Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra que, en esta oportunidad, seleccionó un cuento de Analía M. Angeli:
El muelle de los patos
Eran las dos de la mañana. Carolina desvió el motorhome hacia una estación de servicio abandonada que funcionaba como un motel de mala muerte para viajeros improvisados o parejas clandestinas. A unos metros de la bajada se veía un cartel medio caído con dos corazones entrelazados de luces led rojas y un estacionamiento mal iluminado de asfalto percudido.
La fachada de la vieja estación había sido remodelada con maña y poca plata. Seis habitaciones en hilera exhibían idénticas puertas de aluminio blanco y ventanas redondas con cortinas negras.
Al final de la fila, una recepción solitaria se alzaba perpendicular a las habitaciones. Sus dos ventanales cuadrados apuntaban directamente hacia los cuartos, diseñados con la sola intención de que nadie se fuera sin pagar.
Estacionó en la zona más oscura, detrás de unos contenedores, esquivó el estacionamiento techado, en el que había dos autos y una camioneta. Apagó el motor y el silencio de la meseta la envolvió. No se bajó, se pasó a la parte de atrás del motorhome cruzando las piernas por encima de los apoyacabezas. Se sentó en el único asiento trasero; respiró profundo tres o cuatro veces.
Buscó su celular en la mochila, lo desbloqueó y puso música. Eligió el listado que siempre escuchaban juntos. La letra de la primera canción se esparció en ese pequeño espacio con la paz de las montañas te amaré, con locura y equilibrio te amaré…; la escuchó girar enredada entre sus recuerdos mientras los ojos se le inundaban, se desbordaban y la garganta se cerraba como si una piedra caliente la apretara.
Estuvo así durante tres canciones, no quería mirar lo que traía con ella. Tenía toda la noche por delante, hasta las seis de la mañana; y entonces conduciría hasta el “Muelle de los patos”, a unos treinta kilómetros al oeste. Desde hacía tiempo, el lugar estaba abandonado a la buena de Dios, sólo quedaban unas viejas cabañas usadas por pescadores de la región en el verano.
El viejo muelle había sido construido en la costa sur del lago Cárdenas, donde se podían sacar truchas incautas que se evadían de la corriente del río Azul cuya desembocadura estaba a varios kilómetros de allí. A Juan le gustaba pescar, cada verano, en la orilla de ese lago de aguas muy azules, heladas y profundas.
El zumbido del freezer y el ruido del pequeño generador que lo alimentaba empezó a sonar más fuerte que la música. Le costó, pero había conseguido el freezer más grande posible que entrara en la parte de atrás del motorhome, con el que habían viajado juntos tantas veces.
No habría sido posible un trayecto de dos mil kilómetros si no hubiera contado con eso. Subió el volumen de la canción y abrió despacio la tapa, el rostro de Juan apareció iluminado por la luz interior del congelador. Estaba impecable. Hermoso, como siempre lo recordaría. Había logrado sacarlo de la morgue, luego del accidente en la autopista. Un amigo de un fiscal, unas firmas conseguidas después de la medianoche.
—Amor, estamos en la ruta C 140 camino a tu querido muelle. ¿Te acordás cuando me propusiste casamiento ahí? Era un atardecer, todavía cálido, el sol iba cayendo detrás de las montañas y los dos estábamos con las piernas colgando por encima del agua. Con la vista perdida en ese paisaje tan lindo, me dijiste que ese era el único lugar del mundo que te hacía feliz, que te daba paz. En ese momento te conté que me inquietaba mucho el color del agua cuando se hacía de noche, pero si estabas conmigo iría allí todos los veranos y nos sentaríamos en el muelle a mirar cómo el lago se convertía en un misterio, con las estrellas como techo. Si estabas ahí para abrazarme, no tenía miedo.
La playlist siguió sonando dos horas más. Tomó medio termo de café antes de salir. Subió a la 140 unos minutos antes del amanecer. Los treinta kilómetros de ruta hasta el camino de ripio olvidado los hizo en silencio. El motorhome, que ya conocía de memoria este desvío, se bamboleaba lento sobre las piedras, como si supiera, como si adivinara. Carolina aminoró la marcha y recorrió los cinco kilómetros desde la entrada hasta el muelle en más tiempo del que siempre lo hacían. En los otros viajes, Juan era quien manejaba y conocía los secretos del camino.
El muelle se adentraba más de treinta metros en el lago y tenía el ancho ideal para que el vehículo circulara casi hasta el tope. Hizo el recorrido despacio. Antes de bajarse, recogió sus cosas, sin mirar la parte trasera. Destrabó el freno de mano y cerró la puerta. Rodeó la camioneta, y cuando estuvo atrás la empujó con toda su fuerza. Un grito de dolor cruzó el lago. La leve pendiente del muelle ayudó, y, como en cámara lenta, vio el motorhome desmoronarse en el agua azul.
Sobre la autora
Analía M. Angeli; Vivo en Vicuña Mackenna, al sur de la provincia de Córdoba. Mi hija, mis amigos, mis compañeros y todos quienes caminan cerca y conectan conmigo de verdad son mi familia. Vengo del mundo de la docencia y desde hace unos años ocupo el rol de directora de una escuela primaria, un hermoso trabajo que demanda una tremenda energía por eso es que busco en la literatura un refugio: hoy la escritura es mi pausa y mi modo de respirar.
En las reuniones del Taller Literario «Claraboya» descubro, semana a semana, los pliegues infinitos del mundo literario. Escribo porque me apasiona el ritual de tejer y destejer el lenguaje; no sólo para agradar, sino para provocar un encuentro sincero con la mirada de quien me lee."
