Las arrugas trajeron consigo inspiración y profundidad; y no tiene ningún problema en que se noten.   


Vestido blanco, saco desabotonado rojo. Rojo fuego, dice Andrea Frigerio con una sonrisa de bienvenida cautivante. Llega un poco demorada al encuentro con Rumbos debido a su apretadísima agenda en el año más intenso, versátil y heterogéneo de su carrera. Sin embargo, la vorágine en la que está embarcada no la hace perder nunca su estilo, su charm, su sex-appeal y, sobre todo, su buena onda. Es una practicante cotidiana de la calidez y de hacer sentir cómodo a quien tiene al lado. El disfrute y la calma, que se huelen con su decir y sentir, son su marca registrada, así como esa sonrisa que reaparece con asiduidad.

Cine, teatro, televisión y la reciente edición de un libro tienen a la actriz, porque así se considera pese a que hace muy poco que se dedica a la interpretación, plena de compromisos, viajes y entrevistas. Ella hablará de “sentido de la oportunidad” y “poder de organización” para llevarlo a cabo todo y no de “hago esto porque me conviene”.

El reciente estreno de “Rojo” en pantalla grande, se sumó a “Mi obra maestra”, la película más popular acompañando a Guillermo Francella, además de “Sólo el amor”, que llegó hace algunas semanas y “Leal”, que desembarcará antes de fin de año. Por otra parte protagoniza la pieza teatral “Cuerpos perfectos”, grabó un capítulo de la serie “Rizhoma Hotel” y debutó como autora con “Belleza emocional”.

¿Cómo se explica este presente tan productivo?

Supongo que tiene que ver con el bienestar pero también con las ganas de decir y de motorizar cada proyecto. No acepto las cosas porque sí, sino que tienen que ver con mi personalidad y con lo que yo pienso de cada cosa que hago. No me pesa estar ocupada, estoy acostumbrada a hacer, concibo la vida en movimiento, la quietud no tiene nada que ver conmigo.

¿No aparece el cansancio, la obligación por tener que cumplir?

No, para nada. Esta variedad de trabajos traducen este período de tiempo, que es maravilloso. A los 57 años me siento en el mejor momento, y espero seguir aprendiendo para superarme. Insisto, siempre fui así de hiperactiva, desde chiquita, cuando estudiaba inglés, francés, piano, guitarra, jugaba al tenis, hacía danza clásica… Te faltaba tocar el tambor… En la escuela me cargaban y me decían que sólo me faltaba tomar clases de arpa. Es algo que me inculcaron en casa mi papá ingeniero, mamá maestra rural y mis abuelas, que me dieron todo su amor, dedicación y generosidad. A la larga eso se manifiesta en algún momento.

Andrea Frigerio, fetiche del mejor cine argentino en plena era de la madurez

Empecemos por el libro “Belleza emocional”. ¿Por qué?

Por necesidad de decir, de transmitir, de ayudar. Me lo habían ofrecido escribir hace como treinta años, pero rechacé la oferta porque en esos tiempos me sentía inmadura, incapaz de poder expresar lo que ahora sí me parece importante, que es la defensa de lo natural y de hacer pública la poca resistencia que tenemos las mujeres al paso del tiempo.

¿Lo escribiste vos?

Claro, es todo mío, después me ayudaron a darle forma, pero soy yo la autora de los textos, siempre me gustó escribir.

¿Creés que las mujeres más que los hombres no toleran envejecer?

Me parece que muchas hacen lo posible para arruinar la llegada de las arrugas y de las marcas de la vida. Hablo de esto porque conozco pero no entiendo por qué muchas mujeres, muchísimas, quieren quedarse fijas en una edad la cual, finalmente, nunca lo logran. El paso de los años es evolución y cuando se evoluciona no importa lo que le sucede a tu traje.

¿Nunca te animaste a decirle a una mujer “no te hagas una cirugía”?

Jamás lo haría, por más delicadeza que se tenga. Creo que no corresponde, no soy quién para decir algo así. Otra cosa es si se me consulta, ahí sí brindaría mi opinión, pero por iniciativa mía no, nunca. Yo hablo desde mí, desde mi experiencia y desde mis 57 años en los que fui hija, madre y abuela, etapas en las que aprendí a despertar conciencia y a entender que lo bello es lo saludable.

¿Sos una piensalindista?

(Su rostro se pone serio) No me banco ese optimismo piensalindista, ni vivo en las nubes, ni soy superficial, ni tampoco una boluda alegre. Todo lo contrario, soy una mina con un optimismo inteligente. ¿Qué significa? Si la circunstancia está complicada, con alegría sé que la puedo solucionar. No me dejo atravesar y aplastar por una cuestión complicada, por una relación tóxica. Yo soy una peleadora de toda la vida.

Decís “boluda alegre”. ¿Pensás que la gente te rotula como frívola?

