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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "La mujer de los chanchos" un cuento de María Palacio

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "La mujer de los chanchos" un cuento de María Palacio
Libro (tres arroyos)
autor avatarGabriel SodeSeguinos enGoogle
08 de febrero de 2026, 13:36
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Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas Literarias, sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un cuento de María Palacio.

La mujer de los chanchos

Prendo la pava eléctrica con la intención de preparar café. Pero mamá me mira desaprobadora y dice que mejor nos apuremos que hay mucho para hacer. Vaciar un departamento es un trabajo tremendo. Saca un plato de la alacena, lo envuelve en papel de diario y lo coloca en una caja de cartón apoyada sobre la mesada. Empiezo a hacer lo mismo con los vasos. No hablamos, solo se escucha entre nosotras el sonido grave del motor de la heladera y una gota que, cada tanto, cae sobre la pileta.

Entre la heladera y la mesada hay un hueco. Y, de pronto, noto que allí está el bastón de mi abuelo. Me sorprende verlo apoyado en ese lugar, porque hacía muchos años que él no vivía en el departamento.

A mi abuelo le faltaba la pierna derecha. La tenía cortada justo arriba de la rodilla. Por lo general usaba un pantalón de gabardina que doblaba de forma tal que le cubriera el muñón. Un día de mucho calor en el campo, se metió en el tanque y pude verlo. Era rosa, con pecas y me hizo acordar a la piel blanda de los hocicos de los caballos. Tenía una prótesis, su pata de palo, la llamaba, aunque era de metal, pero casi nunca la usaba porque le provocaba un sarpullido en la piel.

Un verano mis padres se fueron de vacaciones y nos dejaron a mi hermano y a mí en el campo con mis abuelos. A mi abuela le pareció que íbamos a estar mejor ahí que en el departamento de Buenos Aires. Aunque en realidad odiaba el campo y protestó cada día porque no conseguía a nadie que fuera hasta ahí a limpiar. Tampoco le gustaba cocinar. Preparaba la comida a desgano y todo le salía horrible.

Se distraía con la radio o con la revista Para Ti, que compraba religiosamente, hasta que, sin darse cuenta, un humo negro cubría la casa. De malhumor, raspaba las costras más oscuras de la comida, que al principio no era tan fea, pero acababa siempre con ese gusto amargo a quemado que afloraba y terminaba imponiéndose sobre todo lo demás.

Nunca supe cómo perdió la pierna mi abuelo: si nació así o si se la cortaron después. Siempre me contestaron con evasivas cuando pregunté.

Ese verano estudié con detenimiento los portarretratos de la casa. Todas sus fotos estaban tomadas de la cintura para arriba. Fotos en blanco y negro con su madre, fotos de su casamiento en las que él y mi abuela parecían otras personas y fotos a color junto a mi hermano. Muchas fotos con mi hermano, el nieto preferido.

Por las mañanas se iban juntos a recorrer “el Africa” y a buscar leones sin dientes. Cuando yo le pedía de acompañarlos, mi abuelo decía que mejor me quedara ayudando a mi abuela. Y salían los dos en el auto adaptado de mi abuelo, junto a su perro. Al animal le faltaba una pata trasera y, quizás por eso, tenían una conexión especial, hermanados por esa ausencia.

—¿Está bueno “el África”? —le pregunté una tarde a mi hermano.

—Es una pradera común y corriente —me contestó con aire de superioridad. Cuando pasábamos mucho tiempo con mis abuelos adquiría ese modo petulante. Es que lo trataban como a un miembro de la realeza.

—¿Y alguna vez viste los leones sin dientes?

-—Obvio, nena.

—¿Y al abuelo le comió la pierna un león?

—Eso que te importa a vos.

Yo no creía en esa historia de los leones sin dientes y me fastidiaba que me la contaran como si fuera una tonta. Aunque era cierto que habían existido leones en la zona. A principio de siglo, un hombre había montado un zoológico privado en su estancia. Dicen que había monos, serpientes, leones, hasta una osa polar, y que habían tenido que importar de Europa una fábrica de hielo para que resistiera los veranos de la pampa.

Mi abuela siempre había sido un manojo de nervios, pero su mal carácter se agudizó ese verano. Cocinar y limpiar le provocaban mucho estrés; cuidarnos a nosotros, más todavía. “¿Qué les digo a sus padres si les pasa algo?”, era una pregunta que nos hacía a diario. Nos tenía prohibido caminar por gran parte del jardín porque había un pozo ciego que podía succionarnos si lo pisábamos. No nos dejaba andar a caballo ni acercarnos al galpón porque había cosas peligrosas. Solo podíamos meternos en el tanque si estaba ella vigilando, aunque el agua apenas nos llegaba a la cintura.

