De qué murió Daniel Melingo, ex integrante de Los Abuelos de la Nada y Los Twist, a los 68 años
El rock nacional y el tango están de luto tras la partida de una icónica figura de la música argentina. El triste adiós a Melingo.


Daniel Melingo, una de las mentes más brillantes, audaces e inclasificables del rock y la música ciudadana, falleció este martes a los 68 años. El músico y poeta, que arrastraba una enfermedad respiratoria crónica desde hacía tiempo..

Según trascendió, Melingo se encontraba muy delicado de salud, bajo un esquema de cuidados paliativos, y fue hallado sin vida por su hijo en su departamento de la calle Estomba, en el barrio porteño de Chacarita.

La confirmación de su deceso, difundida por su manager Olga Castreno y el sello Pelo Music, desató una ola de dolor inmediato entre colegas y fanáticos en las redes sociales. "Lamentablemente ha fallecido Melingo, una terrible pérdida de un músico increíble. Su brillante obra nos atravesó el Rock, el Tango y la música popular durante más de cuatro décadas", expresaron desde su entorno íntimo, despidiendo a un creador que transformó cada género que tocó.
Nacido el 22 de octubre de 1957, Alejandro Daniel Melingo estuvo mamando la música porteña desde la cuna: su padrastro fue manager de Edmundo Rivero y su abuela, cantante de ópera en Milán. Tras formarse en los conservatorios López Buchardo y Manuel de Falla, y luego de un breve paso por Brasil tocando junto a Milton Nascimento, Melingo regresó a Buenos Aires a comienzos de los 80 para convertirse en una pieza fundamental del estallido del rock de la transición democrática.

Primero dejó su huella indeleble en Los Abuelos de la Nada, donde aportó saxofón, clarinete y compuso esa genialidad playera hecha reggae llamada "Chalamán". Inquieto por naturaleza, en 1982 fundó junto a Pipo Cipolatti el delirio genial de Los Twist, sumando las voces de Fabiana Cantilo e Hilda Lizarazu.
Con himnos irreverentes como "Cleopatra (la reina del Twist)" y "Hulla hulla", la banda inyectó el humor y el ska necesarios para hacer bailar a un país que salía de la oscuridad. Por si fuera poco, su talento como multiinstrumentista lo llevó a formar parte de la mítica banda de Charly García durante las giras de Clics Modernos y en la grabación del icónico álbum Piano Bar.
Sin embargo, cuando el traje del rock le quedó chico, Melingo pateó el tablero de la nostalgia y cruzó un puente estético que nadie vio venir. En 1997 dio un giro definitivo al volcarse por completo al tango, pero no desde un lugar tradicional, sino inyectándole la mugre, la poesía lunfarda y el pulso del underground.

Discos fundamentales como Tangos bajos (1998) y Maldito tango (2007) musicalizaron los suburbios porteños, dándole voz a personajes al filo de la legalidad, historias de alcohol, caficios y amores rotos. Esta reinvención, construida en dupla autoral con el poeta Luis Alposta, le abrió las puertas del género a las nuevas generaciones de jóvenes que veían en su figura a un dandy de arrabal moderno.
Su partida física genera un vacío inmenso en la escena nacional, sobre todo porque lo encuentra en un momento de plena efervescencia creativa. Hace apenas diez días, Melingo había brindado su última entrevista adelantando sus próximos proyectos: el lanzamiento de Tangos bajos (Rework) —un álbum repleto de invitados como Fito Páez, Andrés Calamaro y Pity Álvarez—, su propio vino y un documental.