Pinceladas literarias: "Chau runners, si Dios quiere"
Un cuento de Valentina Pereyra.
Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un cuento de su autoría.
Chau runners, si Dios quiere
Si no te corrés, te paso por arriba. Estoy decidida. No puedo controlar el impulso feroz que me quema el pecho, me estruja las articulaciones, lo vuelve enojo. No entendés, porque si te dieras cuenta de lo finita que es tu vida, de lo cerca que estás de la muerte y de cómo vos, sí, vos, ponés en mis manos esa potestad de ser Dios Padre Todopoderoso, te correrías. Deberías transitar por tu lado, dejarme pasar. Deberían entender que no hay dueños de estancia en la calle. Es de todos y de nadie; sin dueño y con patrones; libres y esclavizadas. ¿Por qué corrés por el medio de la calle? ¿Por qué me mirás como si yo estuviera interrumpiendo tu paso, tu camino, tu recorrido personal? ¿Por qué crees que el que urbanizó separó las veredas de la calle? ¿Desde cuándo la tracción a sangre está permitida en el asfalto? Jugás, jugás con mi paciencia y jugás con tu vida chiquita, insignificante, desprevenida. Primero doblaste en u sin levantar el brazo izquierdo, sin poner el guiño que deberías llevar prendido al culo, sin dar vuelta tu cabeza de giro. Son un ser humano. Piel, sangre, articulaciones, pelo. Respirás. No podés doblarme encima, decidir que querés seguir corriendo por el otro carril y, así, sin dudarlo, das vuelta tu torso, me ponés tu cara de perfil y doblás las rodillas para impulsarte hacia la izquierda. Estoy atrás, ni siquiera voy a la velocidad que me indican los carteles, la bajé por vos: ¡pelotudo! ¿Y la otra, tu compañera? A media marcha reacciona que la dejaste hablando sola y gira ciento ochenta grados y se encuentra con mi cara atónita pegada al limpiaparabrisas. ¿y qué hace? Me mira. Ni se disculpa, ni levanta la mano, ni gesticula. Sólo me mira como si yo, sapo de otro pozo, tuviera que rendirle pleitesía. No, chiquita o vieja en cuerpo de miniatura; no muchacha de ojos tristes enrarecidos por el sudor y la desidia; no querida amiga atleta del tercer mundo: vos estás por el mal camino y yo, sigo teniendo en mis manos tu vida. Voy al volante, ¿me ves? Yo tengo el volante, el arma, la herramienta maldita. Yo acelero, desacelero. Yo decido si te levanto como en pala ancha o si te llevo en el capot hasta mi casa. Soy un Dios paciente a la espera de la orden celestial urgente. No me mirés como si me hicieras el favor de correrte. La calle es pública, pública, pública y, no se puede circular a sangre. Te pierdo por un rato y creo que ya puedo relajarme. Aceleraste. Desafiaste mi obligación de buena conductora y mi paciencia. Me sobrepasaste de nuevo. Pegaste otra vuelta, te pusiste atrás y me sobrepasaste: vos y tu compañera de trote. Se juntaron con otros tres gordos que corren a los saltitos más adelante. Paso la vía. Me lamento que no venga un tren y los arrastre. Magullo puteadas y les pongo sobrenombres. Aborrezco las remeras flúor que los distinguen como semáforos en fuga; las zapatillas que encandilan; la agitación que sobresale. ¡Váyanse, carajo! No ven que el diablo se metió en las entrañas, que las voces que hoy hablan podrían no ser las mías o las de mis ancestros que me inculcaron el valor de la vida. No se dan cuenta que el calor me sube por el cuello, pinta mis orejas de rojo y enciende las pupilas. ¿No ven que soy Dios y ustedes los pecadores a puntos de purgar por sus mentiras? Que estés bien; si Dios quiere, diría mi abuela. Si Dios quiere hoy volvés a casa. Si Dios quiere no vas a ser un puñado de ropa de fibra enrollada como un gato sobre el asfalto helado. El cerebro le ordena al pie que oprima. El acelerador suena y la trompa del auto corcovea. Ni te das vuelta. Siguen, vos y tus amigos confiados en que yo soy una mujer de bien, educada en el amor a Dios y al prójimo, dueña de consciencia y ética comprimida. Pero, no. Por qué creerse semejantes mentiras. Lo único que quiero es aplastarte y enseñarte, de una vez y para siempre, que en la calle no se corre, se transita. Hago cálculos mientras miro el perfil de tu sonrisa húmeda. Si te levanto en el aire y te mato voy a pasarme la noche dando explicaciones en la Comisaría. Tengo hambre y no llegaría a tiempo para hacerme un sanguche. Si no te mato, tengo que esperar a que llegue la ambulancia o, hasta tal vez, llamarla; tengo hambre y pienso: cuánto tiempo va a demandarme y qué papeles deberé tener a mano y cuándo voy a cenar a casa. Ahora se desparraman, toman distancia como hacíamos en la escuela, pero a lo ancho. No les alcanza con cruzarse, ahora quieren todo, van por todo, son los dueños de la calle. Cuánto me va a costar pagarlos por buenos. Cuánto voy a tener que responder a policías imberbes, jueces somnolientos o abogados mal pagos. No me acuerdo cuánto tengo de franquicia. El pie hace fuerza para apretar el acelerador. La orden está circulando por mis venas; las neuronas hicieron lo suyo y la consciencia se abrió de gambas. ¡Correte, carajo! ¡Andá a correr al campito! Dios, dame fuerzas para no emularte. Dios dame fuerzas para no copiarte. Dios, dame power mucho power.
