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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "Un pequeño recorrido" un cuento de Nahuel Vázquez

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "Un pequeño recorrido" un cuento de Nahuel Vázquez
Pinceladas literarias (Bernard Lamotte)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
07 de junio de 2026, 07:55
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Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra que, en esta oportunidad seleccionó un cuento de Nahuel Vázquez

Un pequeño recorrido

El centro de Garay son cuatro cuadras. Empieza en la plaza central y se extiende hasta la jefatura de la policía. Es todo un bulevar de adoquines, con un cantero en el medio, y dos carriles a cada lado, uno para ir, otro para volver. El centro, al igual que las calles que bordean a la plaza central, conserva el adoquinado.

Recuerdo aquellas discusiones, hace unos años, acerca de sí había que mantenerlo por ser patrimonio histórico o si ya era hora de reemplazarlo por otro material. Si uno cruza desde la plaza por el carril donde los autos van en dirección a la jefatura, con lo primero que se encuentra es con el museo municipal. Si uno desea después caminar hacia la derecha, en lugar de seguir haciéndolo por el bulevar, a poquísimos metros del museo va a encontrarse con unos carteles de chapa que intentan esconder la fachada de un edificio.

Un edificio que cubre casi la mitad de toda la cuadra y que es el más histórico de los que hay en Garay. Allí funcionaron, alguna vez, eso nos contaban de chico en el colegio y también nos contaban los abuelos, los almacenes de la familia Racca, una de las familias pioneras de acá. Pero hoy, el edificio solo es una máscara de cemento, habitado por palomas, ratas y yuyos que crecen y crecen en su interior, mientras el edificio, o lo que supo ser, agoniza a la espera de la demolición final para la construcción de algún centro comercial.

Prefiero seguir caminando por el centro, por el bulevar de las cuatro cuadras. Hoy es una tarde tranquila. Apenas algunas personas pasean, si es que podríamos decir que en Garay la gente pasea. Quizá eso ocurra los sábados o los domingos. Pero, días como hoy, de semana quiero decir, la gente de Garay no pasea: solo camina por estas veredas con la intención fija de meterse en alguno de los negocios a comprar específicamente algo que necesitan. Garay no es una ciudad para pasear; al menos eso creía, o pensaba cuando vivía acá.

Llevo ya unos días de regreso. Vine a cuidar la casa de mis padres, mientras ellos están en la capital. Mi papá lleva ya unas semanas haciéndose estudios, análisis y a la espera de una operación. En los ratos libres camino por la ciudad: a veces con un rumbo fijo; otras, como hoy, como si fuera un turista que recorre un lugar en el que ya estuvo muchas veces, pero que por momentos se torna desconocido.

Veo pasar algunas bicicletas, algunas motos, algunos autos. La mayoría de la gente, a esta hora de la tarde, está en sus trabajos. Acá, muchas empresas todavía conservan el horario cortado: hasta el mediodía y de cuatro de la tarde a ocho de la noche. Garay es una ciudad para trabajar. Eso solía escuchar mucho decir a la gente de acá: a los que nacieron y vivieron acá y nunca se fueron. El tono de queja, pero mezclado con el del orgullo de pertenecer a una ciudad donde el trabajo garantiza un futuro sólido.

Los domingos a la tarde, la primera cuadra se transformaba en peatonal. Solíamos venir con mis amigos. Eso, creo, duró solo un verano. La gente iba y venía. Tenía la sensación de que toda la ciudad estaba reunida allí. Garay por aquellos años me parecía más grande, y cada salida era como una especie de descubrimiento. Nos solíamos sentar en el cordón del cantero y veíamos pasar a la gente. Deseaba tener más edad: no depender del límite de horario que mis padres me habían puesto para volver a casa.

Escuchábamos que a la noche se armaba otra cosa, como otro mundo, con otras reglas, a la que solo accedían los más grandes, y que en nada se parecía al paseo peatonal, en el que incluso destacaban las familias. Deseábamos saber hablar con las chicas. Aunque Esteban eso ya lo sabía hacer muy bien. Él siempre supo cosas que ninguno de nosotros podía siquiera imaginar.

Recuerdo un domingo en el que él hablaba con dos amigas y con Martín habíamos salido de comprar una gaseosa en un kiosco. Recuerdo que nos acercamos, que Esteban nos las presentó y que Martín les preguntó, hasta el día de hoy nos seguimos acordando y él sigue sin saber por qué dijo aquello: de qué equipo de fútbol son. No recuerdo las caras que pusieron las chicas; sí recuerdo la de Esteban, porque una de ellas rápidamente dijo algo y se fueron. Y también recuerdo la de Martín que no sabía dónde carajo meterse. Yo no supe qué decir y preferí mantenerme en silencio, convencido de que cualquier cosa que dijera sería igual o más vergonzosa que lo de él.

