Queda la mancha por las polémicas que terminaron por beneficiar al campeón. El error humano por sobre la tecnología.


Una máxima en el viejo fútbol ajeno a la tecnología era que el mejor árbitro era el que pasaba inadvertido. Si un juez ganaba protagonismo y se terminaba hablando más de él que de los jugadores, algo andaba mal.

En esta Copa América 2019, obtenida por Brasil, se amplificó la incidencia de los arbitrajes. Porque la inserción del VAR lejos de instalar la justica, dejó en llamas la sensación despojo.

El principal beneficiado resultó el campeón Brasil. Un equipo sin el brillo esperable y hasta exigible que no encendió a su gente (ni siquiera en la vuelta olímpica en un Maracaná apático) y que tal vez apenas cerró la herida abierta del fracaso en el Mundial 2014.

Este Brasil sufrió en carne propia al VAR en la primera fase, cuando la implementación de la tecnología se volvió tediosa porque se tardaba una eternidad en las decisiones. 

Le anularon un par de goles en el 0-0 con Venezuela, como antes había recibido desde la comprobación un penal para abrir el partido inaugural ante Bolivia (la noche de los silbidos y la impaciencia para el seleccionado de Tité). 

Después, la semifinal alcanzó el climax de la contrversia y la suspicacia, porque Brasil le ganó a Argentina, mientras dos penales evidentes quedaron en la nada, y el árbitro ecuatoriano Roddy Zambrano y los encargados del VAR se tiraban la pelotita.

A la inversa de Brasil, la Selección argentina pasó de un penal en la nebulosa contra Paraguay que lo dejó con vida para clasificar, a la frustración e impotencia por merecer mejor suerte y mejor trato contra el Scratch. 

Más la expulsión de Lionel Messi por la expulsión frente a Chile, claramente revisable, y que hizo explotar del todo al astro del Barcelona por lo que consideró un acto de “corrupción”. 

Con el agravante de que, por sus críticas que rebotaron en todo el planeta fútbol, habría recibido una represalía más emparentada con un código mafioso que con la necesidad aceptar los errores e intentar corregirlos. 

También es cierto que sobrevino una marea de quejas, por otro rasgo característico argentino, el de “llorar”. Y con exigencias de “transparencia” de parte por ejemplo de un Claudio Tapia, presidente de una AFA en estado de sospecha casi permanente.

Este Brasil sin grandes luces pero aún así con méritos para alcanzar otra final y levantar otra copa, no quedará en el historial de su rica galería de conquistas. Se hablará mucho más tiempo del VAR. 






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