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Vía Tres Arroyos / Entretenimiento

Pinceladas literarias: "Por un Mango"

Un nuevo cuento de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "Por un Mango"
Pinceladas literarias (IA)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
22 de agosto de 2026, 21:13
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Por un Mango

No llegó a tiempo para el milagro. La ermita está unos metros más arriba del lugar por donde cayó al vacío. Además, la Virgen Negra no lo representa: es judío. Los planetas no se alinearon para evitar la desgracia, tampoco fueron convocados. Padre e hijo no tomaron el funicular de Sant Joan o de Santa Cova. Decidieron caminar.

Isak Andic hacía senderismo un poco por placer y otro por obligación. Sus setenta y tres años contrastaban con los veinte menos de su esposa, Estefanía Knuth. Ella, golfista profesional, esbelta, rubia de piel tersa y mirada firme, lo obligaban a mantenerse en forma.

Los fines de semana, compartía la pasión del senderismo con el grupo de amigos con los que también jugaba al golf. Los domingos jugaba al tenis en alguna de las cinco canchas de su propiedad y leía debajo de la sombrilla que preparaban a orillas del mediterráneo los empleados de la casa.

Mientras hacía actividad física y se daba el baño de vapor diario y otro en una tina de hielo, los tres hijos iniciaban las actividades de la empresa. Él llegaba pasado el mediodía en el Porche deportivo que era parte de una colección privada de autos de alta gama.

Judith y Sarah, hijas de Isak, habían estudiado derecho y ciencias económicas. Tenían a su cargo el control de los más de dieciséis mil cuatrocientos empleados y dos mil setecientos locales en más de ciento diez países en todo el mundo.

Jonathan, el único hijo varón, tenía la responsabilidad de ampliar la cartera comercial, gestionar los convenios internacionales y mantener fuera de peligro la competencia con su opositor: Zara.

Tres chicos gauchitos diríamos los argentinos. Tres herederos a un trono construido sobre la memoria de las camisas turcas que su padre empezó a comercializar ni bien llegó a Barcelona, en su adolescencia.

Cuatro mil millones de dólares imposibles de guardar debajo del colchón, pero seguramente muy bien escondidos en un paraíso fiscal. Eso sí, esta cifra no era un secreto. Era la que la empresa de Isak había declarado un año antes de caer barranca abajo.

Aquella mañana fría de diciembre el despertador sonó a las seis y, antes de bajar a tomar el desayuno a la galería vidriada que daba al Mediterráneo, se duchó con agua fría. Comió frutas frescas y tomó un preparado especial de vitaminas y proteínas que le había recetado su médico personal. Se colgó del cuello la toalla blanca, se calzó el gorro de cuero negro y se prendió la campera Mango deportiva.

Jonathan declaró ante el juez que habían programado la actividad con la idea de bajar los tiempos que habían hecho tres semanas antes. De paso, hablarían sobre sus gastos personales y las dudas que tenía Isak sobre la economía de la empresa. También quería compartir con su padre, reacio a escucharlo seriamente, el plan de negocios moderno que tenía para proponerle y por qué no podía confiar en los diseños que elegía su esposa Estefanía.

En el estacionamiento Isak le pidió que lo dejara caminar solo. Que necesitaba pensar. Subió los primeros metros y, a pesar de toda la preparación física previa, las setenta décadas le pasaron factura. Le faltó el aire, apoyó las manos en las rodillas con la espalda doblada y la vista al suelo para recuperar la respiración. El hijo, detrás suyo, corrió hasta alcanzarlo y paró al lado suyo, también para desacelerarse.

Isak le clavó la vista reprochándole con la mirada que no hubiera seguido sus órdenes. Jonathan se acercó más y lo tomó del brazo. Caminaron otros metros más hacia la cima. A media mañana, dos gritos desgarradores sonaron en el silencio de Montserrat, uno antes que el otro y los pájaros que buscaban refugiarse del viento volaron alejándose de la polvareda que levantó el cuerpo.

