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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "Hay un rayón" un cuento de Mijal Mendiuk

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "Hay un rayón" un cuento de Mijal Mendiuk
Arena Roja (Liliana Porter)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
29 de marzo de 2026, 10:11
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Vía tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra.

En esta ocasión presentamos un cuento de Mijal Mendiuk

HAY UN RAYÓN

Hay un rayón que cruza la pantalla del televisor. La línea curva y filosa se alarga como una flecha hasta formar una araña congelada en el borde izquierdo del aparato. Todo lo que se transmite está cortado al medio. Todo está partido, quebrado, arañado. La línea divide caras, manos, brazos, los titulares se interrumpen, se quiebra la temperatura, las fechas se fraccionan, los zócalos se parten, los gestos se desdoblan hasta confundir; hay comas a mitad de camino y acentos que se desglosan e inventan un nuevo lenguaje.

Ella se acerca cada semana. Se para frente al aparato, lo frota con paciencia, derrama líquidos, soluciones, gotas de vinagre y jabón hasta hartarse, lo acaricia, dibuja aros superpuestos con un paño naranja, arrastra el dedo sobre la línea curva y filosa, pero el rayón no se borra. A veces despega el codo de sus costillas para tomar más fuerza. A veces insiste con fricción. Entonces, las astillas crujen en las yemas de sus dedos y va derramando una puntilla de pus desde el living hasta el baño donde emparcha sus manos con paños tibios y cremas antibióticas. Después friega círculos en el piso hasta hacerlo brillar.

Hay una silla con dos patas rotas. Todas las mañanas ella se hamaca contra el respaldo mientras tipea eufórica, golpea los talones con fuerza para atrás, deja que su cuerpo pierda el equilibrio, con la espalda curvada toma envión, se suelta, deja caer su cabeza sobre el respaldo, el pelo vuela como cascada, eleva los ojos al cielo raso y regresa.

A veces los pies cubiertos en pantuflas resbalan contra la madera recién pulida, a veces las medias mullidas esquivan el reflejo al aterrizar, a veces ella no regresa con fuerza, a veces no recupera la posición a tiempo, a veces la silla no recupera su lugar y en el intento fugaz de aferrarse a algo desparrama líquidos sobre el teclado, desparrama el teclado, o se desparrama en el piso. Ella escucha el crepitar de sus huesos y despega con suavidad su cara de las patas flácidas de la silla. Después ordena la mesa y deja un florero descansar al lado del mousse.

Hay un borde filoso en la baranda del balcón. Es una hoja delgada de lata marrón desajustada. Las uniones del listón de madera que sostiene la viga se hincharon con las lluvias del verano hasta engordar como dos barrigas pomposas. La baranda conserva en los nudos densos la humedad de los últimos meses. La madera se inflamó hasta desprender la viga; la viga quedó levemente desnuda y oxidada en el borde inferior. Ella contiene las ansias, cada mañana, de rasgar esa esquina con los dedos hasta quebrarse.

A veces la tentación es extrema y navega en coágulos de sangre. Los dedos rojos, luminosos, embravecidos se apagan en un contundente chorro de agua fría que vierte sobre sus muñecas hasta calmar el río. Después, con la mano enguantada en vendas desinfectantes, distribuye parejo una lluvia sutil y da de beber a las suculentas con goteros, o arroja un hilo generoso sobre los geranios, o amortigua el viento de la pequeña palmera con sus brazos hasta que pase el temporal.

Hay un enchufe desajustado en el lavadero que da energía al lavarropas. El cable pelado se hamaca sobre la pileta cuadrada, el cable navega entre los baldes, entre trapos húmedos, entre las pompas de jabón. Lleva meses viéndolo mecerse. A veces ella se arrima al borde de la pileta y acaricia las líneas de la loza para fregar remeras o sobar axilas despintadas, a veces acaricia los bordes plásticos del enchufe mientras fuma, a veces fija la mirada en el cobre interno hasta perderse, o juega con la llama intensa del encendedor y reparte su cuerpo con un suave balanceo. A veces los codos sirven de apoyo, a veces baila con la llama entre sus dedos. Después derrama el jabón azul en la gaveta, inicia el lavado y deja que las olas del tambor interrumpan el silencio a muerte de su casa.

Hay una perilla de gas que no está centrada. El resorte se soltó y el plástico al caerse también se quebró por dentro. A veces todas las perillas quedan en posición horizontal, pero la que está quebrada se gira levemente por dentro. A veces ella olvida bajar la llave general, a veces la perilla abierta va dejando caer un olor nauseabundo y alarmante. A veces ella lo nota, pero igual la deja prendida.

A veces juega con el encendedor, con el rayón, con la silla, con el balcón, con la cocina.

A veces las ventanas están cerradas.

A veces no responde el teléfono

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