Eso ocurría en la primera cuadra, o una antes de llegar a la plaza central. Por las otras circulaban los autos. Y todavía siguen circulando los domingos a la tarde. A paso de hombre, los autos avanzan como empujándose, como un trencito de vagones-autos que forman una hilera que empieza en la plaza y termina en la jefatura. Aunque allí no termina. Cada auto suele dar tres o cuatro vueltas. Y cuando uno de ellos decide abandonar la hilera, otro auto a la altura de la plaza o en alguna de las calles que desembocan en el centro ocupa su lugar, y la hilera no detiene nunca su desfile.

El movimiento empezará alrededor de las cinco o seis de la tarde. Y a esa hora se suma también que las dos confiterías tradicionales tienen ocupadas todas sus mesas, desplegadas en la vereda y en el cantero. Y a la altura de las confiterías, la velocidad de los autos disminuye todavía un poco más. Y alguna bocina suena, si alguno reconoció alguna cara, entre todos los que en la vereda y en el cantero están sentados. Y alguna mano sale por la ventanilla.

Acá, la bocina no tiene el mismo sentido que tiene en la capital. La persona que está sentada, al oírla, entiende perfectamente que alguien podría estar saludándolo, y rápido gira la cabeza hacia la calle. Y cuando confirma que efectivamente la están saludando (el reconocimiento generalmente ocurre por la identificación del auto y la asociación con el dueño) levanta la mano, y muchas veces lo suele acompañar con un grito, y devuelve así el saludo. También ocurre, claro, que varios, la mayoría, e incluso todos se sientan aludidos por la bocina. Y ocurre entonces que cada uno de ellos gire la cabeza en una coreografía descompasada.

A lo largo de los cables que van de un poste a otro de las luces se apiñan decenas de mirlos, uno al lado del otro. Sus sonidos, un chirrido insistente, envuelve las cuatro cuadras del bulevar, como si uno ingresara en una especie de atmósfera. Desde allá arriba son el terror de los autos estacionados, sus techos, sus capó, sus parabrisas son los bastidores donde cada uno de estos pajaritos despliegan su arte de manchas blancas.

La municipalidad ha pensado una y mil formas de asustarlos, de correrlos del centro, pero ellos insisten, y han apelado al arte: el canto y la pintura como una declaración de lucha. ¿Cuándo fue que cerró La disquería? ¿Y en qué momento alguien tuvo la brillante idea de abrir ahí ¡una financiera!? Megacash leo en blanco sobre el cartel rojo que cuelga arriba de la puerta. Los mirlos deberían, quizá, dejar de ensañarse con los autos: la financiera es un bastidor mucho más grande. Ya va a ocurrir ese momento.

Es hora de volver a casa. Doblo en la primera calle hacia el sur de la ciudad. Las primeras tres cuadras siguen siendo de adoquines; el centro con sus negocios se extiende hacia las calles perpendiculares y las primeras dos paralelas. Cuadras de infancia y adolescencia. A la vuelta está el colegio. Y más allá, donde el adoquinado cede el terreno al asfalto está la sede de Parque. Con la vieja cancha de básquet, la de bochas y con el bar al fondo. Las fiestas aniversarios de Parque que allí se hacían cada 15 de mayo, el ascenso a la Liga Nacional, la noche que vino a jugar la selección argentina.

Con mi papá, esa noche, estábamos sentados justo atrás de uno de los aros. Fabricio Oberto se había puesto a elongar a solo dos metros de dónde estábamos nosotros; mi papá habló con él, es que todo estaba más cerca, dos o tres palabras, las suficientes para que después, y mucho tiempo después también, dijera, y siguiera diciéndome, que Oberto era su amigo. Ahora, lo único que queda en pie es la cancha de básquet, aunque sin las tribunas. En el playón, a un costado, donde solían entrenar las divisiones inferiores, los yuyos han resquebrajado el suelo y los aros ya no están. La entrada al bar, ubicada al fondo, ha sido demolida…

Dicen que, en cualquier momento, a la sede la venden. Dicen que van a construir un edificio… Un edificio igual a todos los demás que están construyendo en la ciudad.

Sobre el autor

Nahuel Vázquez, es el profesor creador y coordinador del Taller Claraboya Literaria

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