En 1769, el fiscal exculpó a María Murúa por los cargos de hechicería y acusó a Acevedo por su pacto con el Diablo.


Les comentaba la semana pasada sobre un caso ocurrido en Córdoba en 1769: en Río Segundo había aparecido un “médico” que decía curar los maleficios efectuados por María Murúa, quien tenía al pueblo asustado. El Cabildo ordenó que se apresara al “médico” Santiago Acevedo, santafesino, 50 años, albañil, medio carpintero y analfabeto, quien decía ser una especie de buen hechicero.

Frente al juez, Acevedo acusó a su competencia de enfermar a una joven con unos polvos: al parecer, la Murúa había oficiado de casamentera con un galán que la muchacha rechazó; como a la joven aquél “mal se le fuera a los huesos”, él tuvo que curarla con su ciencia. También la acusó de envenenar a la esposa del Capitán de Naturales con polvos de sapos secos y machacados; y de arrojar otros polvos en el camino del Capitán quien, al pisarlos, enfermó pues se le formó en la panza un pez que, como médico de maleficios, Acevedo consiguió expulsar… aunque el capitán quedó lisiado.

Es interesante que, al interrogarlo, le preguntaran si “tenía licencia de los Inquisidores” para tratar esos males, a lo que el acusado contestó que no, pues había aprendido de un hombre cuyo nombre no recordaba.

Cuando el Comisionado preguntó a los vecinos sobre la Murúa, estos dijeron que era mentirosa, mal hablada y ladrona; que solía hurtar desde restos de lana hasta ovejas y ropa si se le daba la oportunidad; que la habían prendido por haber huido con un mulato al monte y que malquistaba a todos con sus chismes y habladurías, como decirle a un hombre que cuando él se iba de viaje, su mujer andaba con otro, aunque negaron terminantemente lo de brujerías y ensalmos.

Pese a todo, la detuvieron por hechicera, ladrona y “revoltaria”; y a Acevedo también por no tener licencia ni del Protomedicato ni de la Inquisición para ejercer sus artes.

Ante el juez, ella dijo que la esposa del Capitán de Naturales había muerto de gota, asistida por un chileno que vivía en la ciudad; reconoció haber aconsejado a cierta joven un galán, pero juró no haberse enojado cuando lo rechazó. Y, por cierto, ¿quién era ese tal Acevedo?

A su vez, éste dijo conocer los actos de la bruja pues él leía las aguas de los enfermos y otro signos, y porque la había visto con bolsitas de hierbas y polvos que, por el olor que despedían, eran elementos malignos; que había aprendido el oficio en España, cuando era paje de un caballero que leía libros de magia, quien mucho le enseñara; y que sabía lo que hacía la Murúa porque él, como bondadoso hechicero, “tenía el don de adivinar”.

El fiscal exculpó a la Murúa de estos cargos –no de otros– y acusó al reo de lo que él mismo atestiguaba: todos los ensalmos y actos de hechicería que reconocía, sin mediar coacciones, haber perpetrado. Siendo desembozado su accionar y por tanto, su pacto con el Diablo, la Inquisición era quien debía juzgarlo.

Hasta aquí, como expliqué al principio, la historia sigue las leyes y costumbres de la época. Lo sorprendente es el fallo del juez: según dicta, Acevedo no era brujo, sino que padecía de delirios, por lo tanto, la Murúa quedaba libre de sus acusaciones. Para Acevedo dictó prisión por su dudoso comportamiento y el daño hecho (aunque no adrede) a sus pacientes, pues muchos habían enfermado con sus tratamientos, pero descartó la intervención del Santo Oficio pues –dijo– era un invitado que se sentaba a la mesa y no se sabía cuándo se levantaba.

Sugerencias:

1) Leer Las salamancas de Lorenza, de Judith Farberman; trata de hechicería y curanderismo en el Tucumán colonial y el rol de la Inquisición;

2) Buscar en Internet la nota “Aquelarre”, de Soledad Vallejos sobre este el libro.





Comentarios