Pinceladas literarias: "El hilo azul"

Un cuento de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "El hilo azul"
Pinceladas literarias (Befunky)
11 de octubre de 2026, 11:20

Rosario es baja, usa el pelo atado con una cola y tiene los cachetes colorados por andar pedaleando con tanto frío. No está vestida de enfermera, tiene un pantalón de jogging azul raído y una campera de lana tejida a dos colores: rosa y amarillo. El aroma a alcohol y lavandina entran con ella. Limpia la salita del Barrio Boca, no volvió a ejercer como enfermera, no la dejaron. En la oficina de la redacción del diario está todo dispuesto para que ella dé su versión de los hechos. Dice que no tiene nada para perder y que, si le sirve a la familia de María, está dispuesta a contar todo lo que pasó en el quirófano. Dice que su verdad no fue escuchada y que ahora, a seis años de que la echaran del Hospital no le importa hablar. Dice que no se va a arrepentir de decir la verdad.

El 15 de mayo de 2020 María González muere, semanas después de que le hicieran una cesárea, como consecuencia de una infección peritoneal. De acuerdo con la investigación judicial, los profesionales que la vieron en la guardia del Hospital incurrieron en una presunta mala praxis por violación de los deberes de cuidado. El doctor Juárez la atendió el 16 de abril recetándole analgésicos, mientras que el doctor Juan Pelazo la atendió el 25 de abril y le indicó un antibiótico (cefalexina) enviándola de vuelta a su casa. La fiscalía sostiene que omitieron realizarle estudios complementarios esenciales o una interconsulta ginecológica urgente, lo que impidió detectar a tiempo una endometritis (infección en el útero). María tenía 25 años y, según la información de la historia clínica y testimonios recabados en el Hospital, sufrió una infección que no fue detectada a tiempo. La Justicia rechazó los pedidos de sobreseimiento y confirmó la elevación a juicio de los profesionales.

Rosario hacía guardias pasivas. La llamaron para cumplir con sus funciones de enfermera de quirófano en una cirugía de urgencia. Fue el lunes que le practicaron a María la cirugía para frenar la infección. Estaba en la etapa del puerperio cuando se presentó a la guardia-dos veces- con estado febril y dolor abdominal. Los síntomas persistieron y una tercera evaluación determinó la urgencia del caso. En la sala de operaciones se siguieron los protocolos correspondientes. Rosario terminó el lavado quirúrgico para entrar; se ajustó la cofia y el barbijo. María González ya estaba en la camilla cuando ella llegó. Una y otra vez repasa aquellos acontecimientos: se desinfectó, alcanzó el instrumental, se acercó a María, observó la compresa y registró en la historia clínica los pasos que se siguieron después de que la encontraran: retiro, descarte, limpieza. Los repite como un mantra.

El relato no tiene adjetivos, ni eufemismo, ni metáforas. Mira un punto fijo de la pared como si tuviera frente a ella una pantalla de cine y dice: Puede pasar, yo no digo que fuera a propósito. La chica llega a la guardia con fiebre y dolor abdominal. Deberían haberla mandado a ginecología o a maternidad. Se le dieron analgésicos y volvió varias veces más porque nunca se sintió bien. Desde la guardia no se hizo ninguna evaluación porque se supuso que eran dolores normales.

Finalizada la intervención quirúrgica Rosario anotó en la hoja de enfermería todo lo que vio y lo que pasó en la sala de operaciones, pero antes de que pudiera poner su firma se acercó el anestesiólogo y un médico cirujano-esposo de la doctora que asistía en la operación- para pedirle que deje de escribir porque ellos completarían la hoja clínica. Rosario levantó la cabeza y sintió la mano húmeda del médico sobre su hombro. Lo miró por encima de los anteojos y dijo: No puedo, doctor. Hago lo que me enseñaron. Escribo lo que observé en los renglones de enfermería. Detrás el murmullo fue levantando volumen. No distinguió quién gemía. Volvió a la hoja y puso el punto final después de escribir: Observé dentro del abdomen de la paciente una compresa de gasa. Las médicas la retiraron y descartaron.

El marido de una de las médicas- el mismo que entró a la sala de operaciones intempestivamente- le pidió, nuevamente, que no anotase esa observación. Dijo que había sido una infección peritoneal. Rosario insistió en escribir lo que había visto. Sin mediar otra palabra el médico le sacó la hoja de la historia clínica y se la llevó.

Rosario pide un vaso con agua y toma tres sorbos cortos sin levantar la cabeza. Podía haber sido yo, mi hermana o mi hija, repite como un nuevo mantra. Dice que, al día siguiente de la intervención el rumor de lo ocurrido adentro de la sala de quirófano circuló por los pasillos del Hospital. También llegó a oídos del marido de María González que llevaba días durmiendo arriba del auto con el bebé recién nacido y otro de tres años. Todas las noches que la chica estuvo internada él durmió en la calle con sus hijos.

