Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas Literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con la participación de Marcelo León:
HISTORIAS DE LA PLAYA
Cambios
Hoy amaneció lloviendo. Después el viento sur se llevó las nubes oscuras y para las seis de la tarde la arena volaba nuevamente y el arroyo retrocedía con fuerza hacia los campos.
A la tardecita el sol hizo lo que vino a hacer: cruzó los ventanales hasta apagarse en el océano.
El tiempo no detiene su fuerza. No podemos planificar nada. Solo tomar decisiones.
Viento
Es verano, el viento del este corre en diagonal desde el mar hacia los acantilados. Son las seis de la tarde. Algunos hacen fuerza detrás de las camionetas, todos muy juntos tomando mate y envueltos en camperas y lonas sabiendo que el día en la playa está terminado. Las reposeras negras y amarillas, las sombrillas violentadas se doblan. Una nube de polvo hunde al faro entre los siempre verdes.
Ballenas
Otoño en la playa. Nos disponemos a almorzar. La gente en la orilla observa el espectáculo sin precedentes de las ballenas que buscan su lugar de apareamiento y cruzan nuestra costa lentamente rumbo a la península. Pronto pensamos que puede tratarse de una especie animal cobarde, que no arriesga nada. Siempre hace lo mismo: año tras año los iguales recorridos, el mar y sus bordes. Objetos.
La misma grandilocuencia de sus cuerpos pesados saliendo parcialmente del agua para ser fotografiados. Los turistas todos, apurados, poniendo en marcha y direccionando sus lanchas, incorporando elementos tecnológicos para cazar imágenes fijas o en movimiento. La protección y la desprotección de ecologistas y científicos recolectores de plástico y redes. La inundación espasmódica de imágenes de sus aletas caudales.
Un perro
Una camioneta pasa rápido por la costanera, la nube de polvo gris inunda las casas. Frena y se estaciona frente a un comercio de artículos de pesca. El hombre baja y abre la tapa trasera del vehículo para que el perro baje en un salto. Los dos entran al negocio.
Me gustaría tener un perro imposible de dejar cuando me voy de viaje. Los perros siempre son compañeros cuando el dueño es disciplinado, pienso. Yo solo espero que me quiera y se acomode a mi desorden habitual de cosas por instinto natural de perro. Que corra por la playa hasta no verlo y un día vuelva.
Un caracol
Descubro el olor profundo del mar en un caracol pequeño. Entero y perfecto. Todo está ahí. Un caracol que no ha sido golpeado por las piedras. Lo llevo en mi mano derecha. Tiene millones de años. Pienso: lo que sale del mar no tiene edad o tiempo de nacimiento exacto. Crece lo suficiente y va rumbo a tener otro millón de años en cualquier momento. Admiro esa posibilidad de ser inmortal o tener millones de años. Ingreso al mar.
El sol
Son las once horas de un cuatro de enero. La playa está cubierta de sombrillas rojas verdes y amarillas. Los bañeros delimitan con banderas la zona de baño. Son embudos colocados cada cien metros cuyo destino son los humanos en malla. Cada uno va como un animal rumbo al corral. Hacen un camino de ida y vuelta sabiendo que el destino de la ola desdibuja esa huella. No deberíamos estar al sol. Pero es imposible. Sale, rompe nubes y calienta cuando quiere. No es una decisión.
El viento II
Hoy habrá seguramente arena y restos de sal. Gente mirando las vueltas rápidas de la luna si la noche se llena de estrellas. Médanos en movimiento y el arroyo pretendiendo en vano hacerse fuerte en su choque contra el mar. Dejarse llevar por el sudeste tal vez sea lo mejor, lo natural. Dejar que nos lleve y nos acomode donde quiera. Su silbido de tierra irá borrando el negro y blanco del faro.
