Pinceladas literarias: "Tortazo" de Valentina Pereyra

Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un nuevo cunto de su autoría.

Pinceladas literarias: "Tortazo" de Valentina Pereyra
Pinceladas literarias (ChatGPT)
25 de octubre de 2026, 09:36

Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un nuevo cunto de su autoría:

Tortazo

En las dos vidrieras de la confitería La Perla (separadas por una puerta de vidrio de dos hojas) se exhiben -como todos los años en vísperas del Día del Niño- bandejas con merengues de crema, palos de Job y tortas de dos pisos: una decorada con flores rosa y la otra celeste.

La semana anterior los empleados entregaron a la clientela bonos (uno o dos según el monto de la compra) con un número que sortearán en la vereda de la confitería a las cinco de la tarde del domingo.

Marcelino tenía su parada a unos metros de la entrada al local. Lustraba zapatos. Aprovechaba los tiempos muertos para pegar la nariz contra la vidriera de La Perla. Si pudiera comprar algo elegiría el número ocho que era su preferido porque le hacía acordar al ratoncito que le dibujaba su mamá cuando quería distraerlo del hambre.

Marcelino llegaba al centro una hora antes de que abran los bancos. Aunque tenía edad para ir a la escuela (hizo primero y segundo grado), abandonó. Se instalaba en la esquina de Colón y 9 de Julio con un banquito de madera y una caja con manija. Adentro tenía las latas de pomada (betún en pasta), un cepillo pequeño, otro cepillo para sacarle brillo a los zapatos y un paño. Esperaba a los hombres que salían del banco frente a su parada a los que atraía al grito de: ¡Lustre, lustre por cincuenta centavos! Tenía clientela fija; los sábados se acercaba algún señorito que sacaba de compras a su novia y, mientras la esperaba, leía el diario y confiaba sus zapatos a Marcelino. A todos les contaba que estaba juntando las monedas para comprar facturas y así llevarse el número que le daría suerte en el sorteo de La Perla.

Los hombres lo escuchaban soñar con la torta que llevaría a su casa para repartir con sus seis hermanos y con su madre. Imaginaba su sonrisa con las comisuras hacia arriba y a sus hermanos con bigotes pintados con crema. Esa tarde no le importaría ver cómo los hombres a los que les lustraba las botas y los zapatos cargaban paquetes con trenes eléctricos, pelotas o soldaditos de plomo para sus hijos. No le importaría nada, ni siquiera sentiría la envidia que le hacía salir sarpullido entre los dedos y enrojecer las orejas. No pensaría en los agujeros de sus botinetas remendadas o en el frío que se colaba por los agujeros de su pulóver descocido. Le pediría al empleado de la confitería que le ate la torta al banquito y caminaría despacio las veinte cuadras hasta su casa. Podía imaginar los ojos redondos y saltones de sus hermanos varones más abiertos que nunca y las caras pecosas y blancuzcas de sus hermanas volverse todavía más pálidas. Pondría la torta de flores rosa -esa era su preferida- sobre la mesa y los invitaría a todos a mordisquearla. Su mamá le sacudiría por la cabeza el trapo que siempre llevaba colgando de la cintura y les pediría que no se comportasen como animales. Más pensaba más se le caía la baba.

Juntó tantas monedas como pudo para hacer la compra que lo habilitara a recibir el bono para el sorteo de las tortas. Se colgó del mostrador de madera y apoyó las cinco monedas de cincuenta centavos que se escaparon entre sus dedos finos y sucios. Facturas, dijo y una riestra de pan para mi mamá. El empleado envolvió el pedido y se lo entregó, juntó las monedas y llamó al siguiente de la fila. Marcelino le preguntó por los bonos y el hombre de camisa blanca y moño negro le hizo un gesto con la mano para que despejara el mostrador. Marcelino insistió, esta vez con la voz más alta. Las mujeres lo miraban de reojo y sostenían del brazo a sus hijos que tironeaban para acercarse a Marcelino que no paraba de exigir que le dieran el bono para la torta. Dos empleados de delantal blanco y pantalón negro lo sacaron a la vereda y le explicaron que se habían quedado sin bonos. Las clientas salían con sus paquetes bien atados con cintas rojas y sus pequeños blandiendo rectángulos azules con grandes números negros pintados en el centro. Marcelino se soltó y los dos hombres volvieron a servir las mesas de la confitería.

Un hombre lo esperaba en la parada con el pie apoyado en el banquito de madera y otros dos, hacían cola. Escupió la vereda, se acomodó el pantalón de un solo tirador y se metió la camisa andrajosa adentro. Bajó la cabeza y se sacó la gorra visera antes de empezar a lustrar. No se molestó en despegarse los mocos que se confundían con las pecas. Apoyó en la vereda el paquete con las facturas y la riestra de pan que un perro flaco, al que se le podían contar las costillas como a él, le arrebató antes de que pudiera salvarla. Se secó las lágrimas con los dedos torcidos pintados de betún. Los chicos que pasaban por ahí lo señalaban y lo llamaban indio. Faltaba un día para el sorteo y la cola en la confitería daba vuelta la esquina. Esa noche Marcelino no volvió a su casa. Se comió una detrás de la otra las seis facturas del paquete y las bajó con el agua del bebedero de la plaza a dos cuadras de su parada.

Las vidrieras de la confitería seguían con las luces encendidas. Marcelino se acercó despacio y apoyó la nariz contra el vidrio. Lo limpió con el puño de su pulóver de lana y le pasó la lengua. El policía de la cuadra se acercó, le puso el cajón de lustrar en la mano y lo empujó para la calle. Le dijo que no quería volver a verlo en esa cuadra y que se buscara otro lugar para hacer el trabajo.

—Ya se quejaron de vos, no te quiero ver ni cerca de acá.

Marcelino se alejó mirando para atrás cada dos o tres pasos. Cuando dejó de ver al policía se escondió atrás de un árbol y esperó a que se esfumase el reflejo de las luces de las vidrieras de la confitería. Las dos lámparas amarillas que colgaban de cada una de las esquinas de la cuadra se bamboleaban con el viento llevando la luz de un lado al otro como si las sombras quisieran comérselas. Marcelino se acercó escondiéndose detrás de los troncos de los árboles. Conocía cada recoveco de la cuadra; se agazapó en el zaguán del estudio de abogados Villar que tenía la cerradura falseada. Esperó a que ya no quedase nadie en la calle y se fueran apagando las luces de los carteles de los negocios.

Recorrió el cordón de la vereda hasta encontrar la piedra más puntuda y la calzó en el trapo que llevaba para hacer el último lustre a los zapatos de los señores que le pedían reflejarse en ellos. Unió las dos puntas y se paró frente a la vidriera. Reboleó el brazo y lanzó la piedra. Los vidrios cayeron sobre los merengues y los palos de Job se desparramaron como si un terremoto los hubiera hecho sucumbir. Marcelino se tiró encima de la torta y hundió las manos en el bizcochuelo. Metió un piso adentro de la caja de lustre y el otro lo repartió entre los bolsillos y la gorra visera. Corrió sin mirar para atrás. El perro al que se le notaban las costillas lo siguió lamiéndose la trompa. Corrió, aunque se le cayeran dos latas de betún en la estampida. Corrió a pesar de la sirena que se escuchaba cada vez más fuerte. Saltó por la ventana de la cocina de su casa cubierta con una bolsa de arpillera y acomodó sobre la mesa los pedazos de torta. Despertó uno por uno a sus hermanos que se pintaron los bigotes de crema justo antes de que llegara la policía.