Intercambiando recuerdos en un Facebook dedicado a mis novelas, surgió la propuesta de tratar el tema de los juguetes en la época victoriana.


Fue muy interesante, pues de pronto todas estábamos acordándonos, las mayores, de aquellos viejos juguetes de los años 40, y las más jóvenes de los regalos que recibieron en los últimos años y tanto les han gustado.

En cuanto a libros de cuentos, novelas y libros para pintar, las mayores recordamos aquellos maravillosos libros que, al abrirlos, desplegaban en varias dimensiones una historia ilustrada. A mí me encantaban, pero casi todos los que tuve eran los clásicos de hadas.

Una de las “fans”, por su parte, recordó que sus padres le habían regalado el libro Corazón, de Edmundo De Amicis. ¡Cómo me había gustado ese libro que saqué de la biblioteca del colegio y luego mis padres me compraron! Creo que, después de los de hadas, ese fue el primer libro “serio” que leí. Y a través de un actual encuentro de amistades virtuales, alguien deja caer el recuerdo de aquellas lecturas…

Pero también recordamos otras cosas: las muñecas, los ajuares que nuestras madres o abuelas cosían para nosotras. No tengo recuerdos realmente gratos de mi abuela materna –Juana se llamaba–, que había tenido una vida muy dura al quedar, inmigrante, viuda joven y con muchos hijos. No recuerdo su voz, no recuerdo haberla visto sonreír nunca… pero es imborrable un vestido de organdí alilado, de mangas abullonadas, canesú de encaje y una hermosa cinta de seda al tono por cinturón. No hacía mucho que habíamos ido a vivir a Cabana, y mamá acababa de comprarme una muñeca muy linda, casi del tamaño de un bebé, y con él la vestí.

No recuerdo la voz de mi abuela, pero es imborrable aquel vestido de organdí lila y canesú que le cosió a mi muñeca.

Era verano, mis tíos regresaron a Córdoba pero mi abuela se quedó unos días. Y nos hizo camisones de batista floreada para mi hermana Eugenia y para mí, y tejió unos escarpines para mi muñeca con los restos de lana que le sobraran a mamá de la última mantilla para mi hermano más pequeño, Pedro.

Sí recuerdo, en cambio, más adelante, a mi abuelo Fidel –el padre de papá– que llegó a casa con él, en el viejo Ford 36 de dos puertas; y recuerdo el asombro y la alegría cuando, al abrir el baúl del auto, papá bajó un camión de madera con ruedas de goma y laterales de latón, todo pintado de fuertes colores (para mi hermano Carozo) y un juego de silloncitos con forro de cretona floreada (para mí, por entonces, Pirincha) que mi abuelo nos había hecho: en sus ratos libres, le encantaba hacer cosas de carpintería.

Y cómo no acordarme de mi amiga Lucky, a quien conocí cuando nos habíamos mudado al chalet nuevo que papá había edificado; y cuya familia, de origen alemán, tenía otro chalet de veraneo al frente del nuestro. Creo que lo que más nos entusiasmó hacer fue unas muñecas “peponas” de tela de camisetas de algodón viejas, y rellenas de estopa, cuyos rostros pintamos con témperas. Fuimos muy creativas con el pelo, usando retazos de madejas que trenzábamos y sujetábamos con cintas de colores. Nos divertíamos usando de moldes zapatitos desarmados de tela y esperando pacientemente a que mamá los cosiera a máquina… Y me pregunto si aquel ingenio que teníamos a la hora de usar desechos –que toda madre guardaba “por si acaso”– para entretenernos, no fue lo que, esencialmente, hizo de nosotros lo que somos hasta el día de hoy.

Sugerencias:

1) Animemos a los chicos de la familia a ser creativos.

2) Hacer artesanías no sólo entretiene, sino también agudiza el ingenio.

3) Recuerden que la creatividad nos mantiene cuerdos.


En esta nota:

Cristina Bajo Rumbos #785


Comentarios