por su hijo. La tapera se la debe haber hecho para estar cerca del pobrecito muerto.

—En el diario escribieron que si ve gente merodeando se esconde en la cripta de los Echegoyen Etcheto. Atrás de la virgen sin manos.

—¡Qué te va a hacer un muerto!

Está última sentencia la dije con tanta firmeza y voz de mando que provocó un silencio incómodo como si alguien pudiera decir lo contrario, pero prefirieron darle lugar a la duda.

Enseguida Mariano, no sé si por defenderme o por hacerse el guapo, me pidió que lo acompañara a ver qué había de cierto con lo que decían en el diario.

—¿Mañana? —dije sin que se me moviera un pelo—¿Quién más viene?

Le dije a mamá que tenía que ir a estudiar a lo de Irene y que sus papás no podían llevarme, que se iba a hacer tarde y que, como ella no me dejaba volver caminando de noche, necesitaba el auto. Todas excusas posibles por la impunidad que daba no tener celulares. Entonces, fue fácil engañar a una madre de cuatro hijos que le importaba más pensar qué haría de cenar para conformar a su marido, mi padre, y a mis hermanas después de todo un día de actividades físicas.

Yo ya tenía carnet, había cumplido los dieciocho en julio, y, mientras no hiciera ninguna locura- ir a alta velocidad, pasarme un semáforo en rojo, cargar el auto sin permiso de los padres de mis amigos- podía usarlo para hacer unas cuadras hasta la casa de Irene y volver para la hora de la cena. Esperábamos que apareciera en la tapera antes de la hora de la cena, porque si se demoraba, tendríamos que volver otro día.

Hice dos cuadras por la avenida O’Higgins y retomé para estacionar el auto apuntando a la tapera. Mariano tenía la cámara de fotos al cuello y, Cecilia y Beatriz binoculares que les habían robado a sus padres. Yo todavía no usaba anteojos para mirar de lejos, así que pegué el cuerpo al volante y la nariz al parabrisas. Irene se quiso bajar. Ya había oscurecido y se sentía el frío adentro del auto. Cuando ella abrió la puerta entró una ráfaga helada y se coló un olor a animal podrido, a pelo chamuscado y a caca.

—¿Qué haces? Subí.

—Desde acá no vamos a ver nada. Si se esconde en la cripta estamos fritas.

—Esperá un rato. Dicen que a las ocho empieza a moverse. ¿Ves de ahí la tapera?

Irene subió al auto y entre los cinco empezamos a planear cómo acercarnos. Pensamos en la dirección del viento para llegar hasta la puerta sin que ella pudiera olernos; dónde estacionaríamos para escapar rápido si fuera necesario, pero para no alertarla antes de tiempo; cómo sacaríamos la foto para que nos creyeran los compañeros. Después de un buen rato de ideas volátiles, inconsistentes y arriesgadas, elegimos esas, las arriesgadas. Irene dijo que, como yo había dicho en el recreo, los muertos no hacen nada. Se emponchó y bajó pegando saltitos al lado del auto para no quedarse congelada. Cecilia, Beatriz y Mariano, rebatieron el asiento delantero del acompañante y también salieron.

A la derecha de la entrada principal del cementerio y bien metida entre el monte de eucaliptus apareció la tapera. Dos chapas dispuestas como si fueran la carpa en un campamento de pobres, una lona raída de puerta y varios cartones apretujados y mal atados cubrían las tres paredes que faltaban. La tapera no era muy distinta a las chozas que armaban los chicos de la primaria en el patio del colegio. Entre nosotros nos hablábamos bajito como si la Aparecida pudiera oír hasta lo que pensábamos. El viento disipó las nubes y la luna brilló sobre las tumbas. Dimos unos pasos más y de repente Irene gritó.

—Tarado, apagá esa luz.

—No vemos nada sin linterna, Irene. Dejalo.

—Apuntá para el suelo.

