Una nena de 12 años envenenó y mató a sus cuatro hermanitos: la escalofriante confesión que hizo tras el crimen
Un relato perturbador cambió el rumbo de una investigación que parecía tener un desenlace predecible.


A finales de 1965 y principios de 1966, una tragedia sacudió a la ciudad de Murcia, en España. En el transcurso de pocas semanas, cuatro hermanos de una misma familia murieron tras presentar síntomas muy similares. En un comienzo, los médicos creyeron que se trataba de una enfermedad infecciosa que se había propagado entre los niños.

No obstante, el rumbo de la investigación cambió por completo cuando las autopsias confirmaron que las muertes habían sido provocadas por un envenenamiento. La principal señalada fue Piedad Martínez del Águila, la hija mayor de la familia, de apenas 12 años, quien se encargaba de cuidar a sus hermanos menores mientras sus padres cumplían con sus jornadas laborales.

La primera en fallecer fue Mari Carmen, una bebé de nueve meses, a fines de diciembre de 1965. En ese momento, los profesionales atribuyeron su muerte a una meningitis, ya que tiempo atrás la familia había perdido a otro hijo por la misma enfermedad.
Cinco días más tarde murió Mariano, de 2 años. Una semana después fue el turno de Fuensanta, de 4 años, y el 4 de enero de 1966 falleció Andrés, de 5. Todos presentaban un cuadro clínico prácticamente idéntico, lo que comenzó a despertar dudas entre los médicos.
Uno de los profesionales que intervino en el caso se negó a firmar uno de los certificados de defunción y decidió dar aviso a la Justicia. Mientras tanto, toda la familia fue sometida a distintos estudios para descartar la presencia de una enfermedad contagiosa, aunque ninguno de los análisis confirmó esa hipótesis.
Las autopsias, realizadas posteriormente en Madrid, establecieron que los cuatro pequeños habían muerto como consecuencia de un envenenamiento. A partir de esa conclusión, la investigación se centró en Piedad, quien preparaba los alimentos y la leche que consumían sus hermanos durante la ausencia de sus padres.
Durante una conversación con uno de los inspectores del caso, la adolescente admitió que mezclaba veneno para ratas con un producto destinado a limpiar metales y que luego formaba pequeñas bolitas que colocaba en los vasos de leche de los niños.

Con el correr de la investigación modificó en varias oportunidades su relato e incluso intentó responsabilizar a su madre. Sin embargo, una de sus declaraciones fue la que más impactó a los investigadores: aseguró que estaba cansada de tener que cuidar a sus hermanos mientras sus amigas salían a jugar. Tras la confesión, la menor fue internada en una institución psiquiátrica.