Botticelli, quien desinteresadamente la amó, al concluir El nacimiento de Venus, pidió ser enterrado a sus pies. 


Era una mujer bellísima, y Florencia, igual que poetas, filósofos, hombres poderosos y gente del pueblo, la amó profundamente. Fue retratada como Virgen, como Venus, como Eva, como Flora, como ninfa y como ella misma por los más destacados artistas de su época.

A quinientos años de su muerte, Germán Arciniegas describió a Simonetta Vespucci –casada a los quince años con Marco, hermano de Américo Vespucci– así: “Jamás se ha visto belleza semejante. Es una de esas mujeres de vida fugaz que apenas tocan la tierra, y que luego hablan de ella, por siglos, la poesía, la pintura, la leyenda, la novela; en fin, la historia.” En vida, Ghirlandaio la pintó como La Virgen de la Misericordia, quién cobija bajo su manto a la familia Vespucci; y Piero Di Cósimo como la Eva Imperial, con una serpiente fina y oscura enrollándose en su cuello.

Botticelli la convirtió en Venus surgiendo del mar, bellísima e ingrávida. Y en “La Primavera”, la pintó tres veces: como Flora dispensando sus dones, como Venus y como una de las ninfas. A un lado, el también famosamente hermoso Giuliano de Médici, como Mercurio, viste los colores de los señores de Florencia.

Giuliano la amó fervorosamente, y también su hermano Lorenzo, según se cree, sin ser correspondidos. Este último la describió así: “Su cutis era extremadamente claro, pero no pálido. Su porte era serio, sin ser severo; dulce, sin asomo de coquetería o vulgaridad, y entre las demás mujeres aparecía de superior dignidad y, no obstante, libre de afectación.” Giuliano la llamaba “Mi Amada”, pero se supone que sus relaciones fueron platónicas: era común que estos guerreros, cuyas vidas transcurrían entre mujeres alegres y toscas, esposas impuestas y amantes rapaces, sintieran la necesidad de querer a una mujer románticamente, idealizándola en versos y dedicándole las victorias con el nombre de ellas en su estandarte.

En 1475 se celebró la fiesta más espléndida que viera Florencia en un siglo. Cuando Simonetta apareció en los palcos, la ciudad la aclamó largamente, le dieron el título de Reina de la Belleza y la llamaron la Luz de Florencia.

Fue entonces que Poliziano le dedicó sus famosos versos: “Cándida ella y de candor vestida con su traje de flores y de hierbas, la cabellera de oro en rizos esparcida su frente enmarca de humildad sublime…

La celebración movió a monarcas, guerreros, sabios y artistas a peregrinar para poder contemplar su portentosa belleza. Simonetta, de clara inteligencia y lo bastante indulgente para ocultarla ante los hombres, vivió muy poco más. Murió un año después, con veintitrés de edad, el 26 de abril de 1476: la ciudad se vistió de duelo.

Lorenzo estaba ausente, pero envió a su médico, quién le escribió: “Si la hubierais visto, no os habría parecido menos bella…”.

El pueblo se arrodilló a su paso; Simonetta Vespucci iba acostada sobre terciopelo negro, entre almohadones de damasco y oro, con el cabello suelto, las manos sobre el pecho y coronada de flores. El otro Médicci, Giuliano, la lloró con desesperación y, extrañamente, encontró la muerte el mismo día que ella –dos años después– apuñalado durante una misa.

Botticelli, quien desinteresadamente la amó, al concluir “El nacimiento de Venus”, pidió ser enterrado a sus pies. Ahora descansa en la capilla de Todos los Santos, donde Simonetta también duerme su último sueño.

Sugerencias:

1) Quien viaje a Florencia, visite Todos los Santos y diga una oración por Botticelli;

2) Regalar a los jóvenes libros de arte, no importa de qué época. Ellos encontrarán lo que más les atrae.





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