Pinceladas literarias: "Esto que siento no es mio"
Sección a cargo de Valentina Pereyra.


Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra. En esta ocasión con
Esto que siento no es mío.
Tengo el pecho pesado; el aire entra y sale de a poco, cargado, como si respirara gotas de rocío. Cada bocanada pesa más que la anterior. Las lágrimas se agolpan por salir y brotan una detrás de otra a borbotones. No trato de frenarlas, no puedo frenar lo inevitable.
Duele. Duele cada espacio. Duele cada centímetro de piel. El ambiente se reduce cada vez más. Los metros parecieran ser los mismos de siempre, pero ahora se vuelven diminutos. No entro. El cuerpo no me entra en todo esto que siento. Y que no es mío.
El fondo del jardín se ve gris. Se perdieron los colores entre el cielo encapotado y lo que se siente acá adentro. Es parte del proceso; habitar lo gris.
No puedo sola con esto y cedo a la idea de no poder, está bien. Cuando dejamos de sentir, que somos suficientes y que todo lo podemos individualmente, abrimos el juego y permitimos que el otro nos lleve de la mano un rato.
Necesito destrabarlo. Llamo a mi guía. Y después de una pausa sin poder decir nada, las palabras toman forma y empiezan a tener sentido. De a poco van saliendo y en cada una, el pecho se abre más y más. Hay sollozos. Y por momentos vuelve el silencio.
Le busco un lugar a ese silencio, un lugar más chico que no le permita crecer, como si estuviese cortando las ramas de un bonsai, un poco acá, en este otro lugar puedo dejarle un poco más, pero sin dudas el espacio total no puede crecer.
Me animo a decir algo, y el aire que se libera con lo que acabo de decir deja que el pecho se descomprima. En la siguiente bocanada entra un poco más de aire. y al salir hay algunas palabras más sonoras que se agolpan y todo de golpe sale, a toda velocidad, como si el tiempo no alcanzara para decir todo lo que está ahí acumulado.
Y cuando las palabras ya están dichas y del otro lado me acompañan, ya no pesan, y llega el silencio de la escucha, de lo entendido, de la calma que empieza a marcar el ritmo. En el fondo del jardín las flores de la lavanda se tornan de un lila claro, aún mezclado con el gris de las hojas. Siento calor en el cuerpo, a través del vidrio, y el ambiente se vuelve tibio. Cambié el color frío del lugar por el naranja y amarillo. Todo el arcoiris necesita su espacio, su momento.
Me escucho y seco mis lágrimas. Me abrazo, me cuido y el pecho se abre y el aire entra fresco, y se va largo, en cada inhalación y exhalación. Me dejo llevar por lo que siento y enciendo la fuente de agua. No pienso, solo sigo el deseo, saco mis propios prejuicios, no me permito sobrepensar, solo actúo.
Traigo el cuenco y el carbón y la mezcla de yuyos empieza a sahumar el jardín. El humo blanco me nubla los ojos, no puedo ver más allá y el olor es fuerte, casi molesto. Le doy tiempo, lo dejo que prenda; el humo se disipa, los colores del fondo empiezan a tomar fuerza y el aroma del incienso y el jazmín me envuelven. La música que nunca antes escuché se presenta curiosa y acompaña la escena, como la banda de sonido de este instante en el que puedo decir: gracias por la vida, gracias por este regalo, pero esto no es mío.
Hoy suelto esto que no quiero en mí.