Personajes

La política y sus misterios, según Ricardo Darín

por Javier Firpo


El actor se puso en la piel de un presidente y de ahí le quedaron varias cosas para decir sobre el poder, la política y la forma en que una sociedad se relaciona con sus líderes.

Lo reconoce en voz baja. Dice Ricardo Darín que hacía mucho no estaba tan nervioso con un personaje como el de La Cordillera, donde encarna a un presidente de la Nación. Por supuesto que en un país tan dividido como el nuestro, no faltaron quiénes asociaron al actor con algún primer mandatario del pasado… e incluso del presente. Pero confiesa el actor que sus temores no tenían que ver con las críticas. “La mayor incertidumbre que tuve el primer día de rodaje, y aún hoy la tengo con lo bien que marchó la película, es si yo iba a dar con la talla de un personaje de ese calibre. No porque me minimice como actor, tampoco por la investidura presidencial, sino por cómo se ve a un presidente inmerso en un problema personal. Acá asoma el hombre común, que está acorralado por un familiar, que para él es su cuestión de Estado”.

Llamativamente Darín se refiere a la vulnerabilidad de una persona poderosa. Confiesa que lo único que le exigió al director Santiago Mitre es credibilidad, que “el presidente luzca preocupado como cualquier tipo de la calle”, enfatiza este actor con estatura de mito.

¿Sentiste incomodidad, interpretando al presidente, en algún momento del rodaje?

No, para nada. Viví escenas más cómodas que otras. Después, durante el rodaje había chanzas, bromas, cuestiones que tenían que ver con esto de meterme en la piel de un presidente. Desde la primera escena te juro que sentí el personaje, lo entendí a la perfección, el punto era lograr transmitirlo…

¿Por ahí pasaban tus dudas?

Mi preocupación era saber si los espectadores, por nuestra idiosincrasia, nuestras costumbres y también nuestro cine, estábamos capacitados para ver una película así, porque cuando vienen de afuera las vemos sin conflictos.

Más de una vez se te han pedido que te metieras en política… ¿Nunca se te cruzó esa posibilidad?

Es un poco penoso y sobre todo peligroso para la ciudadanía. Imaginate lo que podría ser yo al frente del país, o sentado en el Congreso, pidiendo por una ley.

Con la llegada que tenés en la gente, ¿no lo pensaste seriamente?

Lo pensé, tristemente. Es un poco preocupante que pidan por mí o por otra gente tan ajena a la política como soy yo.

(Vera Rosemberg)

¿Sí, tan ajeno?

Me intereso, me informo, me involucro, pero no me interesa en lo más mínimo meterme en la política. Creo que me haría muy mal física y psicológicamente a esta altura.

¿Es contraproducente una película como La Cordillera en esta Argentina tan dividida?

Digamos que en la Argentina siempre vivimos momentos delicados, pero la película no tiene ninguna alusión partidaria. Yo encarno a Hernán Blanco, un personaje de ficción, totalmente inventado. De todas maneras, siempre se me va a relacionar con alguien.

El propio Santiago Mitre reconoció tu parecido con Mauricio Macri…

Que se haga cargo el director. Tal vez por los ojos claros, las canas, la contextura, pero es la interpretación de Mitre y cada espectador podrá resignificar lo que vea. Esa es la idea y más en una sociedad como la nuestra, que buscamos comparaciones o referentes permanentemente. Y está muy bien, porque una película como La Cordillera, que es incómoda y que tensionará al espectador, habilitará para interpretar libremente.

El método Darín

Darín repasa sus últimos quince años de carrera y reconoce que ha interpretado pocos malvados. “Villanos suaves me han tocado. Me encantaría hacer a un gran hijo de puta”, anhela. “Se ve que no debo dar con el physique du rol”. De todas maneras, no se queja, y sabe que su trayectoria tomó otro rumbo, con personajes más realistas, de esos que podés toparte en la calle. “He experimentado todo tipo de roles, durísimos como el de Truman, dolorosos como el de El aura, profundos como el de Elefante blanco, sugestivos y tan argentinos como el de Bombita en Relatos salvajes y sufridos como el de Nieve negra. Pero en todos, en todos –enfatiza-, la pasé bárbaro en la concepción, que debe ser dura, áspera, pero yo, Ricardo Darín, no me tengo que torturar”.

(Vera Rosemberg)

¿No estás de acuerdo con esos actores que ya llegan al set atormentados?

No creo para nada en la angustia previa que un actor debe pasar para lograr mayor eficacia… Pero hay muchos actores que necesitan torturarse para pasarlo mal en el rodaje y acentuar ese malestar en la pantalla. Entonces pareciera que el espectador disfruta más de ese trabajo. Perdón: pareciera no, disfruta más.

Ese método, esa filosofía, no van con tu estilo…

Lo valoro, pero no lo comparto para nada, yo no hago eso. Hasta me causa un poco de gracia.

 Sin embargo te esforzaste mucho y bajaste diez kilos para tu personaje de enfermo en Truman.

Eso fue un proceso, un esfuerzo, pero no una tortura. Lo mismo me sucedió en Carancho, donde tuve que lidiar con miles de contingencias que ni me imaginaba. Pero eso no es tortura, es compenetración con el personaje.

Lo que para otros es tortura, para vos es compenetración…

Yo termino de rodar y me voy a cenar con mi familia, me voy al teatro o disfruto de alguna velada en casa, no me encierro en el personaje las veinticuatro horas. Llego fresco al set de filmación. A eso voy, a que no arranco a filmar con una carga previa. Puede ayudar, ojo… Pero conmigo no cuenten.

¿Es lo que se conoce cuando un actor se mete en el barro?

