Pinceladas literarias "Yo sin ella"
Un cuento de Valentina Pereyra.
Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, en esta oportunidad con un nuevo cuento de Valentina Pereyra.
Yo sin ella
Ella me busca en internet y me escribe. Yo sé quién es, pero no puedo creer que quiera hablar conmigo.
Ella me dice que había escuchado hablar de mí y que, cuando le saltó mi nombre en la sala del Messenger, no dudó en contactarme. Yo le cuento que no hacía mucho que me había hecho esa cuenta.
Ella me pregunta si estoy soltero; sabe que si estoy en esa sala con mi propio nombre busco algo serio.
Ella me manda su contacto de teléfono. Yo le sigo escribiendo por Messenger.
Ella me invita a tomar un café a su casa. Yo le cuento que me separé. Ella me pregunta qué pasó. Yo le digo que mi ex es lesbiana.
Ella habla de sus hijos, del trabajo y de los días que se la pasa en la Unidad Básica del barrio. Yo estoy por jubilarme de bancario; espero cobrar un buen retiro y con la plata dedicarme a construir.
Ella me invita a tomar un café. Yo llevo unas masas finas que compro en la mejor panadería del pueblo.
Ella me recibe con una beba en brazos y, después del café, le da la teta. Yo no la miro; es linda, muy linda, pero no quiero mirar sus tetas.
Ella acepta ir conmigo a un concierto de jazz. Cualquiera que la vea va a saber que salimos. Parece no importarle. Yo pienso mucho si hice bien o no en invitarla.
Ella trabaja a la mañana y a la tarde. Yo a las dos ya estoy en casa; la espero y, después de las cinco, voy a tomar un café a su casa.
A ella le gusta el mate. Yo tomo café a toda hora. A ella se le quema siempre el café y nunca hace tortas. Yo compro toda la comida en rotiserías.
Ella mira novelas, programas de juegos y de chimentos. Yo veo documentales.
Ella aborrece a los aburridos, a los tibios, a los grises. Yo soy aburrido, tibio y gris.
Ella me cuenta que tiene deudas y que necesita otro trabajo para llegar a fin de mes. Yo la compadezco.
Ella acepta un puesto de tercera línea en la Municipalidad que le consiguieron en la Unidad Básica. Yo arreglo por un millón de pesos mi retiro- unos trecientos veinte mil dólares de hoy- y me asocio con un maestro mayor de obras para empezar a construir un módulo de departamentos.
Ella se compra un auto en cuotas. Yo le guardo en mi caja de seguridad los dólares que ahorra.
Ella asciende varios puestos, se hace amiga del puntero más cercano al diputado y la ponen en la lista de concejales. Yo asesoro al diputado económicamente y vendo mis primeros tres departamentos.
Ella alquila. Yo tengo mi casa y otras más para vender.
Ella gana más dinero y ayuda a sus hijos a instalarse en Buenos Aires y a que terminen de estudiar. Yo le compro un viaje a Isla Margarita y le propongo que deje a la nena con su hermana.
Ella me saca muchas fotos en la playa de arena blanca, baila con los animadores, canta karaoke, nada. Yo tomo tragos gratis en la barra, no quiero comprar a los vendedores de la playa y disfruto del all inclusive.
Ella irrumpe en la sociedad del pueblo como un rayo; denuncia lo que le parecen injusticias sociales, hace declaraciones políticamente incorrectas, se gana el favor de los que la apoyan con el voto. Yo le digo que no puede ser intendenta que tiene que pagar las deudas, que la va a destruir la prensa.
Ella retira su candidatura y vuelve a trabajar en el puesto de tercera línea de la Municipalidad, los chicos ya estudiaron; empieza el gimnasio, sale a caminar, engorda. Yo sigo asesorando al diputado. Entro en la lista de concejales. Me votan.
Ella se anota en talleres de cerámica, de tejido y de escritura. Yo compro los últimos best Sellers de textos sobre el peronismo.
Ella se corta el pelo, se tiñe de rojo, se hace las manos y se junta los miércoles con las amigas de la Unidad Básica. Yo ceno temprano, en casa.
Ella me agradece la cafetera Volturno y me hace un café. Lo quema. Yo me voy cada vez más temprano de su casa; demasiado bochinche para que aguante mi sordera.
Ella me dice que no vaya todos los días porque sale tarde de las actividades. Yo compro más libros y dejo de ir los fines de semana.
Ella hace cenas en la casa, va a tomar café con amigos los viernes a la noche y cambia su imagen del perfil del Messenger; después, cierra la cuenta de Messenger. Yo nunca más volví a entrar en la sala de “levantes”.
Ella me pregunta sobre los temas económicos que asesoro al diputado. Yo le cuento algunos proyectos, no le digo que los mantenga en reserva.
Ella vende la información a la oposición, a los que le hacen la interna al diputado y gana, nuevamente, un lugar en la lista de concejales. Yo la increpo, le digo que confiese, que nadie sabía del proyecto, que fue ella. Lo niega.
Ella está por cumplir cincuenta; usa ropa ajustada, jeans y camisas con volados y puntillas. Yo voy por los sesenta y uno; uso pantalones grises que abrocho arriba del ombligo; remeras Polo y zapatos de gamuza. A ella le sobresalen algunos rollos. Yo camino para bajar el colesterol y los kilos.
Ella tiene muchos contactos telefónicos; habla con otros hombres que la visitan. Yo paso las tardes mirando programas políticos y no le pregunto.
Ella se va de viaje con las amigas; pagan en cuotas un tour a Córdoba; vuelve más contenta que nunca. Yo la voy a buscar al colectivo; la veo abrazarse al coordinador y cuando nos saludamos me dice: Tipazo.
Ella me escribe de vez en cuando; participa de debates; junta plata en campañas solidarias; trabaja los sábados para el club del barrio. Yo no voy a su casa si no me avisa; leo después de controlar las obras; empiezo a cocinar.
Ella va a mi casa; dice que soy un buen hombre que me quiere mucho, pero que no va más. Yo no dejo de mirarle el chupón que tiene en el cuello.
Ella me devuelve la llave de casa (se la di cuando me fui de viaje con mis hijos para que le diera de comer a la perra). Yo no tengo nada suyo.
Ella me sigue escribiendo, me llama para mi cumpleaños, me cuenta sobre los últimos libros que leyó y qué recetas miró en la tele. Yo le digo que me diagnosticaron Parkinson y que me voy a Egipto.
Ella me lleva el libro de Nelson Castro que le había prestado y me muestra que se había comparado un auto; me recrimina que no la acepté en Instagram y hace chistes sobre mis celos. Yo nunca la seguí ni dejé que me siguiera; una vez me confundí y la acepté. La borré enseguida.
Ella va a mi velorio; no llora, se queda al lado del cajón y me mira; no reza. Yo me quedo con todo para decirle y con nada para explicarle.
