María Velasco, psiquiatra infantojuvenil: "No se puede poner en los colegios, ni en los profesores la solución de un problema que está en la familia"
El aula no es un tribunal de crianza: por qué delegar la contención emocional en los maestros perpetúa la crisis familiar.

El malestar psíquico que atraviesa a las infancias contemporáneas suele saltar a la superficie en las dinámicas escolares cotidianas. Cuando las tensiones grupales, los episodios de hostilidad entre pares y los desbordes emocionales interrumpen la rutina académica, la sociedad tiende a colocar la lupa sobre los establecimientos educativos, reclamando protocolos instantáneos de resolución. Sin embargo, adjudicarle al cuerpo docente la misión de enmendar fisuras afectivas profundas distorsiona los roles fundacionales de la comunidad educativa, cargando sobre las espaldas de los maestros un deber formativo que pertenece de manera indelegable a las figuras parentales.

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Esta transferencia injusta de responsabilidades pedagógicas y éticas desnaturaliza el sentido pedagógico de las escuelas. Al profundizar en los orígenes de este fenómeno, la psiquiatra infantojuvenil María Velasco remarcó la necesidad de reordenar las prioridades domésticas: “No podemos poner en los colegios, ni en los profesores ni en los maestros, la solución de un problema que está en la familia”. La especialista puntualiza que los cimientos de la empatía, el autodominio del enojo y la noción elemental de convivencia se configuran en el vínculo hogareño, por lo que pretender que la escuela los implante de forma espontánea constituye un despropósito insostenible.

El descalabro institucional se agrava notablemente cuando los adultos responsables socavan la palabra de la institución educativa frente a sus hijos. Al justificar transgresiones de conducta o desautorizar sanciones formativas, los padres debilitan la noción de orden y sumergen al menor en un limbo donde no existen consecuencias para sus actos. Si un niño llega al colegio sin haber experimentado nunca una negativa firme en su casa, difícilmente aceptará las pautas colectivas que demanda el aula, obstaculizando no solo su propio aprendizaje sino también el de todos sus compañeros.

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A este escenario se suma la injerencia desmedida de las pantallas en la conformación identitaria infantil. Al delegar la atención del menor en dispositivos conectados de manera permanente a plataformas digitales, los progenitores permiten la irrupción de un agente que erosiona la serenidad cotidiana. La urgencia por validación instantánea y el consumo prematuro de contenidos adultos terminan moldeando una hipersensibilidad patológica, donde cualquier demora en la satisfacción de los deseos individuales es procesada como una agresión insoportable por parte del entorno exterior.

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Superar el temor contemporáneo a ejercer la autoridad representa el primer paso hacia una crianza verdaderamente protectora. Velasco insiste en que privar a los menores de experimentar pequeñas frustraciones cotidianas inhibe el desarrollo de la resiliencia y el autocontrol indispensables para su vida adulta. Aprender a aceptar una negativa, tolerar los tiempos de espera ajenos y acatar directivas de convivencia no constituye ningún acto traumático, sino el andamiaje psicológico indispensable que garantizará su autonomía e integración social madura en el futuro cercano.

Bajo este enfoque, los centros educativos deben funcionar como espacios privilegiados de prevención y articulación pedagógica, dejando de operar como receptores pasivos de desbordes familiares. Integrar herramientas socioemocionales de mediación y diálogo en clase únicamente alcanzará eficacia si existe un compromiso sincero de los padres por consolidar idénticas reglas en la mesa cotidiana, cerrando las contradicciones entre el discurso del hogar y las demandas del colegio.

Devolverle a la intimidad familiar su potestad formadora resulta imprescindible para frenar el desgaste de la convivencia escolar. La escuela puede orientar, cobijar y enriquecer el horizonte cultural de los alumnos, pero la templanza, la noción del deber y el respeto hacia los demás se adquieren siempre puertas adentro. Reconocer las fronteras de cada ámbito evitará sobrecargar a los educadores y brindará a las nuevas generaciones el sostén seguro que precisan para crecer con estabilidad emocional.