Una charla sobre influencias, viajes y la forma más eficaz de rejuvenecer a un género musical: faltándole el respeto. 


Para entender el auge actual de las orquestas típicas y el “tango joven” hay que revisitar algunos hitos de la década del 90. La versión de “Yira Yira”, el clásico de Enrique Santos Discépolo, que Los Piojos grabaron en Chactuchac, su disco de 1992; las clases de tango en algunas escuelas secundarias, que impulsó la llegada de las zapatillas de lona a las milongas y, por supuesto, la irrupción en la escena de La Chicana, el grupo de Dolores Solá y Acho Estol

“Es difícil ponerse en un lugar de juzgar la propia carrera y su influencia en una cultura en la que uno mismo está metido”, dice Acho. “Yo siento esa «responsabilidad» cuando veo gente de muy distintas edades y orígenes sociales, ya sean músicos o público, que nos dicen que nuestros discos son «la banda de sonido de sus vidas». O cuando bandas o solistas hacen versiones de temas nuestros, o cuando llenamos una sala con un público que abarca de los fieles maduros que nos siguen hace décadas a pibes muy jóvenes que entienden la propuesta en un contexto más actual de abrazar el mestizaje.”

La Chicana, justamente, no ha sido un grupo únicamente de tango, sino que ha incorporado ritmos del folclore argentino y latinoamericano.

¿Cómo fue la construcción de esa identidad sonora?

Desde el primer momento nos interesó integrar al tango, sacarlo de la isla. En sus comienzos el tango fue una música mestiza, fruto de un gran encuentro de culturas y sus intérpretes también cantaban o tocaban otros ritmos, de folclore argentino y sudamericano, y hasta los ritmos de moda en Europa o en los Estados Unidos en el momento, como el foxtrot y el shimmy. Pero la edad de oro del tango lo llevó a una cierta endogamia, un encierro estilístico de códigos rígidos y bandos de puristas enfrentados, que lo terminó convirtiendo en sacro, antiguo, algo de museo.

¿Y qué hicieron, entonces?

Hicimos simplemente aquello de los comienzos – que no por casualidad estaba pasando con muchos folclores del mundo – buscar la pureza en el mestizaje, no en los purismos. Tocar tangos, milongas y valses con bastante respeto a su esencia, pero también tocar cumbias, cabaret berlinés o chamamé. El desafío más importante era seducir como público a nuestra propia generación que en general nos miraba como si estuviéramos locos por meternos con el tango. Pero iban a un show y descubrían que era muy fiestero todo, que había un gran componente dionisíaco en el tango, y que se podía perfilar – especialmente para nuestra generación – como alternativa de libertad creativa y portadora de mensajes subversivos, al rock de toda nuestra vida, que estaba comercializado y vaciado ideológicamente.

Paradójicamente, el inicio de La Chicana, tu encuentro con Dolores, fue en Madrid. ¿Qué recordás de aquella época?

Fue una época muy intensa la “posmovida” madrileña. Allí vimos juntos a los Ketama en plan tablao, en un momento en que la música española de raíz flamenca se encontraba en una faceta de gran apertura, fusionándose con ritmos africanos, con el jazz y con el blues. Pero también se escuchaba a Perez Prado, Radio Futura o Prince en las discotecas y bares, que pasaban música buena y diversa. Había tribu de argentinos y compartíamos encuentros casuales y hasta zapadas, con músicos como Daniel Melingo, Miguel Zavaleta, Andrés Calamaro, o rockeros y artistas españoles… Pero sobre todo el nuevo flamenco: La leyenda del tiempo de Camarón y los Pata negra -grandes renovadores del flamenco- resuenan como la música de fondo de nuestro encuentro. Y nos marcó mucho musicalmente, además.

Acho Estol, líder de La Chicana junto a Dolores Solá

La Chicana desarrolló, luego, una carrera en Europa bien interesante. ¿Cómo describirías el vínculo con el público europeo?

Hay públicos muy distintos en Europa. En España y Francia pueden ser más fríos en un concierto, pero establecen después una relación más profunda con la banda, con la música, y con las letras, obviamente. Públicos como el inglés o el alemán, creo que están más acostumbrados a disfrutar lo exótico, y son muy entusiastas en los conciertos y festivales por el lado “world music” de la cosa, pero no ayuda el contexto cultural para que entiendan la sutileza de una letra y entren realmente en lo que propone la banda.

“Siempre nos interesó sacar al tango de su propia isla. Integrarlo”.

Acabas de lanzar Folkenstein, tu quinto disco como solista. ¿Cómo se fue armando ese proyecto solista en paralelo a La Chicana?

Veníamos de hacer dos discos muy cargados y significativos para nosotros (Antihéroes y tumbas y La Pampa Grande), que nos requirieron – y siguen – mucho tiempo de presentarlos en vivo, tocando y girando. Mientras tanto, se me fueron juntando un grupo de canciones que tiraban a un folklore alternativo, pero más despojado y clásico, menos lisérgico que La Chicana, por decirlo de algún modo. Creció el concepto como una especie de suite argenta, proponiendo un cancionero de música popular argentina que se centraliza en lo que llamamos folclore, con ritmos como la chacarera, el chamamé, la chamarrita, la tonada, el huayno, pero que incluye al tango y, también, a la milonga y el vals. Por eso invité a cantoras y cantores de los tres palos, y les propuse en varios casos cantar géneros que no son sus territorios más habituales, como Lidia Borda cantando una chacarera, Melingo un huayno o Manuel Moretti un tango.

Te criaste musicalmente en lo que conocemos como “cultura rock”. ¿En qué momento se te hizo interesante el tango?

Primero me entró el tango canción, en la adolescencia, por las increíbles guitarras y la calidad de las canciones. Las melodías de Gardel con letra de Le Pera especialmente me parecía que competían tranquilamente con Lennon-McCartney. Pero en mi contexto cultural de ese momento era como una excentricidad, lo compartía con poca gente. Recién cuando estuve un año en Europa lo pude compartir con argentinos que cultivaban el tango como un bien genuino, como una joya familiar que se trajo en el exilio.

Hicieron una versión de “El Tesoro de los inocentes”, del Indio Solari. ¿Se conocieron personalmente en algún momento? ¿Tuviste algún feedback de esa versión?

No nos conocemos personalmente, pero hemos tenido intercambio epistolar a lo largo de los años, siempre enriquecedor para nosotros. Con motivo del Tesoro de los inocentes nos escribió un muy cálido agradecimiento por la versión.

Estudiaste cine y sos fanático de los cómics. ¿Sentís que esos lenguajes influyeron de algún modo en tu modo de hacer canciones?

Sin duda. El cine y el cómic son lenguajes hiper sintéticos, y la buena síntesis es fundamental para que una canción en tres minutos diga algo. Una toma, o una viñeta justa se parece a un verso justo, puede decir muchísimo más de lo que simplemente describe. Cada detalle, cada pequeña decisión ayuda a contar (o descontar) la historia.

Alguna vez dijiste que La Chicana hacía “tango post-Beatles”. ¿Podrías desarrollar ese concepto?

Lo puedo explicar por el absurdo: cuando empezamos había músicos de tango que no habían escuchado a los Beatles, o no les interesaba. En mi caso siempre me gustaron y supongo me influyeron como autor, pero toda nuestra generación para bien o para mal, colonialismo mediante, venimos de un útero musical en gran parte beatle.

¿Te sigue interesando el rock como lenguaje?

Me sigue interesando el rock como lenguaje, claro. Pero a veces siento que es como el latín.




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