En esta charla sin filtros, nos abrió la cámara a sus sensaciones mientras rodaba con vecinos la serie "Apache, la vida de Carlos Tevez" (Netflix).


A Adrián Israel Caetano no le interesa sonreír para la foto ni quedar bien con algo dicho al pasar. Su estilo es rotundo. De una seriedad que a veces incomoda y despega de esa impronta “careta” que él achaca, sin tapujos, a la clase media argentina. Cuando da una entrevista, puede cerrar la puerta a algún tema con un “no tengo opinión al respecto”, pero se explaya sobre el mundo que lo sensibiliza.

Desde aquella Pizza, birra y faso que dio a conocer su mirada hace veinte años, hasta este presente de éxito con la miniserie Apache, la vida de Carlos Tevez (Netflix), que escribió y dirigió, sostiene una coherencia y exploración de lo social que lo destacan en el nuevo cine argentino.

Su reciente biopic de ocho capítulos, nos cuenta el costado menos conocido del ídolo de Boca: su infancia difícil, el abandono de su mamá biológica, el acompañamiento de sus tíos y su derrotero desde las infantiles de All Boys hasta la Primera xeneize. Una historia dura de vidas a la intemperie y riesgo permanente, pero también de resistencia.

El escenario es “Fuerte Apache”, una barriada picante del oeste bonaerense atravesada por mil carencias, que la última dictadura llamó formalmente “Barrio Ejército de los Andes” y el movilero José de Zer rebautizó para siempre, en los 80, mientras cubría un tiroteo para Nuevediario.

“Filmar en el mismo lugar donde ocurrió todo fue emocionante”, cuenta Caetano a Rumbos. “Es la primera vez que me pasa esto… Estaba la misma habitación donde Carlos había dormido, estaba su casa. Algo impresionante”. En esta ficción, a la que se sumaron vecinos como actores y extras, se lucen Balthazar Murillo (Tevez de chico), Matías Recalt (su amigo Danilo), Vanesa González (tía y madre adoptiva), Alberto Ajaka (padre adoptivo), Sofía Gala (madre biológica), Patricio Contreras (abuelo), Diego Pérez (Ramón Maddoni), Osqui Guzmán (tío) y sigue la lista…

Para esta serie entrevistaste a familiares de Tevez y gente del barrio que lo conoció de chico. ¿Qué matices suyos se desplegaron a partir de esas charlas?

La vida de un mito es mucho más sencilla que la de un “mito en vida”, por eso yo tenía que buscar el terreno desconocido, y me di cuenta de que era su niñez: sus inicios en ese espacio sociocultural y socioeconómico de Fuerte Apache. Tevez es un personaje contemporáneo del que sólo se sabe que tuvo una infancia humilde en un barrio marginal, y listo… Y todos emiten su juicio desde ahí. Su vida profesional, en cambio, es bien conocida.

Y esta historia que vos elegiste contar, ¿tiene mucho de ficción o busca ceñirse a los hechos?

Elegí contar esa historia desconocida con grandes dosis de ficción para ser más fiel a los recuerdos, tanto de Tevez como de su familia: porque cada persona “es” una versión en sí misma, una forma de ver la vida. Supongo que estamos más cerca de la verdad cuando podemos conjugar todas esas versiones y tomar de cada una lo que es útil: cuando nos damos cuenta de que “eso” que nos contaron, surge de la misma manera en más de un testimonio.

¿Cómo fue filmar en Fuerte Apache, con la participación de su gente y las problemáticas con las que conviven? ¿Surgieron cuestiones espontáneas?

Surgió todo lo espontáneo propio de una creación. La locación real ayuda mucho y la colaboración de los vecinos con la producción fue esencial. Lo que nace de eso también es algo parecido a la verdad. Cada aproximación a esa verdad mítica de la niñez de Tevez, a esa pureza en un barrio lleno de impurezas, nos marcó un camino más certero. Más que inventar o ficcionar, durante el rodaje había que tener todos los sentidos alertas para que no se nos escapara ningún detalle con potencial de línea dramática. Estábamos allí, alertas a toda voz, toda mirada que nos siguiera guiando en esa búsqueda.

¿Sentiste desconfianza o cautela de parte de la comunidad en los cuatro meses de rodaje?