La herencia no se dividió por tres. La señora Andic pidió setenta millones que, según sus abogados, le correspondía. La muerte tiene ese qué se yo que hace que las personas fallecidas sean las más buenas del mundo y los que quedan, especialmente los que quedan y están aptos para cobrar la herencia, se convierten en algún asesino de Poe.

Los letrados de los hijos no firmaron el acuerdo solicitado por la hermosa Estefanía y esto la animó a contar los chismes más jugosos de la familia. Empezó, como era de esperarse, por los vínculos de dudoso amor fraterno y paterno entre su difunto esposo y los hijos.

Las declaraciones llamaron la atención de los fiscales que habían investigado la causa y decidieron desarchivarla y volver a investigar. La jueza justificó la apertura de la causa no solo por el testimonio de la viuda. Lo hizo después de analizar las huellas en la montaña por donde Isak había caído.

Las muestras obtenidas en el lugar eran de la pisada de las zapatillas que llevaba puestas aquel día. La marca delató su pisada: unos metros para adelante y varios para atrás del borde del precipicio.

Estefanía Knuth declaró que el 14 de diciembre de 2024 su esposo se levantó como todos los días, pero antes de que terminara de desayunar, había recibido el llamado de su hijo Jonathan. Ella tenía el entrenamiento semanal en la cancha de golf. Habían quedado en almorzar con Isak para discutir la nueva colección de Mango.

Luego él pasaría por las oficinas centrales a recibir el informe financiero semanal y revisar las inversiones recientes. Había escuchado en la cancha de tenis que las mujeres de sus amigos compraban en Zara porque tenían grandes descuentos por el cincuenta aniversario.

Inquieto por esta noticia, hacía dos semanas que le recriminaba a su hijo que moviera los mercados latinoamericanos y asiáticos y, que se tomara el tiempo para caminar por la Rambla para contar bolsas de Mango y cuántas de su competencia veía.

El hijo había discutido fuertemente con Isak la semana anterior a su muerte. La reunión fue en la casa del padre, pero a pesar de que Jonathan desparramó carpetas, gráficos, mediciones, sistemas de venta y nuevos diseños y propuestas de marketting, Isak revoleó todo por el aire y le cerró de un manotazo la notebook.

Estefanía también declaró que esa misma noche, su esposo le gritó en turco a su hijo y que lo echó acusándolo de vaciar una de las cuentas bancarias en la que compartían firma.

El multimillonario Jonathan Andic paseaba con la novia de turno por Ecuador porque, según declaró cuando lo detuvieron, buscaba nuevos mercados ya que su padre no había expandido el negocio como a los hermanos les hubiera gustado.

En la frontera le requirieron el celular, pero dijo que se lo habían robado. Ya en suelo catalán, los investigadores ordenaron hacer el seguimiento del GPS del móvil de Jonathan y lograron abrir la mensajería, los mails y las redes del acusado (había pasado de ser el deudo a ser sospechoso de asesinato). Lo del robo no prosperó en épocas de inteligencia artificial y altas tecnologías.

—¿Por qué fue tres veces a Montserrat?

—A caminar.

—Su GPS lo ubica tres días seguidos en el mismo lugar, a metros donde cayó su padre.

—No siempre iba con él. No aprobaba que yo le rezara a la Virgen Negra. Nunca superó que no quisiera ser sefaradí como él.

Las suelas de las zapatillas de Isak no lograron anclarlo al suelo; no había arbustos ni retamas de las que pudiera asirse; el eco del cuerpo rebotando contra las paredes del precipicio se confundió con el viento; el golpe seco y fuerte levantó polvareda. Tiempo de rezar en el credo que el hijo quisiera. Tiempo de llegar a la cima donde estaba la ermita. Tiempo de pedirle a la Virgen Negra paz y prosperidad, tanta como ella quisiera.

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