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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas Literarias en Vía Tres Arroyos: “Mordiscón” de Valentina Pereyra

Los autores tresarroyenses tiene su espacio en Vía Tres Arroyos

Pinceladas Literarias en Vía Tres Arroyos: “Mordiscón” de Valentina Pereyra
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
08 de diciembre de 2024, 09:54
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La ventana de la habitación de mi casa daba al patio. Me gustaba levantar la persiana y encontrar la fiesta de colores que armaban las flores de las plantas de rayitos de sol junto a los agapantos. Cuando nací mi padre plantó un árbol de magnolias en una de las esquinas del patio. Pensé que mi hermano quería seguir con esa tradición, por eso le seguí la corriente. ¿¡Quién le dijo a él y a su mujer que llegar a los sesenta no era un bajón!? Me alcanzaba con una magnolia en el florero. ¿¡A quién se le ocurre festejar!? ¿Qué quieren que aplauda: las canas que no paran de usurpar mi cabeza? Estaba en la cocina preparando el mate cuando escuché los tres timbres cortos. Mi hermano tenía la costumbre de anunciarse de esa manera. Me juego la cabeza que la idea la tuvo mi cuñada. Desde que se casaron que le digo que odio mi cumpleaños. Tampoco me gustaba que mi madre me hiciera una torta con velas que me obligaba a soplar con nuestras vecinas y alguna de mis clientas de costura. No tuve fuerzas ni coraje para echarlos a la mierda. Les regalé una sonrisa después de cada abrazo y de deseo de feliz cumpleaños. “No cortaste la magnolia”, dijo mi hermano y me sorprendió que lo recordase. Él no estaba nunca en casa. Se fue cuando cumplió dieciocho años, después de embarazar a su novia, y dejó de visitarnos seguido. Venía sólo para los cumpleaños o velorios. Pero ese día, como yo llegaba a un número redondo, se le ocurrió festejar. Hablamos de bueyes perdidos, de los pocos vecinos que quedaban en el barrio, de cómo todos habían vendido sus casas y de que la única que quedaba con sus dueños originales era la nuestra. El mate se lavó y ya no quedaba mucho más para charlar. Fue ahí que mi cuñada se paró como resorte y dijo algo de que tenía que acompañarla a buscar una tela para el vestido de quince de mi sobrina. “Vamos mañana, ahora deben estar cerrando, ya son casi las ocho de la noche”, le dije. Pero insistió tanto que acepté con tal de que se fueran y me dejaran festejar en casa tranquila.

Me sacaron tan de raje que ni me cambié, salí como estaba con mi jean patas de elefante gastado, camisa celeste abrochada hasta el cuello y un pulóver rojo de mangas anchas que me tejió mi madre. Mi hermano estacionó cerca del salón de fiestas del Club Huracán y mi cuñada me dijo que ahí había una feria de ropa usada y de telas que quedaron del cierre de la Mercería de mi barrio. Cuando bajé del auto noté que mi cuñada me miraba de refilón las patas. ¡Andaba con las zapatillas de barrer el patio! ¡Qué esperaban, nadie me había avisado nada!

Mi hermano me agarró del hombro, desde que bailamos el vals de mis quince que no estábamos tan cerca, y me llevó por un pasillo largo, rosa, que desembocaba en un enorme salón decorado con globos dorados. Puse el primer pie en el salón y una multitud, para mí más de cinco personas era una cantidad insoportable, gritó: ¡Feliz cumpleaños! La mueca que hice los confundió, pero deben haber creído que era una sonrisa porque enseguida me abrazaron. Estaban los vecinos del barrio, las clientas, las hermanas de mi cuñada y sus hijos. Mi hermano, que no me había soltado el hombro, me acompañó al centro del salón. Se apagaron las luces y cayeron sobre mi cabeza papeles plateados y violáceos. ¡Mi cuñada no había encontrado colores para combinarlos con los globos! Las cinco mesas redondas formaban una extraña figura serpenteante que rodeaba a otra más pequeña y rectangular donde se apoyaba la torta. Manteles blancos, platos transparentes, dos vasos, uno alto y el otro más panzón; una panera y servilletas de papel dobladas como un abanico. A mi familia no le sobraba creatividad. En alusión a mi trabajo como costurera me mandaron a hacer una muñeca de pasta Ballina sentada atrás de una máquina Singer. De la misma masa, un vestido blanco de novia colgaba sobre la tabla de coser hasta el primer piso de la torta. Mi hermano había estudiado en el comercial, a mí me mandaron a corte y confección. Tuve mucho trabajo. Tenía fama de prolija, paciente y barata. ¡Mi cuñada me tenía harta diciéndome que regalaba el laburo! Con la pensión de mi madre y lo que me dejaban las costuras, zafaba.