Ponele. Yo nunca me meto solo con el barro hasta el cuello. Lo hago cuando el director me lo pide y se mete conmigo, como lo hizo Pablo Trapero, a quien menciono porque valoro y porque hace un cine áspero, espinoso.

Da la impresión que no debe ser sencillo llevarte la contra…

No te creas. Me he cruzado con directores con los que nos trenzamos en discusiones en las que cada uno defendía su posición con justificativos y te juro que es un placer porque es un espadeo entre gente que defiende sus ideas.

¿Te cuesta hacer la plancha, disfrutar la quietud?

Me cuesta un huevo, horrores… No sé por qué, no me permito estar en la quietud. Me siento muy estúpido por esa imposibilidad. Hago lo posible para estar más relajado y sentirme menos involucrado, pero es imposible, mi personalidad es ésta…

Hablando de tu personalidad, ¿qué tipo de presidente serías?

Uno que diga la verdad y que hable sin tapujos. Un político que se pare frente a cámara y admita: “Tengo miedo”. Te juro, me enamoraría de alguien así. O que haga público en cadena nacional una duda: “Tomé una decisión pero no estoy seguro si es la correcta. Por eso quiero compartirla con ustedes, porque mis decisiones los abarcan a todos. Entonces me importa que sepan lo que me está pasando”

. ¡La mierda! ¿Te imaginás un presidente así? Donde está que ya lo voto… ¿Una especie de Pepe Mujica?

No quiero ser tan extremo, porque Mujica ha hecho de la sinceridad un elemento muy importante de su gestión, pero no siempre ha sido acompañado como él hubiese querido. Yo me refería a la vulnerabilidad de un tipo poderoso. Que la demuestre, que diga ante millones de personas que lo ven en televisión: “Señores, no sé todo, no estoy seguro de todo, por eso convoco a los opositores para que discutamos sobre este tema”. El día que yo escuche algo así sencillamente me muero, te juro, me muero.

¿Por qué pensás que no lo dicen, siendo aparentemente tan simple?

Pasa que los asesores, los coach estos de ahora, los que le hacen el libreto, no los dejan decir la verdad. Están más preocupados por la imagen y a los ciudadanos nos tratan como estúpidos creyendo que no nos damos cuenta de que todo es cómo se diga, la forma, el estilo, el tono, el modo… Si aparecés con un nenito, un caniche o tomando mate garpa, les dicen. ¿Se creen de verdad que somos idiotas? Nosotros los ciudadanos nos damos cuenta de todo, estamos hiper-entrenados.

¿Nos merecemos los políticos que tenemos?

Tenemos esta clase política, nos guste o no. Nos pueden engañar, lógico, pero la ciudadanía capta de inmediato la credibilidad, la transparencia y la confianza que transmite un político. Pero vivimos en tiempo de apariencias, en tiempos en los que la imagen es más fuerte que la palabra, son tiempos de redes sociales. Hay que adaptarse a un mensaje superficial, liviano y con verdades a medias.

El horizonte tan temido

¿Vivir en una ficción? ¿Estar confundido? ¿Creerse el personaje? Darín ve factible que después de una vida actuando se pueda tener en algún momento un pasaje de perplejidad, pero tan grave no llega a ser el asunto como para saber quién es. “Lo que pasa es que uno va cambiando en una sociedad que está en constante movimiento y en la que todo es muy pasatista… Y desde la faceta de un actor te toca todo el tiempo ir y venir de uno y otro lado del mostrador: hoy soy un déspota, mañana un cura villero y pasado un abogado carancho. Te puede pasar que tanta capa sobre capa te ponga demasiado en la piel del otro, lo que no es aconsejable. Pero puede pasar y me ha pasado”, expresa sincero.

¿Por qué no es aconsejable?

Porque técnicamente no conviene mimetizarse con el personaje que vas a interpretar ni tampoco juzgarlo, porque la confusión es más factible. Por eso aprendí a tomar distancia de mis trabajos, a tenerlos allí, en la vereda de enfrente, sin intentar comprenderlos.

Ahí es donde aparece tu mujer, Florencia, para ubicarte…

Basta una mirada de ella, sin una palabra, para que me deje las cosas en claro. Con Florencia ya nos entendemos con la mirada, y ella tiene una profunda, penetrante.

Tu hijo, el Chino, nos dijo hace un tiempo que su mamá era “la capitana de la familia”.

No te mintió en nada. Ella es la que sabe todo de todos.

Y que es la responsable de lo bien que te va…

Ah, mirá, ¿te dijo eso? Ya lo voy a agarrar… Florencia es la que lleva las riendas de la familia, es la que está en cada detalle y sí, es la gran responsable de mi bienestar laboral.

¿Cómo te cayeron los 60?

¡Qué número, che! Pero yo estoy bien, me siento fuerte, y tengo en claro que se nace viejo y se muere joven. Creo que tiene que ver con una cuestión de actitud, de perspectiva, de enfoque y de que suelo tener una mirada optimista de las cosas. Pero no me puedo hacer el distraído, porque es una edad en la que la finitud aparece en el horizonte como algo más cercano.

En San Sebastián, en septiembre, te darán un premio a la trayectoria…

¡Viste! Es un premio que le dan a los viejos, es una distinción para los que estamos dandos las hurras –se mata de risa-. No, ahora en serio: es un orgullo, un placer y San Sebastián es un festival muy importante que no premia a cualquier actor. Eso lo sé.

¿Preguntaste por qué esta honra?

Es lo primero que pregunté. Y me dijeron: “¡Cómo por qué! Por esto, por aquello, por lo otro”. Creo que les debo caer bien a los vascos. •