Se llama Gustavo Gaede, actualmente vive en Frankfurt y viajará a Buenos Aires para visitar a viejos amigos.


Gustavo Gaede es un argentino que tuvo una vida de película: fue doble agente durante la guerra fría, donde trabajó tanto para Fidel Castro, como para la CIA. Tuvo seis nombres distintos y hasta llegó a la pantalla chica con su propio documental en Nétflix, “The Crazy Che”. Hoy, vive en Alemania pero decidió regresar por unos días a su tierra natal para visitar a sus ex compañeros de colegio.

Creció en Lanús, al sur de la provincia de Buenos Aires, y una vez graduado en 1970 empezó a trabajar en la empresa ENTEL. “Nos casamos en 1976, una semana después del golpe de Videla. Andaba metido en el Partido Comunista y nos fuimos a probar suerte a Estados Unidos donde vivía un tío. La idea era hacer 10 mil dólares y volver. Nos quedamos 30 años”, cuenta en una entrevista exclusiva a diario Clarín.

En esos tiempos, Gaede pasaba por un norteamericano más: sus rasgos físicos y su fluidez con el idioma inglés, hicieron que todos creyeran que era nativo de ese país. Así, comenzó a construir su vida y se anotó en distintas universidades hasta formarse como ingeniero, físico y programador.

Según contó a Clarín, su historia como espía comenzó mientras trabajaba en la empresa Advanced Micro Devices (AMD). Su afinidad con el comunismo lo llevó en diciembre del 83′ a presentarse en la Embajada de Cuba, en Argentina, y ofrecer filmaciones que había encontrado en su lugar de trabajo. Ahí, se convirtió en agente para el gobierno de Fidel Castro. Pero según explica el documental “The Crazy Che”, en un viaje a la isla, Gaede se desilusionó por la forma de vida que tenían los cubanos y decidió colaborar con Estados Unidos. “Le confesé a la CIA y al FBI que le había pasado información a los cubanos y a los rusos. Estaban en una operación de contraespionaje”, dijo a Clarín.

El ex espía tuvo una vida agitada entre pasaportes falsos, micrófonos ocultos en su ropa, y hasta tres año de prisión en EEUU. Hoy lleva un ritmo más tranquilo desde Frankfurt, aunque contó a Clarín, su próxima misión: “Voy a la Argentina por una sola razón: traerme una valija llena de yerba de contrabando. Acá cuestan 9 euros el kilo”.




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