Nosotros y el viento
Nos tomamos de la mano y avanzamos mientras las camperas se van inflando. En la playa hace frio a pesar del verano. El sol anda por ahí iluminando a dos caballos que corren, sus patas parecen escupirle arena al viento. Tu voz es rara. Ni ronca ni apagada se activa con calma y sabiduría: esos animales aún no saben nada de nosotros.
Navidad en la playa
El tiempo esta vez no servirá para saber qué fue lo que pasó
Ese año alquilamos un complejo de ocho cabañas. Treinta o cuarenta personas unidas por una navidad inolvidable. Había gente que hacía muchos años que no se encontraba. Hermanos de más de sesenta años con sus mujeres y sus hombres nuevos y viejos, hijos y demás. Primos jóvenes con sus novias de hace mucho y de hace poco. Estaban los otros también, los que siempre la pasaron juntos. Había borrachos de antes de la cena y de después.
Había muchos niños, nadie los contó. Había vestidos largos de fiesta elegante y gente sudando en cuero haciendo carne asada. Había gente de mar y de tierra.
Pasada la madrugada empezaron a confluir todas las miradas posibles. Mi madre se cansó y se fue apenas antes del brindis, se cubrió con un poncho salteño que encontró en el piso camino a su cabaña. Amaneció en la playa amarrada a una foto pequeña de papá, cubierta de arena de espuma y de gritos. No esperaba nada de nadie esa noche.
Un hombre
Sentado en la baranda de un balcón hay un hombre pequeño. Es el quinto piso de un edificio frente al mar. Visto desde la playa sus piernas cuelgan al vacío, aunque la tierra es redonda y entonces colgarían al centro de la tierra por atracción de la gravedad. Abajo hay gente mirando en silencio y comentando este sinsentido. Los comentarios van desde quien será, de lo peligroso y espectacular, hasta si es una puesta en escena, una futura historia.
Ahora el hombre se mueve y abre sus brazos. Por la distancia nadie puede ver sus ojos. Algunos se preguntan si con su mirada podrá ver el punto justo hasta dónde quiere llegar o si solo pretende sobrevolar la zona en busca de barquitos naranjas, peces y gaviotas para luego volver a posarse en su balcón. Puede que toda la libertad esté de su lado dice una señora. Y si vuela, se pierde en el aire y nunca nos cuenta cómo lo hace, dice su amiga. Claro, dicen al unísono y continúan caminando en dirección a la pescadería. Ahora se pone de pie sobre la baranda con los brazos abiertos.
De cómo los humanos en la playa todo lo transforman en espectáculo
09:45 horas. Por la nube de polvo y la caída de algunos árboles con seguridad diría que vienen por el camino. Si. Ahí están: son los turistas bajando a la playa. Vienen arreando cuerpos y cosas que nunca se vieron. Esto no había pasado nunca confirman y lo dicen los viejos guardavidas con sus chalecos de cuero.
Resulta que por aquí ya es imposible una playa sin cuatriciclos, lanchas, motos de agua, gazebos y más gazebos como cocheras para guardar camionetas. Algunas personas de la localidad habían dicho que esto iba a pasar. La novedad ahora, la noticia, el espectáculo, es que han incorporado dinosaurios herbívoros. Caminan despacio atados a las cuatro por cuatro.
Son las quince horas y en el mar el agua se eleva en torbellinos. Pronto lo natural se completa con el viento sur. Vuela todo a su paso. Se amontonan cerca del arroyo los retorcidos aluminios, las telas y enquinchados.
Los herbívoros desorientados no tienen culpa. Debido a su gran tamaño rompen las correas y caminan rumbo a los pinares a su ritmo pisando camionetas, jóvenes y adultos. Después la noche y los días van restableciendo las viejas costumbres.
Sudestada y sueño
Miro por la ventana la claridad que asoma por el este. El mar llega a los acantilados y vuelve pesado arrastrando arena. Los enquinchados hacen el viejo simulacro de ser la muralla china pampeana. Días de sudestada. Me coloco los auriculares blancos de mi hija y busco en el dial. Cierro los ojos. Escucho una historia sobre ovnis en la provincia de San Juan. Tal vez por dormir poco y desordenadamente enrollado me duela la espalda. Son las seis de la mañana.
