Vía Tres Arroyos presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra. En esta oportunidad con un cuento de Mijal Mendiuk.
"De los quince cumpleaños de Marcelo"
De los quince cumpleaños que festejó Marcelo, cinco fueron con tortas compradas, todas cubiertas de crema o decoradas con grana, solo una no tenía el relleno de dulce de leche con merenguitos y duraznos y otras dos, incluso, se compraron en la pastelería al otro lado de la estación.
De los otros diez festejos, cinco fueron con tortas de futbol, con muñequitos de camisetas blancas y shorts negros, dos arcos y un arquero; todo comprado en el local de Doña Elvira y usado otras cuatro veces en los cumpleaños del club y tres veces más, a modo de préstamo, para los cumpleaños de Javier, Santiago y Leandro, que festejaban dos o tres días después en el mismo lugar pero siempre con lluvia.
Las cinco tortas restantes las hice yo, y también hice compoteras con mousse de chocolate, panqueques de cacao, tartas de frutilla, y besos de merengue y crema para servir en las mesas largas de adultos sobre servilletas floreadas y vasos de vidrio grueso organizados en flor.
De los quince cumpleaños de Marcelo solo tres fueron con animación; un dúo de payasos (repetidos en prescolar y primer grado) y, a los once, una posta de carreras en la cancha de fútbol con: aros de basquet, suelta de globos, ula ula y conos para travesías de ida y vuelta.
Ese fue el único año que no hubo partido de varones y las chicas no se sentaron aburridas a contarme historias de peleas y amores del grado; lo recuerdo muy bien porque ese año no supe que a Santiago le faltaba un diente y que Marcelo algo había tenido que ver con eso.
De los quince cumpleaños que festejó Marcelo, los quince fueron en tardes soleadas; el verde del pasto de septiembre brillaba como estrenado para él, en el club los juegos estaban recién pintados y al árbol de eucaliptus le sobraban hojas para robarse, yo las frotaba suave entre los dedos mientras todos comían charlaban y jugaban; por la noche, mientras me bañaba, yo esperaba a que el aroma de hojas se evapore y me hundía en ese olor a primavera nueva.
De los quince cumpleaños que festejó Marcelo solo en uno no hubo pizzetas, que yo amasaba en tandas durante la semana y guardaba en el fondo de la heladera cerradas en bolsas transparentes con tres nudos.
Por las tardes los dedos de barro arrugaban el nylon, las bolsas se abrían con la picardía del flequillo recto corte taza sobre las cejas; por las mañanas yo reanudaba el amasado que parecía no tener fin.
Era el cumpleaños número doce y un comité de asadores llegaron cargados de trinches, carbón y sal gruesa; la carne se amontonaba fresca sobre la parrilla y las filas de manos se agolpaban con figazas abiertas pidiendo siempre más, el humo les pegaba en los ojos y se frotaban lo mismo el pan o la carne contra la nariz, aún a ciegas no dejaban de reclamar, más y más.
De los quince cumpleaños de Marcelo solo a uno no llegué temprano; fue el año número quince, la faja me ajustaba los puntos en la cintura; entre uñas rojas y permanentes se repartieron tareas. Siempre me pedían llegar antes de horario y cuando levantaban la mesa yo ya tenía en las manos la pila lista de platitos multicolor recién lavados, se secaban al sol antes de que se fueran los últimos invitados y volvían a sacarse de la bolsa recién al año siguiente.
De los quince cumpleaños de Marcelo, diez fueron con souvenir, unas bolsitas blancas de plástico con la cara de un ratón, un topo, o batman; las bolsitas traían paquetes de figuritas, un caramelo duro de dulce de leche, a veces, chupetines bolita de coca cola, otras veces, pequeñas paletas azules o turquesas y, una sola vez, chupetines con silbato que dejaron saliva y pegote por toda la vereda; también traían pelotitas, llaveros o juegos de cartas minúsculos, todo con el logo del laboratorio de la familia; las bolsitas siempre bien panzonas con un manotazo munido de palitos de la selva y papel picado de la piñata.
De los quince cumpleaños de Marcelo solo uno fue con mesa y mantel; era el primer año y el salón quedaba cerca, pero llevar y traer tantas cosas me pesaba el alma en canastas de calesitas.
Volví más de cinco veces para dejar abrigos y llevar vasos, para dejar regalos y buscar carteras, para traer hielo o cuidar que los bebés no tocaran enchufes o prendieran el ventilador. De ese cumpleaños me queda vivo el saludo con Don Horacio en la esquina, el sol le pegaba tan fuerte en la pelada que se le formaba un centro rojo como un hueco de llamas después de los lentes marrones y antes del único mechón de pelo, lo saludé tantas veces esa tarde que desde ese día prefirió llamarme Otravez. Otravez buenos días, Otravez cómo le va, Otravez de paso, Cómo anda usted Otravez, Otravez que lindo día, Otravez la veo pasar, Otravez con las tortas, Otravez cuántos años van ya, Otravez está cansada, Otravez buenas noches, Otravez no va más, Otravez con usted últimamente no me crucé más, Otravez qué me cuenta, Otravez se la ve triste, Otravez usted no pasa más.
De los quince cumpleaños de Marcelo solo uno no fue al aire libre; en los catorce restantes colgué banderines y globos, llevé fósforos, acompañé a tandas de nenas al baño, recibí regalos, separé peleas y bajé las luces para las velitas. En los últimos tres el canto se nubló de vergüenza adolescente, pero Marcelo sonreía lo mismo y me arrastraba insistente del delantal para salir en la foto. Tengo quince fotos y solo una carta, la número dieciséis.
Sobre la autora
Mijal Mendiuk nació en Buenos Aires. Es licenciada y profesora en Ciencias de la Comunicación. Se sumó, hace dos años, al taller de escritura Claraboya que coordina Nahuel Vázquez. Actualmente, es alumna de Artes de la Escritura en la UNA.
“De las historias me gusta el tono, el placer de estrujar adjetivos, la necesidad imperiosa de hacer algo similar al nudo en el medio de la R” - comentó para esta sección.
