Pinceladas literarias: "No hay forma de escapar" un cuento de Analía M. Angeli
Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.


Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra. En esta ocasión con un cuento de Analía M. Angeli:
Ana está despierta desde las cinco. Le gustaría poner persianas en todas las ventanas para ganarle tiempo a la claridad del amanecer; lo mejor para ella sería que la noche no tenga fin. Cada mañana, los bordes abiertos de las cortinas block out dejan pasar la luz como pinchazos y así es como la amenaza de otro día que empieza a rodar le aprieta la garganta. No hay forma de escapar.
Facu regresa del turno noche a las siete y media en punto. Se le oscurece el humor si algo lo retrasa y no es aconsejable. Ana lo sabe. Su marido entra sigilosamente, como si fuera un ladrón, va derecho al baño, se desviste y se da una ducha de agua bien caliente.
Antes de acostarse ella le ha dejado preparado el pijama, la bata y las pantuflas en el mueble del baño. Toalla y toallón limpios, con aroma a lavanda. Si en el transcurso de la noche Ana se secase las manos con esa toalla, él lo notaría. Nadie puede usar lo que es de él, porque se le oscurece el humor. Te dije que me dejaras las toallas blancas de algodón. Estas me raspan. Traeme las que te pedí. ¡Ya!. Facu ahora es sensible.
Facu, el chico de pelo castaño y ojos verdes, alto, hombros anchos y brazos fuertes, el que se reía a carcajadas con sus amigos, el que la llevaba durante horas a dar vueltas en moto. En esas noches sin prisas de la adolescencia solían bajar por el caminito que lleva al arroyo, tiraban una manta en el pasto, miraban juntos las estrellas inventando nombres y formas nuevas de constelaciones. Ana se pregunta si los manchones oscuros de la Vía Láctea fueron metiéndose dentro de él.
Ana, abanderada en la primaria y en la secundaria, única hija, ojos como uvas negras; el pelo largo, ondulado y castaño se le desarticulaba sobre los hombros cada vez que se reía. Sus compañeros la adoraban cuando oían su risa limpia, ruidosa, imparable. Siempre había creído que Facu se había enamorado de ella cuando la veía reír. A veces lo espiaba de reojo y descubría su mirada por encima de los hombros de los compañeros que se sentaban entre los dos; a ella le gustaba ese juego pero más le gustaba él. Ahora, en estas madrugadas de ojos abiertos, Ana especula que de tanto mirarla él se oscureció por dentro.
Noche tras noche, día tras día repasa el tiempo vivido con él antes de casarse, no encuentra nada más que buenos recuerdos; en cambio en estos últimos años la frialdad de su mirada, las palabras como latigazos, los silencios largos y su espalda es lo que más conoce de Facundo. Como si algo lo hubiera cambiado, como si se le hubiera reiniciado el cerebro y la hubiera borrado de su vida convirtiéndola en una extraña con quien tiene que convivir. Esta noche te toca; esperame despierta y bañada. Ponete el perfume y la ropa que te regalé, si querés pasarla bien. Ya sabés cómo me pongo si no hacés lo que te digo. Ana sabe bien. Y hace todo al pie de la letra. Sólo cierra los ojos, viaja al pasado de noches estrelladas y actúa un amor que hace mucho dejó de fluir. Se le revuelve el alma pensar en esos días de la universidad, en los que ella se dormía en sus brazos escondiendo la cara en su pecho.
Ella ha aprendido a controlar el llanto delante de él, ha encontrado la manera de fugarse a pensamientos bonitos cada vez que Facundo pisotea todo lo bueno que tenían. Lo único que tenés que hacer es mantenerme contento pero ni eso podés hacer. Y Ana agacha la cabeza, él no debe ni sospechar su indiferencia, debe estar convencido que la sigue lastimando por enésima vez. Cómo no me di cuenta antes de que eras una inútil. Ana sube el volumen de sus pensamientos. La voz de Facu le llega desde lejos. Pero coquetear con el de la verdulería sí sabes. Y con el tipo que vino a arreglar el internet. Así, todos los días la misma banda sonora. No hay forma de escapar.
Desde que se casaron hace tres años, viven en ese barrio cerrado, alejado del centro, con casas modernas y separadas entre sí; habitadas por parejas jóvenes o personas solteras que trabajan la mayoría en el centro o en la zona industrial. Casi no conoce a ninguno. Ana sale poco y la mayoría de las veces lo hace con él. Tiene un celular pero Facu le ha instalado una aplicación que permite sincronizar su pantalla con la de ella en tiempo real, así monitorea cómo lo usa y activa la cámara o el micrófono de manera remota cada vez que a él se le da la gana. Para que no te mandes ninguna de las tuyas, sos tan tonta que cualquiera te jode a vos. No hay forma de escapar.
Ana ha cultivado el arte de fingir mostrando cómo ser la esposa que él quería tener, ha aprendido a mantenerlo contento, a no gritar, a usar el perfume caro que él le compra y la lencería de la marca más top del mercado. La calidad de vida cuesta, querida. Lástima que no estás a la altura para pasearte por ahí…La mona aunque se vista de seda…En fin al menos acá adentro servís para algo; afuera ¿quién te miraría?.
Ana está sentada en el piso, la espalda contra la mesada. Hace diez minutos llamaron de la empresa:
- Señora Ana?
- Sí
- Soy Carolina, gerente de recursos humanos de Atlas Energía. Su esposo dejó este número para contactarla.
- Sí dígame.
- Es muy difícil lo que me toca decirle, su marido se descompensó aquí en el trabajo, fue atendido inmediatamente por nuestro servicio de emergencias médicas pero lamento decirle que nada pudieron hacer para reanimarlo. Lo siento mucho señora…
Cortó la llamada. Mientras resbalaba hacia el piso, una correntada de lágrimas guardadas se soltó. Y lloró sí, se desbordó sí, pero no todo era dolor…El celular vibraba incesante en su mano y eso la devolvió a la realidad, sintió la otra mano apretada, la aflojó y vio el frasco diminuto.
Una gotita por día y en algún momento su corazón se detendrá. No deja rastro. No te preocupes. Yo sé. Lo he visto. Encontró la nota y el frasquito hace unos meses en una elegante caja de vino que había enviado de regalo la empresa que instaló el internet por ser clientes premium. La calidad de vida cuesta, querido.
Analía M. Angeli; Soy de Vicuña Mackenna, Córdoba. Mi familia son la gente que amo, mi hija, amigos, compañeros, familiares, esos que están cerca de mí y conectan conmigo desde algún lugar.
Soy Profesora de enseñanza primaria y directora de una escuela. Me gusta mucho leer y hoy, más que nada, escribir es un cable a tierra. Participo desde hace tiempo del Taller de Literatura “Claraboya”.
Ese tiempo de encuentro con el profe y mis compañeras es muy valioso; siento que poco a poco descubro infinitas caras del mundo literario. Contar la vida a través de las palabras, tejer y destejer mil veces para decir porque los textos no sólo buscan agradar al lector, buscan hacerlo sentir.