Cada vez son más los jugadores que pasan a la cuarta década de su vida sin pensar en el retiro. Así es ser el jugador más grande del equipo.


Los 40 años ya no son una edad tan temida como supieron ser. Quienes pasaron la década de los 30, siguen siendo jóvenes y suelen estar en la plenitud de su vida personal y sus carreras. En todos los ámbitos menos en el del deporte, claro, en el que muchas carreras terminan a los veintipocos, cuando para los demás aún existe el lujo de vivir en la incertidumbre. 

Pero hay excepciones. Sebastián Bertoli, con 41 años, es el futbolista más viejo de la Sperliga. Ataja en Patronato y tiene contrato hasta la mitad de 2019. Todavía disfruta del fútbol, es el capitán de su equipo y quizás el jugador más plantado, algo necesario para quienes están penúltimos en el campeonato y entre los cuatro comprometidos con el descenso.  

La trayectoria de Bertoli es variopinta: manejó un taxi, fue elegido concejal. Jugó al básquetbol en Estudiantes de Paraná, pasó por las inferiores de Newell’s y tuvo un paso fugaz por Racing. Como personaje del ascenso hizo su presentación en la temporada 1996/1997 en Universitario de Paraná. Se embarró las piernas en el Argentino B, en el Argentino A y en la primera B Nacional.

Sebastián Bertoli en acción. (AFP)

“Sigo disfrutando del fútbol, no sé hasta cuándo voy a jugar. Lo más importante es Patronato”, explica Bertoli a La Nación. Lo acompañan en el “Club de los 40” jugadores como Cristian Lucchetti (40, Atlético Tucumán), Mauricio Caranta (40, Talleres), Nereo Fernández (39, Unión), Fabián Cubero (39, Vélez), Juan Mercier (Atlético Tucumán, 38), Adrián Bastía (39, Colón), Rodrigo Braña (39, Estudiantes) y Pablo Guiñazú (40, Talleres).

Entre los mayores de 37 (la “barrera de pertenencia al club”) hay varios arqueros y números 5: puestos que no requieren tanto de la velocidad física y la exigencia del cuerpo a cuerpo, sino de la agilidad mental, la concentración y la experiencia. 

Pablo Guiñazú defendiendo la camiseta de Talleres en la superliga (AFP)

Guiñazú reflexiona: “estoy hecho un pibe, no tengo 39 años, tengo un motor 3.9”. Los jugadores maduros funcionan como caciques de sus equipos, docentes dentro de la cancha, líderes motivadores. La pérdida de resistencia o velocidad se compensa con lo que puede aportar a un equipo alguien que vivió muchos más partidos que los demás.

Gracias a la medicina deportiva y la mejor calidad de vida que hace unas pocas décadas, cada vez puede extenderse más la carrera de los jugadores. Ya no necesariamente tienen que tener un plan B al que dedicarse desde que apenas superan los 30, pueden plantearse pertenecer al Club de los 40 que cada vez los muestra más sólidos.






Comentarios