Cinco días después, mientras Rosario estaba haciendo su trabajo, la llamó la supervisora a la oficina en Emergencias para preguntarle qué había de cierto en los rumores que circulaban a los gritos por los pasillos desiertos del Hospital. Las dos mujeres, separadas por un escritorio bajo y mal encuadrado, empezaron a conversar y minutos después se abrió la puerta a sus espaldas. Era su jefe de quirófano que se quedó parado detrás. Rosario restregó las manos contra la chaqueta del uniforme. No tengas miedo, le dijo la jefa, si toman alguna represalia no te hagas problema. Asegura no haber vuelto a ver el expediente después de la cirugía, pero supo que nadie había corroborado lo que ella decía. No se confirmó que hubiera una gasa en el abdomen de María que murió por peritonitis una semana después de la cirugía.

Rosario suspira y parece que buscara recomponerse mientras se acomoda en la silla buscando una posición cómoda. Dice: Las compresas tienen un hilito de color azul que sale en las radiografías o ecografías, por eso tienen ese hilito, como medida de seguridad que ayuda a detectar si ocurriera un problema así. Había mucho líquido, ascitis, eso fue lo que informé cuando terminó la cirugía y que se pasó antibiótico por suero para cubrir cualquier infección.

En la resolución judicial, los jueces explicaron el accionar de los imputados: "El primero de ellos, ante esos síntomas, prescribió ibuprofeno y diclofenac, otorgándole el alta, y el segundo le recetó cefalexina, enviando a la paciente a su hogar". En el fallo se destaca una omisión considerada clave: "Ninguno dispuso otros estudios complementarios, ni efectuó una interconsulta con el servicio de ginecología". A Rosario nadie la llamó para declarar. Sólo una vez, uno de los médicos que había atendido a María González en la guardia le preguntó si podía testificar lo que había visto en la sala de operaciones. Para la Justicia, las pruebas aportadas demostraron una clara "vinculación causal" entre la intervención quirúrgica y el riesgo de infecciones. La Asesoría Pericial concluyó que el proceso infeccioso comenzó tras el alta de la cesárea y presentó manifestaciones que "no fueron jerarquizadas en las consultas por guardia", lo que impidió lograr un diagnóstico precoz y un tratamiento oportuno.

Rosario siguió trabajando en el Hospital. Un día en una intervención quirúrgica de rutina, alguien cambió la medicación analgésica que estaba sobre la mesa de trabajo en la sala de operaciones. Cambiaron las etiquetas de los frascos de analgesia para que me equivocara, dice. Pero, lo peor estaba por venir…

Mientras hacía su trabajo en esterilización una compañera enfermera la empezó a acosarla: le apoyaba las tetas en la espalda, le tocaba la cola, le proponía hacer quintetos, tríos y, ante su negativa permanente, la situación de malestar empezó a crecer y a empujarla para que se fuera. Decidió contratar a un abogado para enviarle a la acosadora una carta documento que no prosperó porque su jefe de quirófano no confirmó lo ocurrido.

Cuando Rosario pensaba que podía volver a trabajar tranquila un nuevo episodio la sacudió. Dice que la enfermera que la acosaba sexualmente escribió en Facebook y en carteles que colgó de las paredes del Hospital que ella era una envenenadora. Según su relato Rosario le había dado a su hija, a través de la reja de ingreso a su casa, caramelos con droga adentro y que otra enfermera le había sacado fotos que así lo corroboraban. Rosario, al enterarse, buscó a enfermera que supuestamente había tomado las fotos acusatorias. La mujer confirmó que se había ido a pasar el domingo a Reta y que no había sacado esas fotografías. Legalmente nada de eso se pudo comprobar, además, Rosario demostró que había pasado la tarde con otra compañera. Después de estos acontecimientos la dirección del Hospital decidió pasarla a Clínica donde permaneció dos años y, de ahí, a la salita del Barrio Boca. Se quedó sin las guardias pasivas y con la mitad del sueldo.

Leyó en la página digital del diario La Nueva que los camaristas del caso consideraron insuficientes los argumentos de la defensa de los médicos que atendieron a María en la guardia que pretendían demostrar una conexión entre la fecha de la cesárea y la del fallecimiento de María por la infección. Rosario afirma que había una compresa adentro del abdomen de María. Afirma que escribió lo que vio en la sala de operaciones. Afirma que, si alguien hubiera detectado el hilo azul de la compresa, tal vez, María podría estar criando al bebé que no pudo ver crecer.