Ando con ganas de comprar pinturas y pinceles... No pensando en una obra de arte, sino en matizar a una flor buscando el color justo.


Uno de los primeros recuerdos que guardo de mi infancia es el del dormitorio –que compartía con mi hermano Eduardo– en penumbras, y a uno de mis padres sentado al lado de la mesa de luz, el velador iluminando un libro, mientras leía para nosotros historias maravillosas.

Príncipes y pastoras, ogros y lobos, hadas y duendes; pequeñas que dormían en una flor, o que tenían por casita un zapallo; personajes alados o temibles gigantes que, a medida que fuimos creciendo, se transformaron en las historias del Rey Arturo, de Robin Hood, de piratas y aventureros, de cowboy o de niñas que vivían en casas de remotos países bajo un techo de tejas verdes.

También la de un niño pequeño que viajaba desde los Apeninos a los Andes, o aquel poema del Santo de Asís hablando con el lobo de Gubbio; o la princesa que, según nos contaba en rima Rubén Darío, estaba triste.

Pero todos estos relatos, donde la Historia Sagrada nos hablaba de Jesús en el Huerto de los Olivos, o de Moisés cruzando a pie el Mar Rojo; donde San Martín señalaba el Paso de los Andes, o Facundo, El Tigre de los Llanos, recibía el disparo fatal, iban acompañados por una ilustración.

Por todo esto, la pintura ha tenido una gran influencia en mi vida: desde aquellos primeros libros para pintar que recibí siendo muy chica –y luego los de Museos, o los de Historia de la Pintura de la biblioteca de mi casa–, el cuadro, la ilustración de cualquier tipo, ya en colores, ya en lápiz, ya en tinta, siempre me ha atraído.

Papá fue responsable, cuando éramos chicos, de que nos gustara pintar. Cada vez que iba a Buenos Aires, nos traía hermosas cajas de lápices alemanes que conservé hasta grande; luego llegaron las acuarelas y por último los tubos de témpera.

Siempre se preocupó de comprarnos productos de buena calidad: recuerdo unos pinceles que venían en una caja que aclaraba que eran de pelo de marta.

A su vez, mamá nos instaba a no copiar, a crear del natural, a buscar formas más libres de usar ese arcoiris, ya que ella admiraba a los clásicos, pero amaba a los modernos: Dalí, Miró, Picasso, además de Van Gogh, de Gauguin, de Utrillo. Mi padre prefería Velásquez y Goya, y amaba los paisajes y las pinturas de Fader y Spilimbergo.

A mí me gustaba pintar, aunque pocas veces me preocupaba de dibujar del natural; lo mío, casi siempre, era la variación de alguna copia, pero el gusto por los colores, por las formas, por todo aquello que me contara una historia explícita, perdura hasta hoy: siguen llegándome más al corazón los fusilamientos de Goya que el Guernica de Picasso, pero algunos cielos de Corot me acompañan todavía a la hora de soñar.

Nunca seré buena en la pintura, pero últimamente tengo ganas de comprar unos pomos, unos pinceles, un papel adecuado y volver a desparramar unos platillos para pintar ese arcoiris. No pensando en una obra de arte, sino en dar pinceladas sutiles o gruesas, en hallar el color justo del matiz de una flor, la línea intangible que divide la tonalidad del cielo entre la tarde y el atardecer.

Nada para envanecerse, sino sólo por el gozo de la criatura que todavía vive en nuestros huesos y quiere volver a mancharse los dedos de pintura y llenarse los ojos de colores.

Sugerencias:

1) Si somos madres jóvenes, iniciemos a nuestros hijos en la pintura; si somos abuelas, estimulemos a nuestros nietos: les abriremos un mundo nuevo.

2) Visitemos con ellos los museos.

3) En vacaciones, si se da, que conozcan las Cuevas de las Manos o las pictografías del Cerro Colorado, en Córdoba.





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