Si hablamos de supersticiones, debo reconocer que, aún hoy, no me gusta que entren a casa con el paraguas abierto.


Hace unos días, al levantarme, me torcí un pie y mientras rengueaba hacia la cocina, me pregunté qué iba a pasarme aquel día. Intentando burlarme de mí misma, busqué la definición de superstición en el Diccionario de creencias y supersticiones de Félix Coluccio, quien dedica a esta palabra tres páginas, pero tomo la frase inicial: “Superstición es una deformación del sentimiento religioso sustentado en el temor y la ignorancia.” 

Si bien hoy me muestro más incrédula, no me gusta que entren a casa con el paraguas abierto y mucho menos dormir con la ventana abierta cuando hay Luna llena. Y como las cosas se dan paralelamente, encontré un viejo estudio folclórico: Las supersticiones, de Rafael Jijena Sánchez y Bruno Jacovella. Los autores clasifican las supersticiones en simples, mágicas y animistas. Entre las simples, se encuentran algunas anteriores al cristianismo, y sorprende que aún sigan en vigencia.

Veamos las que me aterraban en la niñez, como aquella que aseguraba que a las víboras les gusta mamar del pecho de las madres y que mantienen al niño callado usando la cola como chupete; con hermanos pequeños, aquello me aterraba. Casi setenta años después, personas cultas me juran que hay casos constatados en provincias del noroeste argentino.

Recuerdo que el día que llegamos a la casa de las sierras, al abrir la puertita de mi mesa de luz encontré, enroscada, una serpiente coral, que es muy venenosa. Luego, el chico que nos traía la leche nos enseñó a distinguir la víbora de la culebra, cuya picadura, según dijo, no era mortal.

Todavía recuerdo la impresión que me dejó aquel encuentro, pues la culebra parecía cubierta de encaje rojo, negro y amarillento. Viviendo en la ciudad, los únicos animales que habíamos visto eran algunas aves, la vaca y el ternero del vasco que nos llevaba la leche, el caballo del verdulero, perros y gatos y pocos insectos. Nunca víboras, y una vestida de encaje, era todo un suceso.

Pero no debíamos temerle, nos dijo aquel chico, ya que en nuestra casa, cercana al arroyo, había muchos sapos; los sapos odian a las víboras y cuando las encuentran dormidas, las rodean con un círculo de baba que éstas no se atreven a traspasar, y mueren.

En cuanto a las creencias mágicas, muchas hablan de amores y bodas: es malo cultivar hortensias en una casa donde hay una joven soltera, pues espantan a los pretendientes; quien se prueba una alianza de otra persona, no se casará; si el día de San Juan, al salir a la calle, lo primero que ve una mujer es un hombre, es anuncio de boda; si a una soltera se le pega un hilo negro en la media, se casará con un viudo, y si es blanco, con un rubio.

Cuando éramos niños, mi abuela no nos dejaba jugar con fuego, pues de noche mojaríamos la cama, y si a mamá se le cortaba la mayonesa o el dulce de leche, preguntaba: “¿No estarás de nuevo embarazada?”

Los temas animistas suelen tratar sobre la Muerte y los muertos: las estrellas fugaces son almas en pena y al verlas hay que decir “Que Dios te guíe”; los pajaritos blancos o “almitas” son el espíritu de los niños muertos; es posible ver, antes de que muera, al fantasma de algún conocido agonizante, pues su espíritu sale a borrar los rastros de sus equivocaciones o a despedirse de quienes ama… Y así, a través de estos absurdos, los pueblos han sobrevivido milenios creyéndose a salvo.

Sugerencias:

1) Recordar, para los jóvenes, estas ingenuas creencias: nos sorprenderán con algunas más modernas que seguramente no conocíamos.

2) Comprar un diccionario de folclore: buena lectura en una tarde de lluvia.





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