Hay de todo. Muchos deben pensar que tengo una vida palaciega, que nada me atraviesa, que soy sofisticadísima y que jamás me embarraría, y soy todo lo contrario. Pero a la vez estoy convencida de que no le tengo que dar explicaciones.

En la obra “Cuerpos perfectos”, basada en un libro de Eve Ensler (“Monólogos de la vagina”) se critica solapadamente cómo las mujeres se someten a cirugías como si fueran actividades extracurriculares… Es terrible esa obra, pero cuánta verdad dice. Imaginate esas mujeres que se someten a intervenciones ahí abajo para rejuvenecer, sentirse seguras y queridas por el marido. Es incomprensible cómo chicas de treinta y cuarenta ya pasan por el quirófano como si se tratara de algo sencillo…

Vos te hiciste las lolas… ¿en otra vida?

Sí, exacto, en otra vida. A los 20 tuve a mi hijo Tomás, a quien le di de mamar durante más de un año. Yo tenía unas lolas así –abre sus manos generosamente- y me quedaron medio desinfladas, entonces decidí operarme medio de casualidad.

¿Por qué de casualidad?

Porque yo fui a acompañar a una amiga modelo, muy conocida, que era chata y quería ponerse lolas… Y me terminé operando yo y ella no. Pero con la cabeza de hoy no lo hubiese hecho, en ese momento sí porque era chica y trabajaba de modelo, estaba mucho más expuesta.

¿Te pusiste bótox alguna vez?

¡Pero no! –responde seco-. Mirá mi cara –se agarra los cachetes y los mueve para un lado y otro-, ¿ves? ¡Toca! –invita sin pudor-. Tengo todo suelto, ni bótox, ni otras inyecciones ni mucho menos cirugías. Este lunar de acá arriba del labio, ¿ves?, que muchos han dicho que es artificial es mío, nunca me lo saqué ni me lo toqué. Acá en la boca tengo una cicatriz que pude habérmela sacado y tampoco lo hice.

¿Qué sucede cuando ves fotos tuyas publicadas con Photoshop?

Y me molesta, me enoja, porque desautoriza lo que yo pregono y quiero transmitir. Va en contra de mi naturaleza.

Los productores y directores de “El ciudadano ilustre” confesaron que te eligieron por ser una señora que, a tu edad, tenías el rostro intacto…

Me lo dijeron, es cierto, y un poco de timidez me resultó admitirlo. Ésta soy yo, sin nada externo, y así seguiré siendo.

A Andrea Frigerio las arrugas le trajeron inspiración y profundidad; y no tiene ningún problema en que se noten.

O sea que tu rostro natural te ayuda a crecer en la profesión…

No tengas dudas. Y lamento mucho no haber comenzado antes, no por mi cara, sino por lo que me gusta actuar, descubrí que me apasiona. Pero bueno, ya está, no dejo de ser una agradecida.

¿Te sorprende este momento actoral con tantas propuestas?

No caigo, te juro. Cada día me levanto y pienso: “No puede estar pasándome esto a mí”. Es que después de la magia vivida con “El ciudadano ilustre”, mi vida actoral cambió radicalmente y recibo propuestas increíbles.

Pensar que todo este inimaginable presente llegó gracias a Marynés, la mujer de Francella, que tuvo el ojo clínico para descubrirte…

Exactamente: mi flamante y prolífico trabajo de actriz tiene nombre y apellido: Marynés Breña, la mujer de Francella. A ella le debo esta alegría inmensa. Marynés le sugirió a Guillermo que pensara en mí cuando trabajaba en ‘Poné a Francella’ y por supuesto que Francella confió en mí y me dio la oportunidad.

¿Tu pasado como modelo no estigmatizó tu carrera en cine?

Yo nunca lo padecí, supongo que porque entré a este oficio por la puerta de servicio, con roles chiquitos. Pero soy una mujer fuerte, estoy preparada para aguantar la crítica, he aprendido a protegerme. Además, entiendo la necesidad de catalogar a todo el mundo; entonces, en ese aspecto, mucho no puede hacer.

¿Qué libro tenés en tu mesita de luz en este momento?

Tengo “Elogio de la lentitud” (de Carl Honore), que siempre está a mano, me acompaña y me recuerda una y otra vez que vivir deprisa no es vivir, sino sobrevivir. Y yo soy una mujer que se toma su tiempo, soy naturalmente lenta. Hago todo despacio, detesto el apuro, el andar a mil, y también me da miedo caerme, olvidarme algo. La lentitud me representa y me ayuda a sentirme bien…

¿Es uno de los secretos para estar espléndida a los 57?

Sin duda. Pero no es un secreto, la lentitud es algo sencillo, como dormir bien, comer sano y de manera equilibrada, mover un poco el esqueleto, intentar vivir en armonía, sonreír la mayor cantidad de veces posible y no discutir por pavadas.





Comentarios