PERSONAJES

El secreto de Carlos Gardel

por Ximena Pascutti

Hace 83 años, partía a otro mundo "el Zorzal criollo", el más popular cantor de tango de todos los tiempos. También fue un visionario del primer cine en blanco y negro, y un galán de película que hizo temblar corazones y decorados. La otra cara del mito. 

Buenos Aires, 1904. Tercer acto de una famosa zarzuela. Carlitos, que algún día será un semidios, por ahora tiene catorce años, el pecho robusto, la voz blanda para imitar. Lo que más le gusta es la ópera, pero a los primeros laburos no se les miran los dientes. Y allá se manda, mientras doña Berta se refriega las manos entre el público, en esos teatros redondos de antes, que se parecían a salas de operaciones, con gradas y barandas. Se abre el telón y aparece nuestro pibe en escena: tiene que desfilar con una comparsa de muñecotes que desafían la estabilidad, y se las rebusca: para que la vieja lo distinga (ella en su multitud, él en la suya), salta más de la cuenta, sube y baja la cabeza de papel maché. Doña Berta se deja embrujar.

¿Sabrán muchos que Carlos Gardel caminó los escenarios de chico, bastante antes de ser cantor? A aquella primera experiencia, le siguió la de ayudante de utilería en el gran Teatro de la Victoria. Ahí debía mover los muebles entre un acto y otro, y ayudar a montar la escena. Quería estar cerca de los tenores, barítonos, bajos… escucharlos en bambalinas, mirarles las manos y correr después de la función a devorar a la esquina un sánguche de mortadela con un vaso de tinto, mientras entonaba canciones napolitanas.

Su sueño era ser cantante lírico pero nunca consiguió alcanzarlo. Sin embargo, el género le dejó sus glissados y la buena dicción (Archivo).

Nunca llegó a dedicarse al canto lírico (su madre era planchadora, no había plata para eso), pero aquel metejón iba a marcarlo para siempre, aportando a su voz de barítono algunos elementos del género como sus calderones, glissandos y la buena dicción. Un arsenal intuitivo que plasmaría en su tango, y a partir de 1917, sería semilla del Gardel actor.

Desde entonces, y hasta su trágica muerte el 24 de junio de 1935, filmó quince cortos y nueve películas: la primera en Buenos Aires; y luego para la Paramount, cuatro en Francia, y otras cuatro en los Estados Unidos. También dos scketches en el filme musical Cazadores de Estrellas, con artistas mundiales de la época, como Bing Crisby y Glenn Miller.

Dígalo con mímica

Cuando debuta en la película muda Flor de durazno, en 1917, Carlos es un peso pesado: 120 kilos en 1,60 a 1,65 m de altura, según los documentos oficiales. Aunque no canta, lo convocan porque ya es conocido y, además, les venía bien que supiera andar a caballo. “La película del director Francisco Defilippis Novoa siguió proyectándose durante muchos años −al público le gustaba mucho−, y en diciembre de 1920 La Novela del Día publicó la obra en cinco entregas, ilustrada con fotografías del filme”, cuenta Ana Turón, directora del Museo del Libro “Gardel y su tiempo”, de la localidad bonaerense de Azul, y una autoridad mundial en literatura sobre el cantor.

Verse gordo a Gardel no le gusta ni medio, por lo que emprende la cruzaba contra su cinturón: caminatas diarias, trote y dieta rigurosa. Y no quiere volver a la pantalla hasta 1930, con poco más de ochenta kilos y en los albores del cine sonoro. “En ese paréntesis cinematográfico, formó parte de varios elencos teatrales, no como actor sino como fin de fiesta –aclara Turón–. Aunque es probable que la convivencia laboral con actores profesionales le revelara más de un secreto en cuanto al manejo de los espacios y el lenguaje gestual”.

