Vía Tres Arroyos presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra.
En esta oportunidad con un cuento de María Palacio
El altar
Era un portarretrato dorado, pesado, con el vidrio opaco por el humo de las velas. Siempre había una encendida, de esas que vienen en vasitos de vidrio. Mi abuela dormía al lado, en un sillón que había arrimado contra la pared, porque cada dos horas se despertaba para cambiarla. El fuego duraba eso: dos horas exactas hasta consumirse.
A la noche parecía tener un reloj metido en el cuerpo. Abría los ojos justo antes de que la llama muriera y reemplazaba el vasito por otro nuevo. La escuchábamos arrastrar las pantuflas por el pasillo. Otras veces, sentíamos el ruido seco de las cajas llenas de velas chocando entre sí. La cara del tío Rodolfo permanecía siempre iluminada por el resplandor de las llamas.
Le decíamos que comprara esas velas eléctricas, las de plástico, las que funcionan con una pila. Que a su edad no podía seguir levantándose cada dos horas. Pero ella se negaba.
—Así no sirve —contestaba—. Tiene que ser fuego de verdad.
Nadie se animaba a decirle que tampoco pasaría nada si el fuego se apagaba.
Mi abuela nunca iba a misa, pero rezaba más que cualquier persona que conociera.
Cuando murió Tito, la madre vino a pedirle si podía agregar una foto en el altar. Tito había sido el mejor amigo de Rodolfo. Iba con él en el auto la noche del accidente. De hecho, Tito manejaba.
Pero Tito no murió en el acto, como Rodolfo. Eso era algo que mi abuela repetía con una indignación espinosa.
—Él bajó caminando.
Y era verdad. Había salido rengueando de entre los fierros, con la pierna quebrada en tres partes, pero de pie. Rodolfo murió en el lugar, ni a la ambulancia llegaron a subirlo.
A Tito le tuvieron que hacer varias cirugías para arreglarle la tibia. Durante la última operación sufrió una infección. Una infección en el hueso que le pasó a la sangre, y por más antibióticos que le dieron, murió exactamente siete meses después del accidente.
Según mi abuela, Tito había tomado esa noche. La policía llegó tarde y nunca le hicieron un dosaje, pero ella estaba segura y no se lo podía perdonar.
Por eso rechazó el pedido de la madre.
—Acá está mi hijo. Y no hay lugar para nadie más.
Gastaba una fortuna en velas porque cuando una se consumía, tiraba el vasito entero. Nosotros le explicábamos que podía cambiar sólo el pabilo, comprar los hilitos sueltos y reutilizar los vasos.
—Ningún gasto es demasiado para mi hijo.
Mi mamá decía que la abuela siempre había preferido a Rodolfo. A veces, después de tomar vino, agregaba algo peor: que su madre hubiera elegido que fuera ella la que estuviera en ese auto aquella noche.
Un año después de la muerte de Tito enfermó su mamá. Un cáncer de pulmón la devoró en pocos meses. Más tarde murió el padre, de otra enfermedad, pero igual de rápido.
—Pobres —dijo mamá cuando se enteró—. Nunca pudieron superar lo de Tito.
Mi abuela no dijo nada.
Una madrugada me desperté y fui hasta la cocina a buscar un vaso de agua. Cuando volvía a mi habitación, la foto del tío Rodolfo apenas iluminada me hizo acercarme. Estaba serio, como si supiera de antemano su triste destino. Acaricié el portarretrato y, sin querer, lo empujé. Se dobló el soporte y cayó hacia atrás con un golpe seco.
Al levantarlo la vi. En la parte trasera del marco, donde nadie miraba nunca, había una estampita pegada con cinta. San La Muerte. Sonreía con la guadaña sobre los hombros. Sus ojos me miraron hasta el fondo del alma.
Volví a acomodar la foto en su lugar, con cuidado, como la había encontrado. Atrás, en su sillón, mi abuela dormía con la respiración pesada. Faltaba poco para que se despertara a cambiar la vela. Me quedé un rato ahí parado, escuchando su respiración tranquila. Recé en silencio por el tío Rodolfo.
Sobre la autora
María Palacio nació en Buenos Aires, es abogada y desde 2009 vive en Tres Arroyos. Lo que más le gusta es leer, y desde 2019 también escribe cuentos. Asiste al taller literario de Sandra Stanicia, donde descubrió el placer de escribir en grupo y compartir textos.
