El 24 de junio, según Julio Bárbaro: la coincidencia que retrata a un país
Gardel, Sábato, Messi y Rodrigo en una sola fecha; el exsecretario de Cultura repasó con Germán Valdez el día más argentino del almanaque.


Hay fechas que la casualidad parece escribir con caligrafía patria. El 24 de junio es una de ellas. Ese día nacieron Lionel Messi y Ernesto Sábato; ese mismo día, años antes, murieron Carlos Gardel y Rodrigo. Cuatro nombres que, alineados, terminan por dibujar el rostro entero de un país. Sobre esa coincidencia (la que vuelve a este martes el día más argentino del almanaque) conversó Germán Valdez con Julio Bárbaro, que respondió al teléfono con la serenidad de quien ya atravesó todas las discusiones y de casi todas volvió.
Antes de cualquier balance, Bárbaro se detuvo en Gardel. Para él es lo genuinamente popular: el que trascendió, el de aquella sentencia que ya nadie se anima a discutir, la de que cada día canta mejor. Una voz, dice, reconocida por la humanidad; una de las primeras que ubicó a la Argentina como imagen importante en el mundo. Y lo hizo de la mano del tango, esa riqueza que (se lamenta) como sociedad todavía no terminamos de asumir. Siempre, asegura, se vuelve al tango: es música y danza que uno encuentra lo mismo en Japón que en Noruega, y hasta tiene su mundial. Se permite un orgullo: haber fundado la Academia Nacional del Tango durante su paso como Secretario de Cultura, más allá de las autorías que después algunos quisieron discutir. Para él, junto al Martín Fierro, el tango es uno de los pocos datos sólidos de la identidad nacional. No tenemos tantos, admite.
De ahí saltó al fútbol, y la frase le salió redonda: "Maradona y Messi son dos regalos de la historia". Pero la maravilla le dura poco antes de volverse reflexión amarga. Contó que "Ayer yo charlaba con un grupo de empresarios que me convocó y una de las cosas que le decía Germán con humor es que Dios y la vida nos dieron el talento en los pies para el fútbol, pero nos sacaron el talento de la cabeza. Hoy no tenemos ni intelectuales ni estadistas", reflexiona, y trae a Brasil como espejo incómodo: nació, recuerda, en un país más grande que el vecino, y hoy no le llega al talón. Brasil podrá haber tenido su bajón futbolero, pero sostiene su historia con dignidad. El ejemplo, para él, no es menor.
-¿Y el Mundial? ¿No tapó todo lo demás?
"No. El fútbol nos regaló, ya en tiempos de Alberto Fernández, la copa que más festejo generó en nuestra historia", y, sin embargo, aquel gobierno que él llama triste quedó afuera hasta del saludo de los jugadores. El Mundial, concluye, no nos rescata de otra cosa que de la desesperanza: encontramos un lugar donde somos exitosos justo en una sociedad donde lo cotidiano es un fracaso profundo.
Cuando le tocó Ernesto Sábato, la conversación se volvió íntima. Bárbaro reconoció sus idas y vueltas, sus discusiones personales con el escritor, y rescató un recuerdo que vale más que cualquier juicio literario: "Me acuerdo que en la última vez yo iba con Carmela, mi hija, y venía Ernesto caminando y le digo hija: vas a saludar a un hombre importante. Porque como todos los hijos, se enojaba cuando uno saludaba por la calle. El, Sábato, de Sobre héroes y tumbas, el Sábato de Abadón, de El Exterminador... Hay una cosa que siempre se planteó, Germán, Sábato no fue, para los argentinos, en su mayoría, para la literatura, un hombre que pudiera ser comparado jamás con Borges".
"El siempre decía, y Borges se reía, porque decía 'se pone al lado mío', pero la fama de Borges era universal como la de tantos otros argentinos. Sábato no fue, digamos, universitario: en la literatura refinada o elegante no fue tan importante. Yo lo leí, no niego, su último libro, Abadón, para mí tenía cosas discutibles, pero después tuvo la debilidad de la parte cuando él intentó pintar, que eso no fue ningún aporte porque no había talento en esa historia".
El presente lo trajo a Manuel Adorni, ese nombre que estos días se repite entre el "se va o se queda". Bárbaro cree que dejarlo es una decisión del propio gobierno, y que el costo que está pagando por sostenerlo es brutal. Le duele el contraste: una cosa es celebrar el talento de Messi y otra es caer todos los días en la pequeñez de un personaje que solo aporta vergüenza, la contracara de un éxito internacional: "Que el presidente lo sostenga, por capricho o por complicidad, da igual. me parece un gesto de autoritarismo sin sentido".
El del kirchnerismo, sostiene, fue nefasto; y el de hoy tampoco lo convence. La democracia y el respeto entre nosotros, lamenta, todavía nos quedan lejos: seguimos siendo una confrontación entre enemigos donde el capricho pesa más que la sociedad.
Para el final quedó el caso de Jesica Cirio, que Valdez ubicó como posible último coletazo de la época de los dólares y los bolsos. Bárbaro lo leyó como síntoma de una sociedad que se degradó —dijo— por la dictadura, pero también por Saúl Menem, en quien ve una forma de la frivolidad que después continuó el kirchnerismo. Si hay que buscar a alguien para reivindicar en estos años, se anima a nombrar a Raúl Alfonsín como el único que intentó trascender como estadista, aunque no lo haya logrado porque su gobierno no fue exitoso. Estuvo con Néstor Kirchner, estuvo con Menem, y aun así su conclusión es severa: cincuenta años de decadencia, bolsas de dólares de un lado y del otro, una sociedad donde el esfuerzo dejó de ser la base del logro y lo reemplazó la viveza.
Del otro lado del teléfono, Valdez se lo agradeció como se agradece a quien todavía piensa en voz alta. Un placer escucharlo, le dijo. Y uno entiende por qué el 24 puede ser, también, una excusa para volver a pensarnos.