Enciendo la tele y la dejo en silencio. Hay una entrevista a Charly García. Es un estudio de televisión pequeño de una señal de cable. Sentado en un sillón frente a su teclado resulta extraño verlo tan inmóvil.
En un momento se le cae el sombrero hacia atrás y se lo coloca inmediatamente, en un gesto de coquetería, como si todo su pelo importara tanto o más que sus extraordinarias canciones. Vera Spinetta está a su lado, lo abraza, lo besa en la mejilla, le habla y trata de retransmitir lo que él dice con dificultad. Ríe, lo vuelve a abrazar, lo sostiene como a un abuelo cansado, que disfruta.
Las olas golpean las casillas de los bañeros, la espuma cruza la costanera.
Charly tiene el pelo negro y las uñas de sus manos pintadas de un color oscuro.
Vera es hermosa y se nota que lo ama.
Boliche en la playa
( Escucho el álbum Bright Red de Laurie Anderson. En la tele están dando la formación de Racing. Hoy se juega una semifinal de campeonato contra Rosario Central. Me siento en uno de los sillones de la cabecera de la mesa. Me saco el pullover y comienzo a escribir.)
Se escapó María Paz por la ventana. Saltó al techo del garaje y de ahí al paredón que da al vecino y luego la calle. Volvió a las seis o más tarde. No la buscamos. La esperamos. Después escuchamos que entraba otra vez por la ventana. Nos quedamos tranquilos que volvió.
Es pelear o esta forma de dejar que las cosas sucedan. No la buscamos como otras veces entre los médanos y las camionetas.
Se levantó.
Le dijimos que no sabemos qué hacer con ella.
Que estamos perdidos.
Nos miró. No dijo nada. Empezó a comer.
No saber qué hacer se parece al abandono. Se parece al olvido. (Pero bueno, es lo que hay).
Mí madre me hubiera sacado de los pelos de cualquier lugar que considerara que no era el adecuado.
María Paz no habla.
Terminamos de almorzar, Juan se acuesta. Me acerco, la miro a los ojos unos segundos y no entiendo porque llegamos a este punto.
Hotel familiar
Laura pide que la escuchen, es una cena familiar, un asado rápido después de la playa. Laura habla. Ha decidido con Marcos marcharse a Mendoza en quince días. Su suegro falleció y queda el negocio familiar.
-Si no voy hay que cerrarlo, es una lástima. Es un vivero. No sé nada de plantas. Nunca me han gustado, no se regar ni trasplantar ni nada pero Marcos quiere ir, es su tierra y fue su trabajo desde muy chico. Desde que pudo hacerlo hasta que nos conocimos y ese verano decidió quedarse conmigo.
Hay una casa grande y un trabajo, un lugar donde crecer. No puedo seguir esperando con mis hijos y castigarlos así. La vida de este hotel de playa está terminada desde hace tiempo. Al fin de cuentas que futuro hay viviendo de temporada en este lugar al que yo no vendría nunca de vacaciones.
Sueños
“Ella cruzaba y volvía a cruzar las piernas a la manera de una virgen alta e inquieta. Yo, ni virgen ni alta cruzo espasmódicamente las mías al ritmo de un dolor que te da a luz y a la vez te retiene como un tesoro” Andrea Morales.
El primer recuerdo que tengo es de ser muy jóvenes, de los dos en moto a toda velocidad en una escollera cubierta de niebla rumbo al mar. Después para su cumpleaños. Éramos treinta o cuarenta personas ese verano. En un momento empezó a tirar todas las copas las botellas y los platos por la ventana de un segundo piso donde vivíamos, pensó que estaba encerrado en el baño con su amiga de la facultad.
