Logo Vía País

Ciudad a ciudad, Argentina en red

| domingo, 30 de agosto de 2026

InstagramXFacebook
  • Inicio
  • Córdoba
  • Rosario
  • CABA
    • Vía Carlos Paz
    • Vía Arroyito
    • Vía Tandil
    • Vía Tres Arroyos
    • Vía Punta Alta
    • Vía Jujuy
    • Vía Tucumán
    • Vía Catamarca
    • Vía Posadas
    • Vía Eldorado
    • Vía Iguazú
    • Vía Oberá
    • Vía Santa Fe
    • Vía Rafaela
    • Vía Paraná
    • Vía Concordia
    • Vía Gualeguaychú
    • Vía Mendoza
    • Vía Ushuaia
    • Vía Malvinas
    • Últimas Noticias
    • Política
    • Economía
    • Información General
    • Entretenimiento
    • Deportes
    • Vida
  • Vía País
  • Vía Urbano
  • Vía Streaming
  • Vía Gourmet
  • Vía Libre
  • Rumbos
  • Estilo
  • Inicio
  • Córdoba
  • Rosario
  • Centro
    • Vía Carlos Paz
    • Vía Arroyito
    • Vía Tandil
    • Vía Tres Arroyos
    • Vía Punta Alta
  • Norte
    • Vía Jujuy
    • Vía Tucumán
    • Vía Catamarca
  • Litoral
    • Vía Posadas
    • Vía Eldorado
    • Vía Iguazú
    • Vía Oberá
    • Vía Santa Fe
    • Vía Rafaela
    • Vía Paraná
    • Vía Concordia
    • Vía Gualeguaychú
  • Cuyo
    • Vía Mendoza
  • Patagonia
    • Vía Ushuaia
    • Vía Malvinas
  • Secciones
    • Últimas Noticias
    • Política
    • Economía
    • Información General
    • Entretenimiento
    • Deportes
Vía Tres Arroyos / Cultura

Pinceladas literarias: "Una grieta, una llamada, una espera" un cuento de Nahuel Vázquez

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "Una grieta, una llamada, una espera" un cuento de Nahuel Vázquez
Pinceladas literarias (Autor de la pintura: Edward Hopper.)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
30 de agosto de 2026, 09:02
Logo Vía País
  • Inicio
  • Córdoba
  • Rosario
  • CABA
Centro
  • Vía Carlos Paz
  • Vía Arroyito
  • Vía Tandil
  • Vía Tres Arroyos
  • Vía Punta Alta
Norte
  • Vía Jujuy
  • Vía Tucumán
  • Vía Catamarca
Cuyo
  • Vía Mendoza
Litoral
  • Vía Posadas
  • Vía Eldorado
  • Vía Iguazú
  • Vía Oberá
  • Vía Santa Fe
  • Vía Rafaela
  • Vía Paraná
  • Vía Concordia
  • Vía Gualeguaychú
Patagonia
  • Vía Ushuaia

Secciones

  • Últimas noticias
  • Política
  • Economía
  • Información General
  • Entretenimiento
  • Deportes
  • Estilo
  • Vida

Vías Temáticos

  • Vía Urbano
  • Vía Streaming
  • Vía Gourmet
  • Vía Libre
  • Rumbos
  • Términos y condiciones
  • Políticas de privacidad
  • Contacto comercial
  • Acerca de
  • Staff
  • Bases y condiciones de sorteos y concursos en viapais.com.ar
  • Comercializadora de Medios del Interior S.A.
  • 30-70746725-4
  • Av. Colonia 170, C1437JND CABA
  • Edición N° 3628
  • Todos los derechos reservados © 2016-2026
Logo grupo clarínLogo CMI medios regionales
  • Clarín
  • TN
  • El Trece TV
  • Mitre
  • La 100
  • Ciudad
  • Cienradios
  • TyC Sports
  • La Voz del Interior
  • Rumbos
Compartir en Facebook
Compartir en WhatsApp
Compartir en X

Una grieta, una llamada, una espera

Está sentado en una de las dos únicas sillas del departamento. Espera que lo llamen. La persiana que da a la calle está completamente cerrada. Lo único que él tiene puesto es un slip bordó. En la mesa hay un cenicero desbordado de colillas blancas, un atado común de Parisiennes con los últimos dos cigarrillos y el teléfono fijo. Hace unas horas que espera ese llamado. La voz, con la que habló más temprano, le advirtió que no podía moverse de su casa, no hasta que lo llamasen.