Una tarde salí a dar una vuelta sola. Me acuerdo de la sensación de abatimiento, cansada de la comida de mi abuela y de su estado de alteración constante. Temía que el avión de mis padres pudiera caerse y que nuestro destino fuera vivir para siempre con ella. Escuché un estruendo que provenía del galpón y, pese a que estaba en la lista de lugares prohibidos, me acerqué para ver qué pasaba. Al primer golpe le siguieron varios más. La puerta de chapa temblaba con cada golpe rítmico y parecía que los remaches iban a salir despedidos.

Corrí a la casa para avisarle a mi abuela. Estaba regando unas plantas y se le desfiguró la cara cuando vio que el auto de mi abuelo salía del galpón y tomaba el camino del monte. Empezó a llorar en una crisis nerviosa. Cerró las puertas con llave, trabó los postigones de las ventanas y se encerró conmigo en la habitación para rezar en voz alta.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Como única respuesta empezó a rezar más rápido y más alto los avemarías. Me apretaba fuerte de la mano.

Estuvimos así media hora hasta que llegó mi abuelo. Mi abuela le contó lo del galpón, él dijo que estaba harto de sus locuras y salió dando un portazo.

Cuando volvió a la noche tuvieron una discusión muy fuerte. Siempre peleaban, pero ese día fue una pelea grande de verdad. Se encerraron en la habitación y desde afuera escuchamos los gritos de los dos, aunque las paredes eran gruesas y era difícil saber exacto qué decían.

Mi abuela no sabía manejar, así que ese verano mi abuelo era el encargado de hacer las compras. Íbamos a un almacén sucio que quedaba en el centro de Ribas, un pueblito cerca del campo. La dueña era una mujer vieja a la que le faltaban varios dientes. Mi abuelo decía que era una buena amiga suya y ella se reía con la boca abierta de todos sus chistes. Mientras mi abuelo se sentaba a tomar una coca helada, mi hermano y yo íbamos a las hamacas de la plaza.

Atrás del almacén, conectada por un patio, estaba la casa de la mujer. En el patio criaba chanchos y sus chillidos podían escucharse desde el mostrador. Mi abuelo la llamaba “la señora Gastañaga”, pero para nosotros era “la mujer de los chanchos”.

Poco tiempo después de ese verano, mis abuelos se separaron. Mi abuelo se fue sin avisar del departamento de Buenos Aires y a los dos días llegaron las noticias: estaba en Ribas viviendo con la mujer de los chanchos. A la semana nos enteramos de algo peor: la mujer de los chanchos se había instalado en la casa del campo.

Mi abuela pasaba tardes enteras en nuestra casa para que mamá la consolara. Lo que más le molestaba, decía entre sollozos, era imaginarse a esa mujer asquerosa en su casa, con sus sábanas, su ropa y sus cosas.

—¿Y cómo es? —nos preguntaba.

-—Es fea y sin dientes —le decíamos con mi hermano, pensando que la iba a aliviar saber que el abuelo estaba con una mujer tan desagradable. Pero causaba justo el efecto contrario.

Entramos a la habitación con varias bolsas de consorcio para vaciar los placares. La lámpara está quemada y mamá intenta subir la persiana. Está trabada: levanta las tablas de madera con una mano mientras con la otra tira de la correa.

Abro el cajón de la ropa interior y siento el olor limpio de la madera. Saco varios corpiños de encaje color crema y en el fondo, la veo: una foto de mi abuelo joven.

Está parado al costado de un alambrado con una caña de pescar y un border collie a su lado. Es una foto de cuerpo entero y tiene las dos piernas. Me parece tan raro verlo así.

—Mamá, ¿cómo perdió la pierna el abuelo? —le pregunto.

—Ay, por favor, no hablemos de eso ahora —contesta mientras dobla un saco azul de mi abuela. Con fuerza, casi con bronca, lo coloca en el fondo de una bolsa. Después toma un blazer de otra percha.

Sobre la autora

María Palacio nació en Buenos Aires, es abogada y desde 2009 vive en Tres Arroyos. Lo que más le gusta es leer, y desde 2019 también escribe cuentos. Asiste al taller literario de Sandra Stanicia, donde descubrió el placer de escribir en grupo y compartir textos.

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