No hace falta más presentación. En Instituto, en el fútbol, el Chulo era Héctor Rivoira.


No era un partido más. Instituto no venía de la mejor manera en el torneo y el fíxture le ponía enfrente a Almagro, un oponente con nombre propio por la rivalidad de los últimos años, con finales incluídas.

Y ganó Instituto, categóricamente, un 3-0 que hizo bajar de los cuatro costados de Alta Córdoba el “Olé, olé, olé… Chulo, Chulo…”

En la redacción del viejo diario La Mañana de Córdoba había que titular la reacción Albirroja con una frase corta y descriptiva. Tan contundente como el triunfo de la Gloria.

Daniel La Vaca Potenza tiró un “Papi Chulo”. Y nada más que hablar. Ese fue el título del día.

Era un hit, un tema de moda. Y aunque Héctor Rivoira excedía lo que fuera “moda” en Instituto, todos sabían que él era el Chulo artífice de la victoria.

No había otro Chulo en Instituto, ni el fútbol.

Se fue Héctor Rivoira, el arquitecto del último ascenso de Instituto. Allá por 2004, con el épico gol de oro justamente contra Almagro. Uno de los técnicos más queridos en la Gloria.

Se fue en andas de aquel título. Volvió en 2007 y ya no le fue igual. Y en 2015 probó para que la tercera sea la vencida. También debió irse por no conseguir resultados. Un mañana de mayo se despidió de La Agustina, con esa sonrisa triste que escondía la promesa de volver algún día.

Su penúltima experiencia como entrenador. Terminó la carrera en Crucero del Norte, una travesía por casi tres décadas dirigiendo una docena y pico de clubes.

Y su corazón quedó en Instituo. Porque desde aquella primera vez, cuando llegó en 2002 para coronar el ascenso a Primera un par de años después. El Chulo es la canción que identifica a la tribuna Albirroja. Chulo, desde esa vez y para siempre.





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