Esto ocurre ahora. Sin embargo, ayer a la mañana, no pensaba en ningún llamado. La cabeza estaba siendo ocupada en su totalidad por una grieta que acababa de descubrir en el techo del baño. Cuando saliera para el trabajo, decidió, se lo comentaría al encargado, para que durante el día viniera a verla y le diera una opinión.

Terminó de bañarse, se vistió frente al espejo del dormitorio, ordenó el departamento y salió al pasillo; cerró con llave la puerta, chequeó y re chequeó de que estuviera bien cerrada y se paró frente al ascensor a esperar que este llegara. El edificio tiene veinte pisos y en cada uno de ellos hay por lo menos siete departamentos. No le llamó la atención, durante esos segundos, el silencio que había, como al de un hospital fuera del horario de visitas. Solo pensaba en bajar a portería y hablar con el encargado.

Una vez abajo, no logró encontrarlo. Seguro, se dijo a sí mismo, estará en alguno de los otros pisos; ese era el momento del día en que el encargado se encargaba de la limpieza. Revisó la hora en el reloj que colgaba en la pared; si lo esperaba o lo salía a buscar corría el riesgo de llegar tarde al trabajo. No podía correr ese riesgo. No. Prefería hablar con él por la tarde, cuando volviera de trabajar.

Lleva veinticinco años en la compañía de seguros. No tiene en su historial ninguna actitud deleznable. Todos lo quieren; siempre es puntual y si debe quedarse después de hora nunca hace algún tipo de problema. Llegó al trabajo diez minutos antes del horario de entrada, trabajó durante toda la jornada como suele hacerlo todos los días: solo se levantó de su silla apenas unos minutos al mediodía para servirse un café y comer de parado un sanguche de jamón y queso.

El cielo no mostraba ninguna nube, y todo lo que podría llegar a suceder durante el resto de la tarde, incluso durante el resto de la vida, podría estar cubierto de esa calma. Él solo pensaba en llegar al edificio y contarle al encargado lo de la grieta.

El encargado no estaba. Tal como había ocurrido en la mañana. Imaginó, por la hora, que debía estar recolectando la basura en cada uno de los pisos. Iba a salir a buscarlo, pero prefirió ir directo a su departamento; le habían agarrado unas ganas súbitas de ir al baño. El ascensor estaba en planta baja, y él le agradeció a Dios, aunque no creyera, por esa casualidad.

Había cerrado la puerta del ascensor y buscaba ahora en el bolsillo del jean las llaves del departamento. Algo, en el tacho de la basura del pasillo, lo hizo frenar. Debió agacharse para poder leer de cerca la noticia en el diario: “En Alemania, un hombre gana la lotería tras jugar durante veinticinco años”. Tras leer el titular, sintió, algo que suele ocurrirle, el impulso de estirar el brazo, agarrar el diario completo y entrarlo al departamento. Lo guardó cuidadosamente en el mueble donde acostumbra guardar otros diarios, revistas, páginas sueltas de libros, fotografías, monedas, billetes, diversos materiales con los que se cruza, o se ha cruzado, y siente el impulso, por algún misterioso motivo, de conservarlos.

No dejaba de mirar la grieta en el techo del baño. Estaba sentado en el inodoro. La grieta había crecido en comparación a la mañana. Eso pensaba. Iría ya mismo a hablar con el encargado. El encargado debía ver la grieta y darle una opinión. Eso necesitaba. El teléfono fijo empezó a sonar. Imaginó que podía ser el encargado.