Eran las ocho menos cuarto. Los cinco estábamos a diez metros de la tapera y Mariano iba y venía con la luz que arrastraba por la puerta del cementerio, las cúpulas de las criptas y los eucaliptus. El viento sopló más fuerte y las nubes volvieron a cubrir a la luna que encerrada. Mariano la vio primero. Un rayo fulminante rajó de arriba abajo la bolsa que hacía de puerta de la tapera. Beatriz señaló para ese lado y cuando quiso hablar, se le atragantaron las palabras. Yo me abracé a Cecilia y entre las dos sujetamos a Irene que dio unos pasos más para adelante.

Cuando la aparecida salió de cuerpo entero nos quedamos ciegos. Tuvimos que llevarnos las manos, los codos, los antebrazos, cada uno eligió con qué cubrirse, a los ojos. Nos agachamos. Ella levitó un rato, dio dos o tres vueltas-difícil contarlas con los ojos tapados- y lanzó un grito parecido a un berrido. Por las hendijas de los dedos espiamos. Los que se habían tapado con el brazo, lo bajaron. Mariano nos alumbró de repente y nos dejó más ciegas que antes. Le gritamos. Entonces, la Aparecida gritó más fuerte. Lloró sosteniéndose la cabeza con las manos y haciendo el gesto de acunar a un niño. Mariano preparó la cámara y el viento empezó a soplar más fuerte. Tanto que no podía sostenerla ni apretándola con las manos contra el pecho.

El camisón sucio de la Aparecida se volvió brillante, en los ojos sólo había vacío y los dedos, largos, huesudos y escamados, acariciaban el espacio ocupado por el aire. El viento la sacudió y le giró la cabeza, la tapera crujió y otro rayo partió la pared de cartón mal sujetado. Ella lloró fuerte, con ganas, con la boca vacía de dientes bien abierta. Lloró gimiendo, más fuerte, más aullado el llanto. Mariano apuntó varias veces, cliqueó y no dejó de hacerlo. Irena se hizo cargo de la linterna y nosotras tres nos encolumnamos detrás de ella que levantó el pañuelo blanco que tenía colgado del cuello. La aparecida rugió y las manos sostenían con más fuerza y más ímpetu al espacio de aire que metió en el medio de los brazos. De pronto, levantó la cabeza y los pelos rubios enmarañados le taparon la cara.

Los diarios dirían al día siguiente que un ventarrón había terminado con la leyenda, con la tapera y que, seguramente, la Aparecida, ya sin casa, no volvería al cementerio. Pero, nosotros sabríamos que, ese día, ella empezó a cantar el arrorró, lloró desconsoladamente haciendo hipos largos y sonoros y que, después de zapatear arriba de la tapera, saltándolo y diciendo palabras extrañas, soltó lo que guardaba en el espacio de aire entre los brazos y lo revoleó para arriba del techo de una cripta.

Empezábamos a caminar para el lado del auto cuando el viento se hizo tan potente que apenas podíamos mover los pies para emprender retirada. La Aparecida nos alcanzó, se nos puso adelante. Agachamos la cabeza, hicimos una especie de reverencia y pedimos perdón a Dios, al cura, a nuestros padres. Susurrábamos todas las oraciones conocidas. Ella giró de nuevo, se acercaba y alejaba como si nos midiera. Mariano me señaló el suelo. Los remolinos de tierra pasaban por debajo de sus pies desnudos. Paseaba como si fuera un barrilete. En esa esquina no volaba ni una hoja; la florería estaba tan silenciosa como nosotros y la luna la señalaba con la poca luz que le dejaban pasar las nubes. La japonesa armaba un ramo. Juntaba los tallos en uno solo y acariciaba los pétalos de las yerberas como si la furia de quien hiciera soplar el viento la perdonara. La Aparecida esperó a que le alcanzara el ramo. Le grité a la japonesa que nos sacara de ahí, pero cuando se disipó el polvo ya no estaba. Las ranas croaban con más fuerza como si la lluvia ya se les hubiera anunciado. La Aparecida acunó al aire que llevaba entre los brazos y lo cubrió con las flores. Bajó y dio unos pasos hasta nosotros, levantó los brazos al cielo y el ramo salió volando. Cerramos los ojos. Un llanto amargo y penetrante se hizo rezo: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.

Amén, repetimos los cinco antes de que los nubarrones liberaran a la luna y le pudiéramos ver la cara.