Todos pensaban que íbamos a hablar del Tevez futbolista. Pero al ver que el asunto iba por otro lado, la colaboración fue más activa. De alguna manera, la serie también habla de ellos, de su vida, de lo que han visto o escuchado. Yo la pasé muy bien, la gente de Fuerte Apache tuvo siempre un comportamiento impecable. Al final, ya querían que nos fuéramos porque no los dejábamos dormir…

La miniserie tiene la particularidad de tenerlo al mismo Tevez introduciendo cada capítulo. ¿Qué te interesó de este recurso?

Creo que le aporta mayor veracidad el hecho de estar apoyada por su propio protagonista hoy día.

Tu cine ha sido mascarón de proa para hablar en la pantalla de los sectores populares: la vida y la muerte al interior de las cárceles, las “ranchadas”, la discriminación a los inmigrantes… ¿Creés que habilitaste algún nivel de diálogo social al respecto?

No… Eso no. Pero siento que se abrió una puerta para un gran negocio con un público bien determinado a consumirla: la gente común, a quien esos universos son más reconocibles. Pero mientras no haya una mirada más interesante, un descubrimiento o una búsqueda, no va a pasar de ser un mero instrumento de entretenimiento con las mismas estructuras que el sistema propone.

¿A qué te referís?

A este público lo que le importa es que sean marginales, pero lo que ocurra entre ellos es lo de menos.

¿Son poco creíbles los héroes de clase media?

La clase media habla poco de sí misma básicamente porque es “careta”. Siempre prefirió ver las miserias en los barrios de enfrente. La marginalidad y el Conurbano siempre han sido lugares más sencillos donde encontrar la basura que la clase media esconde bajo la alfombra. Pero yo me pregunto algo central: ¿Cómo alguien que tiene tanto miedo a los presos, a los marginales, a los pobres, se atreve a hablar de eso?

¿Y qué pasa cuando la clase media se mira a sí misma? ¿Sucede alguna vez?

Muy poco. Y su mirada es de una condescendencia, como mínimo, despreciable, lastimosa, caritativa. Pocos directores se han animado a contar cierta clase media en crisis; y la manera en que esa crisis, en vez de romper los lazos afectivos, los refuerza. Mientras exista esta brecha social que no permite el ascenso de clase, la única habilitada económicamente a hablar de las clases marginales o bajas será la clase media, con su visión superficial, tan poco antropológica. No hay una película política de la clase media. Y cuando aborda su propia temática, siempre saca los pies del plato.

Sonrisas y un gran parecido. El mismo Tevez eligió a Balthazar mientras miraba las fotos de los chicos que se habían presentado al casting.

¿Se puede desautomatizar ese mecanismo que nos lleva a “consumir” violencia y marginalidad en lugar de reflexionar sobre nuestros laberintos sociales?

Sólo el paso del tiempo va a decir si esto es una comedia, un drama o una tragedia.

El año pasado se cumplieron veinte años del estreno de Pizza, birra y faso. ¿Qué significa hoy para vos esta película que cambió la manera de abordar desde el cine la vida de los pibes que roban?

Es la película que me hizo desembocar en el mundo de los largometrajes de la mejor manera posible.

¿Fue cambiando con los años la pantalla en la que pensás a la hora de imaginar un filme? ¿Pierde o gana algo tu mirada intervenida por los nuevos soportes y hábitos?

De alguna manera, lo que tiene que resistir cualquier narrador es el paso del tiempo y los avances que esto implica. Nos enfrentamos al desafío de descubrir nuevas historias y nuevas formas de contarlas. O bien, podemos refugiarnos en lo clásico y ofrecer una nueva mirada sobre eso, concretamente en el cine de género, de férreas estructuras.

¿Y el documental que te encargaron sobre Néstor Kirchner, que luego no se estrenó porque no gustó a los productores? ¿En qué quedó ese tema para vos internamente?

Lo siento un gran trabajo, y estoy satisfecho y honrado de haber retratado un pedazo de historia.

¿Qué le vendría bien al cine argentino actual? ¿Qué cuestiones te parece que urge tratar?

Supongo que aquellos temas que los directores y guionistas crean pertinentes. La cuestión, en tal caso, es que no sean materiales en pos de agradar a un mercado. Eso no es cine, es un grato empleo.





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