Lo desacomodó la voz de una mujer con acento español. No le resultaba nada familiar aquella voz. Ella preguntó si hablaba con tal persona, de tal edad y que vivía en tal dirección. Y algo en su interior se desacomodó todavía más al oír cómo esa voz ignota acertaba cada uno de sus datos. ¿Quién habla?, preguntó algo apocado. Y quedó esperando una respuesta que no llegó, y que no llegaría, porque un ruido en la línea interrumpió la llamada. Creyó que la voz volvería a llamar y esperó unos minutos parado al lado del teléfono.

Había pasado toda la tarde pensando en la llamada. Ahora, ya de noche, estaba acostado boca arriba en la cama; miraba el cielo raso y seguía preguntándose cómo aquella voz para nada familiar sabía cuál era su nombre, su apellido, la edad que tenía y la dirección de su casa. Y así estuvo toda la noche, él que nunca antes había sufrido de insomnio, con esos ojos abiertos que intentaban buscar alguna respuesta en el cielo raso del dormitorio; en ese cielo raso que por ahora no tenía ninguna grieta, como sí tenía el del baño, la que ahora él, misteriosamente, olvidaba por completo.

No logró pegar un ojo en toda la noche. Claro, ¿cómo podría dormir? Si no había logrado despegar esos ojos del techo del dormitorio, persiguiendo (o escapando quizá, vaya uno a saber) esas respuestas. Sin embargo, como el cansancio muchas veces termina siendo más poderoso que la propia ansiedad, durante un rato logró pegar un ojo, logró dormirse (tampoco digamos que logró descansar). Logró hacerlo una hora antes de que sonase la alarma del despertador.

¡¿Qué hora es?!, saltó gritando de la cama. Eran las ocho y media. A las nueve debía estar en el trabajo. Se vistió lo más rápido que pudo; no podía llegar tarde. Fue rápido al baño y no acomodó el departamento antes de salir. Solo tenía media hora para llegar al trabajo y aún así logró llegar puntual.

Hizo miles de malabares para evitar dormirse durante todo el día, para evitar mandarse alguna cagada, para evitar que su jefe pensara que ya no estaba capacitado para el trabajo y que debía entonces reemplazarlo por alguno de los miles que afuera esperaban la posibilidad de obtener su puesto. Cuando el reloj de la oficina marcó las diecisiete, solo pensaba en volver rápido a su casa y tirarse en la cama a dormir una siesta. Y eso fue lo que hizo ni bien llegó. Durmió, hasta las nueve de la noche cuando volvió a sonar el teléfono fijo.

Creyó que estaba teniendo un infarto, y saltó de la cama. El teléfono chillaba y chillaba; pero, él no lograba articular que era el suyo. Cuando logró hacerlo, y comprendió que no sufría ningún infarto, corrió a atender.

Otra vez la voz de la mujer con acento español. Le informaba que había sido seleccionado para participar en un premio cuyo ganador obtendría un millón de dólares. Pensó que era una broma y estuvo a punto de cortar la llamada. Pero la voz le advirtió que no lo hiciera, que podría llegar a arrepentirse. Y agregó: En principio, queremos que sepa que el principal seleccionado a ganar el premio es usted, Rodolfo. Sabemos mucho acerca de su vida, de su sacrificio de veinticinco años en el trabajo y consideramos que es por demás merecedor del premio. Pero, como bien podrá imaginarse, hay otros candidatos, aunque repito. Usted es el principal seleccionado. Todo depende de usted. Y como hay otros candidatos para obtener el dinero, deberá cumplir un paso. Esta madrugada, no puedo indicarle la hora exacta, lo llamarán, y usted deberá si o si atender la llamada, esa será la única condición para ganar el premio.

Un ruido en la línea interrumpió la llamada después de esa última frase. Hacía cinco años que no fumaba un cigarrillo. Sin embargo, lo único que ahora deseaba era encenderse uno. No tenía guardado ningún atado abierto de sus años de fumador. El kiosco de acá a la vuelta debía estar abierto todavía, se dijo a sí mismo.