En otro rincón del salón: una barra y enfrente el DJ, mi ex. ¡Serán turros! Lo contrataron para que animara la fiesta. Sin pensar ni por un minuto en defraudarlos, me acerqué, lo saludé, le pregunté por su madre, causa de todos mis males, y volví al centro del salón. Un seis y un cero colgaban del techo y, cada vez que me movía, me lo incrustaba en un ojo. ¡Todas esas décadas encima! Mis sobrinas me sacaban fotos, me pedían poses y mi cuñada no paraba de contarme los detalles de la organización. ¡Muy cara! Las vecinas se arrimaron y me regalaron pequeñas palmadas en el hombro, como las que me dieron en el funeral de mi madre. Los sobrinos de mi cuñada, acodados en la barra, no dejaron de chupar fernet con Cola. ¡Qué berreta, no les dio para comprar alcohol para hacer buenos tragos! Mi ex puso discos de Cacho Castaña e instantáneamente recordé que lo dejé por mersa. Después de la picada sirvieron unas pizzas y empanadas; Cuando mi ex anunció por el micrófono que la mesa de postres estaba servida, me atropellaron. Dejé pasar a los sobrinos de mi cuñada y a las viejas del barrio y me fui al baño para pasar el rato. Sentada en el inodoro escuché sonar un vals y estudié el lugar. No pasaba por ninguna de las ventanillas. Tuve que salir. Tragué saliva, me encorvé más que de costumbre y, a pesar de eso, no desaparecí. Mi hermano me tomó del brazo y me zarandeó hacia el centro de la pista. Nunca me miró, sólo dio varias vueltas y me ofreció a los brazos de mi cuñada que después de cuatro acordes me largó. Los maridos de mis vecinas tenían más de ochenta años, así que me llevaron hasta sus mesas para que bailaran en sus lugares. Mis clientas también se acercaron y me fueron paseando por toda la pista. El DJ, mi ex, salió detrás de las bandejas de sus equipos de música y me tomó de la mano. Apoyó su índice sobre mi cabeza para hacerme girar. Con su mano en mi espalda me tiró hacia atrás con un movimiento tan ampuloso que casi me revienta la cabeza contra el suelo. Mis zapatillas quedaron ancladas al pegote del piso. Hizo una reverencia y me dejó en el medio del salón para retomar la tarea por la que le habían pagado. Sacó El Danubio Azul y puso la canción de Feliz Cumpleaños. Una vecina me paró frente a la torta y, con la ayuda de mi cuñada y mi hermano, encendieron las sesenta velas.

Sus sobrinos empezaron a corear: Mor-dis-cón; mor-dis-cón.

Empujé la cara con tanta furia que la muñeca costurera de pasta Ballina voló y cayó encima de la cabeza de mi cuñada; la máquina Singer comestible se incrustó en la pollera de una de las vecinas más viejas y la crema embadurnó a los sobrinos de mi cuñada que me habían rodeado. Embutí mis dos manos en el corazón de la torta y empecé a tirar a troche y moche los pedazos que podía; hasta que no dejé nada sobre el plato de sitio, no paré. Lo último que recuerdo, antes de caer, fue la cara blanca de los pibitos, los globos rebotando y a Donald vociferando de fondo.

A los sesenta años las mujeres son jóvenes, no como en la época de mi madre que ya eran viejas a los cuarenta. Sin embargo, sentenciaron mi salud mental y no les importó mi edad. Mi hermano decidió que ya no podía vivir sola, y por eso me encerraron y se quedaron con la pensión de mi madre. El jardín del Servicio de Salud Mental está frente a mi ventana. La enfermera pasó hace un rato y me dejó una flor, no debe haber conseguido magnolias porque trajo un clavel blanco, sobre mi mesa de luz. Faltan unas horas para que lleguen las visitas. Hoy es mi cumpleaños. Espero que no se les ocurra festejarlo.

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