Sin que nadie se lo marcara, va aprendiendo que debe ocupar en escena las manos con algo: un papelito, el cigarro, la palmada a un amigo. Al final de su carrera, improvisará en El día que me quieras un insólito fundido a negro –algo atípico para la época– con su propio traje oscuro caminando rápido hacia la cámara.

El baño turco

“Tengo un contrato firmado con la Paramount. A mediados de enero de 1930, abandonaré París para irme a Hollywood donde tengo que impresionar un filme sonoro”, declaraba el Zorzal en junio de 1929, en Montevideo. “¡Era un bolacero increíble, lindísimo! ¡Todavía no tenía firmado nada!”, asegura el músico y docente Julián Barsky, coautor del maravilloso libro Gardel: el cantor del tango (Ediciones del Zorzal). “El ya está viendo lo que se viene. Se da cuenta de que el cine es más redituable y menos cansador: cantaba una vez y se proyectaba mil veces, en lugar de hacer mil conciertos”.

Cuando retorna a escena, ya es el Carlitos de las postales. Guapo, flor de percha. Dirigido por Eduardo Morera, filma quince cortos −“Encuadres de canciones”−, de los cuales se conocen diez. De los otros cinco, en uno canta el tango de Modesto Papávero “Leguisamo Solo”, después de un breve diálogo con el jockey. En 1996 se recuperó El Quinielero, que se había extraviado. Si bien muchos autores afirman que se lo había descartado por razones técnicas, hay afiches de los años 30 que documentan que fue exhibido en las salas.

“Se filmaron en un galpón de la calle México 832, en el barrio de San Telmo, que estaba lejos de reunir las condiciones para el cine –precisa Ana Turón–. Su director me contó en 1985 que cubrieron las paredes con trapos de piso para que no se filtraran los ruidos del exterior y la máquina filmadora con una frazada para ‘apagar’ el zumbido que producía al estar encendida”.

Barsky cuenta que eran cortos con cámara fija, y no existía el zoom. “Te ponían la cámara bien cerca y el actor se moría de calor. Al galpón lo llamaban ‘el baño turco’. Para filmar desde otro ángulo, había que mover todos los aparatos y continuar. Por eso, él se la pasaba en el patio mateando con los técnicos en pantaloncitos y camiseta. Esas luces quemaban. Unos de los técnicos contó que como no se conseguían focos de cine en la Argentina, terminaron usando faroles de barco, tremendos”.

“El Zorzal” se dio cuenta que el cine le era más redituable y menos cansador: cantaba una vez y lo escuchaban miles (Archivo).

Anselmo y las estrellas

En 1931, Gardel acuerda en París su primer contrato con la Paramount para protagonizar Luces de Buenos Aires, rodada unos días después. Hoy la película sería un escándalo desde la perspectiva de género, pero en aquellos años los tomates fueron para otro lado: el argumento (de Manuel Romero y Luis Bayón Herrera) fue ampliamente criticado en la Argentina porque ridiculizaba al gaucho.

El cantor encarna a un fortachón estanciero curtido por el sol. Efectivamente −y respondiendo en parte a los cánones de época−, los personajes cómicos eran los peones rurales que iban por primera vez a Buenos Aires y un empleado de hotel que era gay. El argumento presenta a una joven campesina (Sofía Bozán) deslumbrada por las luces de Buenos Aires, donde actúa como cancionista. Para salvarla, los peones de Anselmo (Gardel) van al teatro y, durante la función, la enlazan desde un palco y la raptan, para devolverla a la estancia.

Aunque el filme es un éxito, Gardel es blanco de las críticas. Crecen como yuyos los que dicen que no sabe actuar. Ahora el que habla es el actor y músico Ángel Rico, quien interpreta al padre del tango desde hace más de treinta años: “Yo lo estudié mucho, mil veces vi sus películas, me sé los diálogos… No era pata dura, era genial. El canta ‘Sus ojos se cerraron’ cuando se muere su esposa en El día que me quieras y se deja caer en una silla, va cerrando el puñito de la mano como si se le escapara el agua, porque se le fue la vida de su amor”.