Era una noche apacible, podríamos aseverar, de esas otoñales, cuando todavía restan un par de semanas para que ese frío invernal empiece a quitarnos el ánimo de salir a la calle en horas en las que el sol ya decidió retirarse hasta el día siguiente. Un señor fumaba parado al lado de la puerta de un edificio, una pareja paseaba al perro y el colectivo de la línea 71 acababa de pasar todo iluminado en el interior con apenas un puñado de pasajeros.

Le pidió al pibe que lo atendió un atado común de Parisiennes. Le extrañó estar pidiendo de nuevo cigarrillos y reparó en el tiempo que había pasado desde la última vez que había comprado un atado. Buscó sin éxito el precio en alguna parte del mostrador. ¿Cuánto es?, preguntó. El pibe sin mirarlo le respondió, y él sacó de la billetera los billetes con el cambio justo.

Ya en la calle se encontró solo. No estaba más el señor que fumaba al lado de la puerta del edificio, no estaba más la pareja que paseaba al perro, y sintió una prisa en la boca del estómago. Metió el atado de cigarrillos en el bolsillo del jean y apuró el paso.

El recuadro a un costado de la puerta del ascensor indicaba que este estaba en el piso veinte. Donde vivía el encargado. Recordó la grieta, y pensó en ir a tocarle el timbre. Apretó el botón para llamar al ascensor y enseguida el motor se puso en marcha. Percibía, ahora sí, el silencio que había, como el de un hospital fuera del horario de visita, como si el silencio fuese una especie de fuerza arrolladora. Y no pudo no verse cinco años atrás, en aquella sala de espera de aquel hospital, durante toda aquella semana completa, día y noche, día y noche, en aquella espera de una recuperación, que por momentos parecía asomarse, aunque al final terminó siendo solo eso. Solo un asomo.

Los números en rojo en el recuadro iban bajando. 14…. A la izquierda, la calle a través de la puerta de vidrio. 13… A la derecha el pasillo, tres departamentos, uno al lado del otro, y la escalera al fondo… 12… La luz del pasillo se apagó. El interruptor ―un botón rojo― brillaba ahora en la oscuridad. Corrió a encenderla. 10… Caminó después hacia la puerta de entrada. La calle era un recuadro por el que veía a través del vidrio. Todo se reducía a esa imagen, como una especie de televisión en vivo y en directo. Todo lo que estuviera fuera de ese marco era imaginación. Nadie aparecía por ese recuadro. Volvió a pararse frente a la puerta del ascensor… 9… El tiempo avanzaba lento, demasiado… lento, como si estuviese conectado a otra cosa, a una suerte de espera, que venía estirándose desde hacía, valga la redundancia, tiempo… mucho tiempo. No supo lograr pensar en algo. Caminó ahora hacia la derecha; mientras pasaba por la puerta de cada uno de los departamentos sentía que todos estaban vacíos. Llegó a la escalera; por el hueco miró hacia los pisos superiores: imaginaba que en todos la luz se había extinguido, y sintió la certeza de que quizá, y en realidad, todo el edificio estaba vacío. El ascensor por fin había llegado. La luz del pasillo se apagó una vez más, y él una vez más se apuró para encenderla. Después se metió en el ascensor.

Dos puertas tiene el ascensor: una de chapa verde, con un recuadro sin vidrio ubicado apenas un poco más arriba del centro, y una reja corrediza. Marcó el piso veinte. El motor del ascensor volvió a ponerse en marcha. A través de la reja, y a través del recuadro de la puerta verde, podía ir viendo cada uno de los pisos por los que lentamente el ascensor iba pasando. En alguno de ellos la luz estaría encendida, e imaginaba que al otro lado del recuadro aparecería alguna cara.

La luz, en el piso veinte, estaba encendida, pero no había ninguna cara esperándolo. El departamento del encargado quedaba al fondo del pasillo. El taconeo de sus zapatos contra el piso rebotaba en las paredes. Tocó el timbre y esperó. Podía escuchar la televisión encendida. Tocó una vez más y siguió esperando. El volumen de la televisión seguía igual de alto. Esperó un rato más a que la voz del encargado interrumpiera la espera. Sentía una pesadez en los hombros, como si de atrás alguien se estuviera apoyando en ellos. No tenía sentido seguir esperando, y se fue para su casa.

