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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "La inundación", un cuento de Analía M. Angeli

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "La inundación", un cuento de Analía M. Angeli
Pinceladas literarias (Vía Tres Arroyos)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
25 de julio de 2026, 21:12
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La inundación

Cada domingo, al terminar el almuerzo en la casa de los abuelos, empezaba la misma historia. A Rocío le atraía la casa grande llena de recovecos, la galería larga, el salón del frente con sus ventanas bañadas de sol, el enorme galpón sin techo y el olor de la comida rica de la abuela.

Estaba también su prima Valentina, el atractivo principal; la pequeña de un año y medio vivía en esa casa con su mamá. Empujada por el peso de esos motivos, Rocío preguntaba primero con delicadeza ¿Me puedo quedar?; si no obtenía una respuesta positiva, insistía con vehemencia hasta lograr el objetivo.

Siempre era igual, la madre hacía como que no la escuchaba, el padre dudaba y los abuelos consentían. Al final, ganaba la batalla.

Aquel era un domingo de febrero, y por supuesto Rocío había sacado un resultado a favor. Se despidió de sus padres y hermanos con la promesa de que esa misma tarde, el papá le traería la ropa para varios días.

La madre le preparó un bolso más grande, principalmente porque no dudaba de las habilidades de su hija para conseguir sus propósitos y sabía que terminaría quedándose más tiempo del acordado con los abuelos y la tía. Ninguno, en ese momento, hubiera adivinado que la estadía se alargaría por muchos días más.

Esa noche, durante la madrugada se largó la lluvia y por cuarenta y ocho horas no paró. El cielo lloraba agua a mares; con viento, sin viento; con relámpagos, sin relámpagos; con sol y sin sol… llovió, diluvió, lloviznó.

El arroyo que bordeaba el pueblo se vio superado ante el caudal de agua caída, desbordando en cuestión de pocas horas hacia los campos aledaños. La pendiente natural del suelo, debido a la fuerza de la corriente, formó cauces antes inexistentes por los que el agua, impetuosa, cruzó la ruta y avanzó hacia las zonas habitadas.

Durante la mañana del miércoles la calle de la casa de los abuelos se convirtió en un río de agua con barro que crecía y no paraba de crecer. Corría y no paraba de correr. Por suerte, la propiedad estaba sobre un terreno alto y la correntada no la afectó.

Rocío, con su prima en brazos, miraba por la gran ventana del salón y afirmaba con seriedad mal disimulada: Me parece que no voy a poder irme a mi casa, no se puede salir. ¿Querés que vayamos a jugar, Valen? Si hubiera planeado un argumento para convencer a sus padres que la dejaran quedarse más tiempo, no le hubiera resultado tan bueno como el de la inundación.

Pasaban los días y en la calle el agua seguía su curso lamiendo los bordes de la vereda pero sin entrar a la casa, como si no quisiera molestar. Rocío se levantaba temprano todas las mañanas, tomaba el té con galletitas, mermelada casera y queso mientras esperaba que Valentina terminara de tomar la mamadera, sentada en su sillita de comer.

La bebé succionaba sin sacarle los ojos de encima a su prima, pataleaba y se reía con la tetina a un costado de la boca mientras la escuchaba hablar. Con la mamadera a medio terminar le estiraba los brazos. No quería que nadie más la bajara de la silla. Entre los últimos tragos de té, Rocío decía: Me parece que no quiere más leche, ¿la puedo agarrar a upa? Se calzaba a Valen en la cadera y la llevaba de un lado a otro.

La sentaba en el triciclo y le enseñaba a andar; la subía al caballito de goma y la hacía saltar; se sentaban en el piso y jugaban con las muñecas a la casita. A la más chiquita le fascinaba estar con su prima de nueve años, la seguía por toda la casa. Antes de la inundación y cuando los días eran lindos solían dar paseos por la vereda, tomadas de las manos iban de una esquina a la otra, bajo la atenta mirada de la abuela o la tía.

Durante esas caminatas Rocío, conversadora por naturaleza, inventaba historias con ponies, princesas, dragones, arco iris. Pero la calle estaba llena de agua marrón que arrastraba ramas, botellas, plásticos y vaya a saber qué otras cosas; así que los cuentos se contaban adentro.

Después de siete días de correr y correr, el agua empezó a bajar; y por fin pudieron salir a la vereda a dar una vuelta. La abuela apareció con la cámara de fotos para retratar el paisaje del barrio de ese atípico fin de verano; doña América no recordaba haber vivido ninguna inundación como esta.

Le llamaba la atención el contraste llamativo de los paraísos, eucaliptos y enredaderas de los frentes de las casas con el río sucio y chocolatoso en que se había convertido la calle. De paso no perdió la oportunidad de tomar fotos a sus nietas. A ver, párense ahí y tenela bien de la manito. Ahora caminen para allá y quédense quietas en la esquina que les saco. Levantala a la Valen y pónganse cerca de esa planta.

La abuela había entendido que con el tiempo no se negocia, es un dios que convierte los días felices en cortos e irrepetibles, por eso aprovechó la cámara para detener esos instantes.

Dos o tres días después, llegaron los tractores con las palas mecánicas y empezaron a rascar el barro que ya olía feo para tirarlo en camiones y llevarlo hacia las afueras. Desde adentro, Rocío miraba a las personas y a los vehículos trajinando en la calle. Los abuelos y la tía tomaban mate; en el piso del salón ella y Valen los imitaban con la pava, la yerbera y el mate de juguete.

Masticando la puntita de una galleta, Rocío preguntó: ¿Qué día es hoy?; el abuelo fue el que respondió: Hoy es jueves veinticinco de febrero. Al escucharlo se quedó seria y preguntó algo más: ¿Falta mucho para empezar la escuela?. Diez días más o menos - dijo la tía.

Con la vista puesta en la ventana, recibió el matecito que le ofrecía su prima y atinó: Capaz me puedo quedar hasta que me lleven a comprar los útiles. Me parece que mi papá no cobró todavía. Los grandes se rieron. Pero ella no había dicho un chiste.

Sobre la autora

Analía M. Angeli; Soy de Vicuña Mackenna, Córdoba. Mi familia son la gente que amo, mi hija, amigos, compañeros, familiares, esos que están cerca de mí y conectan conmigo desde algún lugar. Soy Profesora de enseñanza primaria y directora de una escuela. Me gusta mucho leer y hoy, más que nada, escribir es un cable a tierra. Participo desde hace tiempo del Taller de Literatura “Claraboya”.

Ese tiempo de encuentro con el profe y mis compañeras es muy valioso; siento que poco a poco descubro infinitas caras del mundo literario. Contar la vida a través de las palabras, tejer y destejer mil veces para decir es fascinante; los textos no sólo buscan agradar, buscan crear un vínculo entre lo escrito y la mirada del lector.

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