Pinceladas literarias: "De tener una bicicleta" un cuento de Mijal Mendiuk

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "De tener una bicicleta" un cuento de Mijal Mendiuk
Pinceladas literarias (Marcos Zimmermann)
13 de septiembre de 2026, 08:07

Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias una sección a cargo de Valentina Pereyra.

En esta oportunidad con un cuento de Mijal Mendiuk:

De tener una bicicleta

De tener una bicicleta, de tenerla así debajo de mis piernas, de tenerla como se tiene un caballo de lata sobre el que montarse navegaría las rocas, el pasto seco y zanjaría el suelo árido rasgado en dos lajas de tierra quebradiza que se repartirían como restos de cráteres a mí paso; de tenerla, la cubriría de polvo, la dejaría gastada, la llevaría conmigo a todas partes, de sol a sol, de mandado a la escuela, del valle al monte; todo cuanto hay por hacer lo quiero hacer en dos ruedas.

Quiero ver el sol y ver la luna en las quebradas, y quiero saltar las piedras, y hasta a la pelota quiero jugar girando en esos pedales. Y también quiero que el viento me corte la piel, que la velocidad me corte las palabras, me deje gastado, quiero tener hambre de tanto manubrio, quiero ir y venir con el canasto cubierto de tortillas, que el rayo me moje la nuca, silbar al cielo con las piernas rectas, andar y seguir andando sin manos, sin pedal, sin freno; quiero ser de chapa, despintarme con la lluviecita del rocío, quiero lamerme la sal de los cachetes, quiero subir el cerro y bajarlo arrastrado, pincharme, llenarme de abrojitos, todo quiero en una bicicleta hacer.

De tener una bicicleta quisiera mirarla fijo por las noches, verla desde mi cama dormirse bañada todita de oscuridad; quisiera, de tenerla, tomarla con mis manos, hacer de mis rodillas una escalera y que Yolita se clave en el asiento, que sea yo quien le enseñe a poner los pies en los huecos, a girar despacio, a tener la mirada fresca y alta, quiero mostrarle cómo debe de mover un pie y mover los dos, que sepa querer irse, quiero yo a sostenerle la espalda, respirarle bien cerca y dejarla libre.

De tener una bicicleta no estoy seguro que yo quisiera ponerla debajo de un árbol, ni que hagan fila, como hoy se hizo en la escuela, no me gustaría dejarla amasarse de brazo en brazo, ni que duerma sola en el galpón de herramientas o aplastada por los cereales.

Estoy seguro que de tener una bicicleta, de tenerla cerca, Yolita no se treparía así, tan quietecita como esta mañana debajo de la bandera. Que no se trata de burros, que sabrán ellos algo y sin chistar arrancan lento, o más rápido los caballos. Que no se trata de estarse ahí nada más, que hay que darle viento a la chapa. Pero ella no quiso saber de nada, se trepó en silencio, obligada por la maestra, rígida, con los brazos como aletas caídas adentro del tejido.

Yo la sostuve un rato, fue a mirar el pasto desde arriba y se soltó, tan pronto subirse, se bajó, no le sintió el olor a la goma, no quiso tocar el manubrio, esperaba ella que la bicicleta le ande sola. Dijo que no quiere, que de tener una bicicleta ella no quisiera, dice que solo quiere montar lo que se conoce, que las huellas que se dejan en esa cosa son líneas finitas, que en un soplido de viento se le perderán sus rastros, que a la tierra su paso no le dejará ni arrugas, que se perderá también ella y nadie sabrá que ha pisado; que las cadenas crujen y le harán doler los dientes, que las cadenas le abrirán las tripas y el canasto le enredará el pelo, ese pelo largo que tiene que se le cuelga en la boca con el frío y que podría hasta silbar con él, si ella quisiera. Se bajó tan pronto como pudo, se reunió de risas con las demás, no se fijó que yo, en cambio, subí cien veces, di tantas vueltas hasta marearme, esos caños querían que yo los abrace, y yo puedo jurar que, como soy su amigo, yo sé, que de tener yo una bicicleta, o tenerla de ratos otra vez, el miedo de Yolita conmigo se nos va.