Viene a Córdoba con El Equilibrista, en una de las presencias nacionales del Festival de Teatro del Mercosur.


Mauricio era un gris estudiante de la Facultad de Ciencias Económicas en Santa Fe, cuando recordó la frase de su abuelo: “el mundo es de los que se animan a perder el equilibrio” y así decidió que tenía que salir de esa vida equilibrada por imposición paterna para correr atrás de su vocación.

Esa frase le dio el puntapié para la obra El Equilibrista, texto que escribió con Patricio Abadi y Mariano Saba y que lo llevó a la conclusión de que tras haber perdido aquel equilibrio de metáfora tenía que hacer equilibrio literal sobre el escenario.

De estas cosas conversamos con Dayub, en la previa a su presentación en Córdoba por el Festival de Teatro del Mercosur.

-La frase del abuelo es la que te lleva a pensar esto del equilibrio.

-Sí, exactamente.

-¿Cómo fue que la recordaste? ¿Por qué te quedó tan marcada en la vida?

-Hubo algo que fue una bisagra en mi vida, entre los 18 y los 20 años la gente me elogiaba por ser muy equilibrado, muy moderado y educado. En un momento me di cuenta de que yo era muy educado porque me acostumbraba con facilidad a hacer todo lo que no me gustaba.

-Claro.

-Estaba estudiando una carrera que no me gustaba y no me iba mal, pero era la carrera que le gustaba a mi papá. Y estaba viviendo en una ciudad que no me era muy amena y recordando esa frase de mi abuelo me animé a perder el equilibrio de algún modo, abandonar todo eso, dejar la carrera, la ciudad, mis amigos, la familia e ir detrás de mi vocación… seguir a mi corazón, lo que me gustaba.

-Que era ser actor.

-Era ser actor y por eso llegué a Buenos Aires, viviendo como pude, en pensiones y trabajando en cualquier cosa. Pero me sentía feliz porque estaba haciendo lo que quería ¿no? No me importaba no tener para comer porque tenía el alma llena, era libre.

-Para colmo la vocación que llevaba implica siempre estar remándola.

-¡Pobre mi padre!

-Claro, viene tu hijo y te dice ‘quiero ser actor’.

-Fijate que ahora es un poco mejor que hace 40 años, cuando yo lo hice. Yo digo ‘pobres, mis padres’ con un hijo de 19 años en Buenos Aires, vendiendo cosas en los colectivos, pintando departamentos para vivir ¡y contento porque estudiaba teatro!

-Y te fuiste a Buenos Aires. Saltando en el tiempo te pregunto si ya habías hecho algo de equilibrio, no metafóricamente.

-No. Fue una necesidad del espectáculo, me di cuenta de que el espectáculo reclamaba por esta frase que da inicio a todo que en algún momento se cristalizara y el personaje se animara a probarlo. Y la mejor manera de probarlo era probarlo frente al público, por sobre la cabeza de los espectadores. Empecé a trabajar. Era la primera vez que iba a usar una cinta de slack line en el teatro: las luces del teatro y la presión de la gente mirando eran para alguien con muchos años en esto, con muchas horas de vuelo. Me empezó a costar ir a la plaza a armar la cinta y pensé que no iba a poder tener las horas de vuelo suficientes… una noche, preocupado, le dije a mi mujer ‘por dos meses vas a tener que saltar la soga porque la voy a tener acá en el cuarto’. Ahí pude empezar a entrenar todos los días a toda hora. Me despertaba y me subía a la cinta, me bajaba, me duchaba y me subía de nuevo. Por la noche, con la luz apagada me subía a la cinta porque un profesor me había dicho que con la luz del teatro la cosa iba a cambiar. Y el momento de la cinta en el teatro fue una explosión.

-¿Cuántos meses te llevó para decir ‘me puedo subir dignamente’?

-No tuve más que seis meses.

-¡Nada!

-Es muy poco, fueron seis meses de probar sobre todo en el teatro, el lugar porque cambia mucho la cinta de acuerdo a la tensión y a la distancia, de acuerdo a la luz… hay muchos factores que no permiten la concentración necesaria. Pero estoy con unos capos que son del Club del Slack, que me han dado muchas herramientas y técnicas.

-¿Viste la película El Equilibrista?

-¡Sí! Me he desvelado muchas noches ¡extraordinaria!

Función. El Equilibrista se presentará este sábado 5 de octubre, a las 20.30, en el Teatro Real de San Jerónimo 66, con una entrada general de 400 pesos. Se venden en boleterías de la sala y en este enlace.




Comentarios