Ahora, Angel Rico muta. Ya es Gardel y hablará toda la entrevista como él. Tiene una melena a lo Roberto Arlt, pero dice que es fundamental para engominarse “a lo Carlitos”.  ¿Pero cómo eran aquellos actores, que lo criticaron tanto a él?

“Venían del teatro y eran el canon, pero en el cine son horripilantes, voz de pito. Carlitos, en cambio, con esa expresividad y vozarrón decía “te quiero” y temblaba la pantalla. El tipo trata de expresar en las películas como expresaba en el tango”, cuenta.

Y luego revela un secreto de Gardel conocido por pocos: “En Cuesta abajo, en la escena en la que están jugando a las cartas, Carlos inventa un tango: Por tu boca roja, que me ha fascinado, la vida de un traaaago, yo quiero bebeeeer, lariraraaa. Ese tango no existe, ¿entendés? Lo improvisa en plena filmación. Le dijeron “cantá algo” y salió eso, que termina tarareado porque no existe… La melodía es impecable. ¡Que me digan que es mal actor!

Por tu boca roja

En aquellos rodajes, el maquillaje era todo un tema. Es que el primer cine fue en blanco y negro y los directores tenían mucha dificultad desde lo visual para lograr el contraste. “A los artistas les pintaban ojos, labios, cejas… Aunque hoy asociemos ese rostro blanco con boca roja a Gardel, lo hacían con todos, sino los rasgos no se veían en cámara y aparecía la cara blanca, inexpresiva”, aclara Julián Barsky.

Estos recursos ópticos también se aplicaban al vestuario: en Melodía de arrabal (en cámara no se ve, pero sí en las fotos del rodaje), Gardel luce un elegante traje a rayitas que van para un lado, camisa con rayas más grandes que van para el otro y corbata a cuadros… “De cerca se ve raro, como payaso; pero de lejos es otra cosa, el efecto es mágico”.

En la Paramount querían hacer del cantor el nuevo Rodolfo Valentino del cine sonoro. Sin embargo, no deja de ser, para ellos, un latino que debe ganarse el lugar. Por eso, y con su propia productora, “Éxito productions”, Gardel acepta filmar en condiciones precarias varias películas de bajo costo que se rodarán, cada una, en diez días. “Muchachos, hay que aguantar −escribe a sus amigos por esos días− porque vamos a poder ir haciendo otras cosas”.

Si se calla el cantor

En Long Island, Gardel grabó las que serían sus últimas películas, dos de ellas estrenadas tras su tristísimo accidente en Medellín. Primero Cuesta abajo, en la que cantó “Mi Buenos Aires querido” del gran Le Pera. También El tango de Broadway y El día que me quieras, en la que apareció otro tango célebre, “Volver”, y por último, la comedia de enredos Tango Bar.

En todos sus filmes lo acompañaron bellezas de época como Imperio Argentina, Rosita Moreno y la cautivante Mona Maris.

Revisado, remixado, coloreado a lo Warhol. El Morocho del Abasto es eterno y se aguanta cualquier intervención. Angel Rico tararea una última anécdota, de cuando volvió de Medellín (él, no Gardel) y presentó su espectáculo tanguero ante una horda de punks en el célebre Parakultural de Buenos Aires, en 1980.

“Salía a cantar solo, traje negro y guitarra, venía la policía y nos llevaba presos a todos. Usaba un maquillaje simpático en blanco y negro que emulaba el de Gardel en el cine. Omar Viola me decía: ‘¡Estás loco, te van a linchar!’ Pero ¿sabés qué? Los punks se sabían toda la letra, cantaban a lo loco ‘Mano a mano’ y ‘El día que me quieras’. Y yo que parecía The Cure pero era Carlitos… ¡Ay qué lindo! Gardel es un sentimiento”. •