Las piedras eran las mismas, la noche no agitó el barro ni deslizó el terraplén de basura, no se movieron las ramas que dibujaban un cobijo oscuro, ni cambiaron de lugar los palos que él había dejado como estacas en mitad del camino.
Todo parecía exactamente igual que la tarde anterior. El mismo sendero, las mismas huellas, sus huellas en la tierra y el mismo camino, el destino angosto rasgado en la ladera de la montaña. El auto todavía olía a café caliente, llevaba en las manos la taza amarga hasta la boca, compartieron el trago para entibiarse el cuerpo.
Pisaron el sendero, esa raya gris zanjada entre el verde, el sol les fue dibujando círculos y líneas en la cara, como luces tenues de calor que se filtraba entre las ramas. Todo olía a otoño, el verde grisáceo de las hojas viejas, el amarillo raro del suelo abierto como despellejado, la tierra agrietada pero fértil, todo entraba en el declive de un frío suave y constante.
Así fueron entrando en el camino, los guiaba su propia historia, iban juntando ramas y broncas en cada pisada. De pronto, un pájaro azul se paró sobre el hombro de él, le acarició el oído derecho, se detuvo, los dos frenaron la marcha que recién empezaba para ordenar los sentidos; era un canto corto como un hipo, pero más agudo, se les acercaba en la nuca y les rebotaba por debajo del vientre, después se iba transformando en su propio eco, él reconoció al ave entre las nubes, y la vio perderse en el horizonte.
Su padre protestó, no le parecía bien demorarse con cada bicho; no sé qué te llama tanto la atención acá sólo hay pájaros y serpientes, por lo menos agradecé que tiene pico, dijo y lo sobrepasó como a un auto humeante detenido al costado de la ruta, le apuntó con el palo bastón, lo hundió, hundió el palo y el pie en la tierra suelta.
Él sintió el pinchazo aplastarse entre los dedos, su padre podría agujerearle la zapatilla si quisiera, pero tan solo siguió andando, lo llamó desde lo alto; no llegamos y ya tenemos que volver, es tarde, vamos, insistía, pero él no podía despegar los ojos de los pájaros, eran bandadas extrañas que nunca antes había visto, eran como tornados de canto que le lamían la piel y se elevaban hasta dibujar en el aire una corona.
Él quería conservar algo de ese amanecer, llevarse ese canto liberado como un mantra para el regreso, para pensarse mañana cuando quizás ya no estén. El celeste brumoso le recordó el tono sucio del agua, pensó que las aves eran como esos peces de plastilina que coleccionaba de chico en su pecera podrida.
Una nube opacó el ambiente, él pensó en el agua grumosa de su dormitorio, los vidrios con pegotes de plástico, el fondo cubierto de plantas falsas y las luces rojas sobre el estante apuntándole las cejas en las madrugadas.
Sus amigos llegaban entusiasmados para ver de cerca el mundo submarino que navegaba sobre la biblioteca, él los hacía pasar y les daba pequeñas porciones de alimento que en verdad eran restos de arena acumulada en el frasco amarillo que aún conservaba olor a atún vencido; sus compañeros escuchaban ya desde el pasillo ese motor purificador insistente como un zumbido de amenaza; él los esperaba con las luces bajas para resaltar el tono verde que titilaba en la pecera podrida.
Antes de invitarlos pasaba semanas describiendo su acuario mortal, les decía que uno de sus peces era carnívoro, ya en el camino a su casa les enseñaba cómo evitar los arañazos, cómo alimentarlos sin tocarlos, cómo tirarles a modo de lluvia el polvo, cómo acercar la nariz y dejar los codos listos para el salvataje.
Pero una vez dentro de su cuarto hasta los más valientes desistían, quizás los demoraba el olor rancio del ambiente, o los expulsaba el fondo mohecido del vidrio, o los inhibía el miedo inconfesable del ataque carnívoro; entonces, justo cuando en un tiro de hombría impostada se asomaban seguros para alimentar a las fieras, él lanzaba un ruido contundente y les empujaba la cara hasta obligarlos a beber del agua sucia.
En esas tardes estaba pensando cuando su padre le recriminó sus pasos cortos, parecés más viejo que yo, le dijo y se fue perdiendo colina arriba. Él se quedó para verlo caminar con el torso recto y las palmas abiertas como comiéndose todo el aire, pensó si también este aire le pertenecía a su padre, pensó si en esta mañana no había algo para sí, y solo decidió esperar.
Él ya lo sabía, el camino se volvería claro por unos metros, no mucho, vio avanzar a su padre, subía con el silbido entre los dientes y lo veía formar un cuadro penoso y distante entre el árbol y el cielo.
Él lo sabía, el sol les cegaría la vista pasando la curva, una rama abultada se le incrustaría en las zapatillas, quizás su padre lograría mantenerse firme, por qué no, siempre fue un hombre grande pero fuerte, un hombre al que le rezan muchos hombres; lo sabe, lo vio cada mañana en la oficina repartiendo elogios cerrados de remates míseros; lo sabe, vio esas caras de desconcierto buscando entre explicaciones en la mirada, pensando, me dijo bien hecho, para ser un burro esta vez te salió algo decente; o chocando las manos cuando recibían simple aceptable pero te fallaron los costos; él los observaba desde el vidrio de su oficina pecera y se reconocía en esas caras perdidas, él era todas esas caras, él podía ser todas esas caras, esas manos que se chocaron contra los hombros. Ahora él podía ser todos ellos.
Siente la voz ronca de su padre, pidiéndole que apure el paso, le exige más y más ritmo; no puedo demorarme por tu ineptitud todo el tiempo, vamos, le grita, vamos que no llegamos.
Él lo escucha, siente la saliva masticada, resiste el sabor a fuego que le carcome la garganta, cada vez más cerca uno del otro, están a punto de traspasar la curva, los árboles los envuelven, las copas grises les tapan la frente. Llegaron, un bulto de raíz se interpone en el centro del sendero, como un hipo, como una protuberancia inesperada, como un accidente.
Él, accidente. Su padre, accidente. Él no precisa golpear su fuego contra la espalda caliente de su padre, no necesita golpear con la fuerza justa, no es necesario ese palmo breve casi distraído, pero las manos tocan el brillo amargo del impermeable, lo expulsan, apura el paso.
En el regreso deja que las aves se apoyen sobre sus brazos, las toca en sus colores contra las ramas, le arrullan los oídos hasta tapar los gritos huecos que se asfixian en el fondo del valle maltoso y verde, es un aullido seco, hondo, profundo. El auto todavía huele a café.
Sobre la autora
Nació en Buenos Aires. Es licenciada y profesora en Ciencias de la Comunicación. Se sumó, hace dos años, al taller de escritura Claraboya que coordina Nahuel Vázquez. Actualmente, es alumna de Artes de la Escritura en la UNA. “De las historias me gusta el tono, el placer de estrujar adjetivos, la necesidad imperiosa de hacer algo similar al nudo en el medio de la R”.