Habían pasado unas horas. El teléfono todavía no sonaba. El atado abierto de cigarrillos estaba sobre la mesa, justo al lado del cenicero, justo al lado del teléfono fijo. El tiempo eran esos cigarrillos que prendía y las colillas que iban acumulándose en el cenicero… Ya es medianoche.

Hace un rato empezó a sentir calor. Se sacó el pullover, los zapatos, el jean, las medias y se quedó solo en calzoncillos. La grieta en el baño ha contaminado una de las otras paredes, aunque todavía no ha empezado a filtrar agua. Para que eso ocurra solo es cuestión de tiempo.

Piensa que en cualquier momento lo llamarán. Pensará lo mismo dentro de unas horas, cuando ya sean las cinco de la madrugada, cuando ya no le queden más cigarrillos en el atado, cuando siga todavía atento al teléfono fijo esforzándose por no quedarse dormido.

Pero una parte suya cederá al sueño. Y cuando eso ocurra, mientras él esté soñando que está arriba del escenario de un teatro (esa noche se agotaron las entradas, y su personaje tiene que decir el monólogo final de la obra) el teléfono sonará y él escuchará con el pecho inflado la ovación del público, el reconocimiento, hasta que alguien de la platea interrumpirá, y le gritará: Atendé, boludo, te están llamando.

Entonces, despertará y manoteará el teléfono, preguntará quién es y escuchará la voz de la mujer con acento español. ¡Gané!, gritará primero, ¿gané?, preguntará después. Y la voz de la mujer le informará que estuvieron llamándolo… Él le dirá, y le repetirá, que estuvo despierto toda la noche. Pero la voz sentenciará que ya ha perdido su oportunidad, y agregará que es una pena: Nos caías bien y queríamos que fueras el ganador. Y un ruido en la línea interrumpirá la llamada. Y eso será todo.

O no.

Porque en ese momento oirá un goteo en el baño. Y recordará la grieta. Y cuándo esté por levantarse de la silla, el despertador sonará y le recordará, como todos los días, que en una hora debe entrar al trabajo.

Sobre el autor

Nahuel Vázquez es comunicador social, periodista y docente. Desde hace más de seis años, coordina Claraboya, un espacio de escritura para la exploración y la producción narrativa y literaria.

Temas Relacionados

  • Nuevo cuento
  • Cultura
  • Literatura
  • Tres Arroyos
Compartir en Facebook
Compartir en WhatsApp
Compartir en X
MÁS VISTO
Epec confirmó cortes de luz en Córdoba para este domingo 30 de agosto.
vía córdoba

Epec anunció un masivo corte de luz en Córdoba para este domingoEpec anunció un masivo corte de luz en Córdoba para este domingo: qué zonas se quedarán sin servicio

Conmoción por la muerte de una joven de 22 años tras un estudio médico de rutina
policiales

Conmoción por la muerte de una joven de 22 años tras un estudio médico de rutina

Así era el departamento que le dieron aTini Stoessel cuando le dijo a sus padres que quería vivir sola: en la casa de sus papá y sale en un videoclip
estilo

Así era el departamento que le dieron a Tini Stoessel cuando le dijo a sus padres que quería vivir sola: en la casa de sus papá y sale en un videoclip

Sismo en Córdoba.
vía córdoba

Temblor en Córdoba: dónde fue el epicentro del sismo de este sábado 29 de agostoTemblor en Córdoba: un sismo sacudió las Sierras este sábado 29 de agosto

¿Lali sabía algo?: el premonitorio tuit contra Alejandro Stoessel que se viralizó tras el escándalo con Tini
vía urbano

¿Lali sabía algo?: el premonitorio tuit contra Alejandro Stoessel que se viralizó tras el escándalo con Tini