Pinceladas literarias: "Domingo", un cuento de Mijal Mendiuk

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "Domingo", un cuento de Mijal Mendiuk
Tomate (Mayra Céspedes)
17 de octubre de 2026, 21:45

Vía tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra.

En esta oportunidad con un cuento de Mijal Mendiuk

Domingo

Las camas tendidas, el acolchado de flores grises arrojado como un peso muerto sobre el colchón, la luz del sol cansado acunando almohadones, el viento como un silbido alerta en la habitación. Entre los muros el ruido potente del ascensor, la carga como un gruñido de bueyes en la terraza y después un bostezo repetido desde la planta baja.

En el baño una fila de perfumes, verbenas y jazmines amarillos, jabones decorados con flores fucsias debajo de la toalla de vista, un paño de tela planchada frente al espejo. Sobre el mármol una vitrina del pasado apretado por las arrugas de los dedos, por la fuerza de los dedos contra el polvo, por la fuerza de las uñas contra el cepillo, por el gesto de limpiar sobre lo limpio, de lavar el brillo, de fregar sobre lo impoluto, por el gesto de no ser nunca demasiado.

El mueble largo acostado en el pasillo, abajo los mocasines gastados intercalados con sus zapatos negros de taco cuadrado; arriba, las sábanas en pliegues perfectos de sus uñas, el olor a suavizante vivo contra la madera, el orden permanente, el anuncio de un día raro. En el living, la mesa puesta, el puño tirante sobre mantel, sus mejillas en los bordes dorados de platos, el calor humeante de la plancha aplastando las servilletas bordadas, las sillas ajustadas contra la pared y en el centro de sus labios, el florero azul brillante.

Pero en la cocina, un baldío de suspiros quebrado. Sus manos quietas, sus manos fijas en el piso, ya sin pulseras, ya desnudas manos, ya no dispuestas al amasado, esas manos rectas y ágiles, ahora bebederos de pájaros, inmóviles. Nosotros, esos pájaros de picos sedientos, de hambre de domingo, con nuestros labios siempre sedientos de madrugadas, con nuestro humo de noche, con nuestros sueños alterados siempre arrastrados hasta su mesa. Pero hoy, sus manos rectas, duras, vacías.

La llama roja, violeta, la no llama también, el olor nauseabundo, el olor hueco de nuestra desesperación, el golpe sobre la puerta sin llaves, el ritmo insoportable de nuestros corazones en bandada, en rescate, en escaleras subidas de a trancos largos, las escaleras como montañas lejanas, remotas, interminables. El olor de ese silencio despertándonos, el ruido a nadie, el timbre sin respuestas, el golpe y el contragolpe, los gritos, nuestros hombros machacados en coro contra la puerta blindada, los hombros frescos de gimnasio de los bomberos también, el corte del hacha sobre la puerta, la entrada en furia y adentro, el hueco.

Su rodete desparramado en el piso, una alfombra de lana blanca petrificada contra el horno, perillas abiertas, el silbido de cinco hornallas como un arrullo. El vidrio del horno explotado y en la mesa ninguna carta. Su cuerpo, en cambio, en paz, sus ropas sanas, el delantal celeste a cuadros desatado y debajo un rasguño, moretones, una y otra mancha violeta, signos de pregunta azules sobre el cuerpo. Un bulto negro asomando de la mandíbula, sobre su cuello entre nuestras lágrimas. Su cuerpo, un mapa de magullones y arañazos, su cuerpo una pintura marrón desfigurada. Su ombligo apretujado y otro conjunto de lágrimas, golpes de todos los colores, golpes de todas las edades, una línea de tiempo surcada sobre su piel y en la mesada, flotando, un hilo rojo, la salsa cruda, la misma salsa de ayer.

De pronto, un tambor de mocasines ajetreado, el aliento cansado de un gusano agonizando escaleras abajo y el gemido estampado en las paredes. Las marcas de los dedos ensangrentados entre las llaves de luz, debajo de los picaportes, en los marcos beige de la entrada, en gotas sobre el parqué. La llaga huidiza. Las huella de un hombre. Nosotros, ramas de un árbol. Debajo de ese hombre, nosotros, nuestro árbol, nuestro apellido en llaga.

Sobre la autora

Mijal Mendiuk nació en Buenos Aires. Es licenciada y profesora en Ciencias de la Comunicación. Se sumó, hace tres años, al taller de escritura Claraboya que coordina Nahuel Vázquez. Actualmente, estudia Artes de la Escritura en la UNA.