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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "Peliculas" un cuento de Analía M. Angeli

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "Peliculas" un cuento de Analía M. Angeli
Pinceladas literarias (vía Tres Arroyos)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
26 de abril de 2026, 08:27
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Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un cuento de Analía M. Angeli.

Películas

La fachada de mi casa mira hacia el norte. Al otro lado de la calle, la vista me devuelve una hilera de casas iguales con tejados verdes, construidas hace mucho por el ferrocarril y detrás de ellas, aunque no se ven, las vías. Tenía veinte años cuando llegué al barrio.

Recuerdo la primera noche, toda la casa tembló bajo la energía del paso del tren. Los bocinazos agudos de la máquina y la vibración de los cimientos me hicieron imaginar un impacto inminente. Al final pude dormir aunque el temor de morir aplastada por la casa o por el tren me despertó varias veces durante la madrugada.

Con el tiempo me acostumbré a los cimbronazos y veintitantos años después me causa risa ese miedo irracional; quizás porque ahora son otros los que me mueven el piso y me tiran el mundo por la cabeza.

Esta mañana cuando salí a la vereda, el viento me trajo el olor picante de los eucaliptos desde el otro lado de la calle, levanté la vista hacia sus copas y un chispazo de luz me obligó a pestañear. Otra vez lo mismo, pensé. La perra del frente, una mezcla rara de collie con simpatía, paró las orejas cuando me vió y cruzó la calle moviendo la cola. La esperé, y con ella detrás, caminé lento hacia la esquina, observando con curiosidad de gato el paisaje conocido.

A una cuadra de distancia, mi mirada se quedó varada en la estación de trenes. El viejo edificio despierta cada mañana iluminado de costado por el sol naciente y proyecta su sombra hacia el inicio de la avenida principal, se estira largo para hacerse notar, como una madre anciana que busca la atención de sus hijos y apenas logra que la miren de costado. Le quitaron su blanco original hace muchos años, ahora está pintada de gris con molduras blancas, mantiene la estructura y aberturas de sus tiempos de recién estrenada, así como sus escalinatas empinadas en las que tantos viajeros habrán soñado un destino diferente.

Los imaginé subiendo y bajando las escaleras, algunos cruzando miradas indiferentes, otros prometiendo regresos con abrazos y besos. Ya me estoy haciendo la película. Un auto dobló rápido y cortó el rodaje en mi cabeza. Ahora mi atención se fijó más acá, plantándose en la esquina. Quedé de frente a la vieja casa sin terminar. Siempre me generó un no sé qué pasar por esa vereda, algún que otro escalofrío. No sé si llegó a ser de alguien, el paso de los años la transformó en un esqueleto de ladrillos descoloridos y techo de chapas con más agujeros que estrellas de la Vía Láctea.

Imagino que desde adentro la visión nocturna de ese cielo fragmentado debe ser imperdible. De día tiene el mismo encanto que una foto antigua, me da tristeza pensar que hubo personas que la imaginaron hogar y algo sucedió en el medio para impedir ese sueño. ¿Una promesa rota, una deuda impaga, una muerte repentina, una herencia sin acreedores? ¿Por qué entregar un futuro hogar a la apatía del tiempo? En rigor de verdad, en esa esquina y de noche da más para filmar una película de terror que para hacerse preguntas retóricas.

El ruido de una moto me hizo girar hacia el norte como si tuviese una brújula interna. Dos canales de desagüe paralelos trazan una división entre el asfalto y la vereda de las casas de tejado verde. El canal más angosto fluye junto a la calle, mientras que el más hondo se ciñe al borde de la vereda; ambos recorren su camino hasta fundirse en uno solo en el ángulo de la esquina. Justo detrás, se perfila un terreno cercado por un alambrado bastante alto, con imponentes eucaliptos.

A veces cuando hay tormentas de viento fuerte, tengo miedo de que alguno de estos tremendos gigantes se estrelle contra el cemento, rasgando con sus ramas frentes y techos, sembrando la calle con un cementerio de troncos, vidrios y chapas. Recordé la inundación que hubo hace varios años, los canales no fueron suficientes y la calle entera se convirtió en un río de agua y barro que corrió durante más de una semana, por suerte la casa está sobre una vereda alta y nos salvamos.

Así mismo cuando llega el verano con sus tormentas de viento y granizo me invade una sensación de vulnerabilidad ante lo impredecible y sólo cuando amaina el viento puedo dormir tranquila. Creo que he visto muchas películas de catástrofes últimamente.

Di la vuelta para regresar a casa porque empecé a sentir el peso de esos miedos y de los recuerdos. Y volví a verla, la perra de los vecinos del frente se había quedado echada a mi lado. Se me ocurrió que ella conocía el enigma de esta esquina. Miré hacia lo alto del alambrado en el que se puede ver una especie de círculo incompleto hecho de hojas y ramas de una enredadera que se coló entre los eucaliptos.

En realidad, para mí, eso es otra cosa. Más de una vez, al mirar hacia allí un destello luminoso me ha encandilado haciéndome cerrar los ojos por instinto; al abrirlos un celeste diferente, espeso y oscuro se mueve dentro de ese pedazo redondo de cielo. Siempre me quedo un rato con una sensación extraña, rara que me impulsa a fijar la vista allí una y otra vez.

La casi collie me miró, luego dirigió sus ojos mansos hacia los árboles, movió la cola, paró las orejas y se quedó quieta un ratito. Entonces presentí que es verdad. Ahí hay algo; un portal, una entrada a otro mundo. Qué sé yo. Tal vez del otro lado hay un universo paralelo que me salve de este. La idea de escalar ese alambrado y atravesar el círculo resulta tentadora. ¿O será que estoy haciéndome demasiadas películas?

Sobre la autora

Analía M. Angeli; Soy de Vicuña Mackenna, Córdoba. Mi familia son la gente que amo, mi hija, amigos, compañeros, familiares, esos que están cerca de mí y conectan conmigo desde algún lugar. Soy Profesora de enseñanza primaria y directora de una escuela.

Me gusta mucho leer y hoy, más que nada, escribir es un cable a tierra. Participo desde hace tiempo del Taller de Literatura “Claraboya”.

Ese tiempo de encuentro con el profe y mis compañeras es muy valioso; siento que poco a poco descubro infinitas caras del mundo literario. Contar la vida a través de las palabras, tejer y destejer mil veces para decir porque los textos no sólo buscan agradar al lector, buscan hacerlo sentir.

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