Los maestros trabajan en un establecimiento público y gratuito, que presta servicio educativo a decena de chicos.


La sede de esta institución se encuentra en calle 14 entre 44 y 45, es la única escuela domiciliaria de la región y de ella dependen 65 estudiantes fijos, es decir, aquellos que padecen patologías de largo plazo o crónicas, pero al año, suelen superar los 230, dependiendo del diagnóstico con el que llegue el alumno a la escuela.

Ellos se reconocen como docentes “todo terreno”: su tarea consiste en llevar sus clases “allí donde no hay nada”, para enseñarles a los alumnos que por alguna enfermedad, ya sea una afección temporal o enfermedades más graves, no pueden asistir al jardín o a la escuela.

La vicedirectora desde hace 5 años, Carolina Ibarra, fue durante 13 años maestra domiciliaria. En el edificio, se dictan clases de apoyo para chicos con trastornos del lenguaje y es el lugar donde se realizan las inscripciones para la modalidad domiciliaria, se asignan los alumnos y se sigue su evolución..

La secretaria Irma Marconi remarca que “ni siquiera los colegios comunes, ni privados ni estatales, saben que en La Plata existe una escuela domiciliaria, pública y gratuita. Muchas veces nos conocen por necesidad, recién cuando tienen un nene enfermo en su matrícula”.

JJuan Carlos Luperne, que lleva 19 años como maestro domiciliario y admite que cuando se recibió, hace más de 20, no sabía de la existencia de este tipo de enseñanza. “Me acuerdo de una vez que tuve que dar clases abajo de un árbol, porque la casa a la que fui no tenía techo y ese día los rayos del sol pegaban fuerte”, rememora.

Para llevar la escuela a domicilio, es necesario especializarse en discapacidad motora o intelectual. “Yo no sabía que seguir esa especialidad me iba a habilitar para ser maestro domiciliario”, confiesa Juan Carlos. “Hoy no lo cambio por nada, porque podés tener mil problemas, pero llegas, ves a tu chico que está ahí, esperándote, y se soluciona todo. Aún cuando tenemos todas las cuitas de los demás maestros y aunque damos clases en medio de situaciones increíbles, como puede ser una redada policial”.

El objetivo que persiguen todos, y que María Cecilia resume en pocas palabras, es “que los estudiantes vuelvan a la escuela que dejaron antes de quedar convalecientes”, y que, por ejemplo, los estudiantes puedan cursar sus estudios. Como aquella alumna que, “habiendo nacido en una casa muy precaria, con una atrofia muscular, terminó la primaria conmigo y años después se recibió de abogada”, narra la ex directora, que también destaca el necesario foco puesto “en la revinculación del menor con su colegio, de ahí que nuestro trabajo sea tan pedagógico como humano”.

¿Por qué, siendo tan pocos y tan necesarios, la tarea de estos verdaderos maestros y maestras a domicilio permanece tan invisibilizada? ¿Por qué, aún hoy, a 65 años de su existencia, la escuela Nº 518 sigue siendo una (desconocida) novedad para muchos?, son algunas de las preguntas que todavía se hace el equipo de 14 docentes que traslada su enseñanza a las barriadas más lejanas de la Región.

“Cada año pedimos a las autoridades educativas, entre dos o tres cargos más, porque la matrícula y la demanda son cada vez más altas”, concluyen en la sede de calle 14, apenas el punto de partida hacia las casas de La Plata, Berisso y Ensenada que docentes y alumnos convierten en sus verdaderas aulas.

Para inscribirse a la modalidad domiciliaria, el alumno debe presentar el certificado médico que acredite que no puede concurrir a la escuela por un lapso determinado, a causa de una enfermedad que puede ser crónica o transitoria, postquirúrgica, entre otras. La enfermedad no debe ser infectocontagiosa. Al momento de la admisión, la familia debe concurrir con fotocopia del DNI del estudiante y del calendario de vacunas. Se toman estudiantes de todos los niveles y modalidades (desde la sala de cuatro años del Jardín hasta 6º año de la Secundaria).




Comentarios