Pinceladas literarias: "Ernesto" un cuento de Lidia Mora
Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.


Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un cuento de Lidia Mora:
Ese domingo se habían publicado las respuestas del crucigrama de La Gaceta. En la esquina frente al bar, estaba la cartelera del diario con el detalle y el pozo acumulado en $1000.
Ernesto estaba ahí parado, miraba el cartel y miraba la hoja que tenía en la mano. Apoyaba el dedo índice sobre el papel y cantaba en voz alta las respuestas del crucigrama, luego volvía a mirar el cartel y negaba con la cabeza, se rascaba la nuca, se despeinaba un poco el pelo incrédulo y también un poco impaciente.
Miraba para las otras esquinas a ver si estaba confundido, pero volvía siempre sobre el mismo cartel. Una vez más comenzaba con la cantinela, repasaba sus respuestas y se enojaba. Después de varios intentos lo ví alejarse, encaró por Paez doblando el papel tres veces y colocándolo en el bolsillo trasero del jean.
Cuando desapareció de mi vista volví a mi cortado en jarrito que se estaba enfriando, apuré el último sorbo y mientras le estaba pidiendo la cuenta a Ramón, lo vi venir de nuevo a Ernesto apurado. Se paró delante de la cartelera con la revista y en la otra mano la hoja con sus respuestas. Cada una que cantaba en voz alta sacudía la hoja confirmando que coincidía.
La primera mitad fue sin problemas, se lo veía satisfecho, pero cuando comenzó a comparar desde la sexta línea las manos le temblaron.
Pasaron unos segundos en los que pensé que se iba a resignar, pero no. Ernesto dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo trasero del jean, tomó la revista y la cortó por la mitad y esa mitad en una nueva mitad y la tiró contra el cartel. Acto seguido tomó impulso y saltó para colgarse del travesaño mientras gritaba sin parar “¡HIJO DE PUTA ME QUERES VOLVER LOCO!”
Con los gritos de Ernesto los que estaban conmigo en el bar empezaron a mirar para afuera, algunos se acercaron a las ventanas ocupando parte de mi mesa habitual, otros salieron a la vereda. Los que hacían cola en la verdulería ya no estaban oteando los precios, se asomaban con poco disimulo, algunos incentivando con gritos tipo cancha, otros desaprobando por lo bajo los actos vandálicos.
Ernesto se balanceó con fuerza y sacudió todo su cuerpo colgando del cartel que resistía por los alambres que se sujetaban a la pared. Los que circulaban por la zona aminoraban la marcha y miraban el espectáculo (a mi gusto un poco largo ya), algunos risueños, otros preocupados.
Dejé plata sobre la mesa y salí a buscarlo. Seguía colgado, ya tenía el pullover enganchado en un pedazo de chapón que se estaba soltando y estaba rojo, sudando y apretando con fuerza las muelas.
— Ernesto, soltá el cartel, bajá por favor.
— Este hijo de puta no me va a ganar — me contestó entre dientes.
Y en ese momento comprendí que estaba llegando de nuevo a su límite. Fue como volver a los 16 años y verlo ensañado, convencido que los del diario se habían equivocado y no él, mientras golpeaba el escritorio del editor de turno marcando los casilleros.
Al principio, esa vez, al tipo le causó gracia y hasta le ofreció una disculpa por el error de impresión, pero al domingo siguiente, cuando volvió al mismo escritorio al grito de “En este diario son todos unos inútiles”, al tipo ya no le causó tanta gracia y dos monos de seguridad nos sacaron a las patadas.
Pero para Ernesto eso no era razón suficiente para aceptar la derrota e irse, así que volvió sobre sus pasos y se colgó de la reja de entrada del edificio y señalando al editor le gritó: “Doná tu sueldo inútil y dedícate al dominó”.
De más está decir que esa noche la pasamos los dos en la comisaría, el por agresión a terceros y yo por acompañarlo.
Mientras Ernesto seguía siendo el centro de atención de cada vez más gente colgado del cartel, se acercó un patrullero que hizo sonar cortito la sirena y se detuvo. Se abrió la puerta del acompañante y se bajó un cana gordo, gordísimo. Se calzó la gorra, se subió los pantalones y mientras acomodaba la cachiporra escupió en el cordón.
Ya cerca de Ernesto que seguía colgado del cartel, lo miró y le dijo algo al oído. Ernesto le contestó y el cana lo miró serio. El aire se hizo espeso, se lo podía cortar con cuchillo. Cuando pensé que una vez más a Ernesto por loco y a mi por acompañarlo nos esperaba una noche larga entre rejas, el cana miró el crucigrama, acomodó su cinturón, volvió a escupir y se colgó de la otra punta del cartel.
Los dos colgando y pegando sacudidas, las risas de la gente de fondo, y el otro poli que manejaba el patrullero que trataba de poner un poco de orden. Después de unas sacudidas más fuertes, el cartel cedió y los dos se tambalearon y tropezaron pero lograron quedar en pie.
Ernesto le dio un abrazo al gordo y le mostró el papel que tenía doblado en el jean. El cana asintió con la cabeza con gesto de aprobación. Entre los aplausos y los vítores de la gente que festejaban el triunfo de Ernesto, el cana juntó la gorra que se había caído entre tanto bamboleo y se subió al patrullero.
Volví a mi mesa del bar, le hice señas a Ramón para que me traiga otro cortado y las risas fueron amainando. Ernesto se acercó a la ventana donde yo estaba y le pregunté:
— ¿Qué le dijiste al gordo?
— Que me ayude y le daba la mitad del premio.
Mientras volvía a la página del diario donde me había quedado, Ernesto agarró el papel, lo estiró con paciencia y lo dobló una, dos, tres veces. Se lo guardó en el bolsillo trasero del jean y se fue caminando por Paez.