Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra. En esta ocasión con un cuento de Lidia Mora.
ABRU
— Chicas, le pedí un tiempo, agarré mis cosas y me fuí.
Abru escribió eso en el grupo que tiene con sus amigas y esa frase alcanzó para estar, unas horas después, todas en un jardín escuchando las noticias.
Llegó Zoe mientras La Rubia ya estaba desplegando la manta sobre el pasto. El jazmín del cielo adornaba la misma pared donde estaba la fuente de feng shui. Armaron el mate, pusieron el espiral para evitar las picaduras y llegó Abru.
— Traje mi termo, ¿vos tenes yerba?
Salieron al jardín, encendieron la fuente y el agua empezó a sonar, acompañando el relato. Abru dentro de todo estaba bien. Ya venía haciendo el duelo de su relación desde hacía tiempo. Por momentos hablaba con un dejo de enojo, que se acompañaba casi al instante de un alivio, una especie de sube y baja. Todo junto en una bolsa de emociones, algunas más lindas que otras. La clave era sentir, escuchar, y dejar el reproche para después. Hoy lo veía claro, su lugar ya no era con él.
Para el primer termo de agua, el sol alumbraba parte del cedrón. Apareció un colibrí y después otro. Llegó una torcaza que se subió al nido para arrullar a su pichón. Y las tres estaban ahí, debatiendo si compraban galletitas dulces. Dejá que yo tengo acá un paquete, dijo la Rubia.
Y seguido de eso, dejó caer, Me alegra un montón que te separes. Las caras del resto mutaban risueñas esperando la explicación. No tengo nada contra él, pero no eras feliz hace tiempo, así que bienvenida esta decisión.
Timbre. La Rubia atendió el portero y llave en mano salió a recibir a la cuarta. Vico mostró las manos con manchas de grasa desde el otro lado de la puerta de vidrio. Ya adentro contó que se cruzó de lado en la bicisenda y cayó cuan larga era. Ya venía luchando con la cadena que se le salía cada dos por tres. A ella y a la bici.
El noviembre pasado se recibió de maestra inicial y ahí estaban todas, vestidas de vacas (por su apodo) llenando el aire de colores y espumas para celebrarla. Y ahora ahí estaba, sacándose los restos de grasa de las manos y mostrando los raspones del asfalto, todo eso envuelto en risas y alusiones a su torpeza.
Ahí no más, aprovecharon el momento para cargar otro termo de agua para el mate y que Abru empiece de nuevo a contar todo. Pero esta vez sumó cosas, y la indignación crecía, y cuando parecía que se podía llegar a quebrar, dale otra vez con la risa, porque en ese grupo lo que más les sale es usar el humor como escudo.
— Evidentemente… — empezó a decir la Rubia mientras se ajustaba los lentes para desarrollar una idea.
―Ah pero mirala ―interrumpió Zoe―. Ahí viene ella con su calma de terapeuta a tirar una verdad.
— Dale che, al final no puedo decir nada
— Pero dale, mira como te pones los anteojos para hablar, pareces Rolon.
— No quiero hablar más con ustedes, les pido que se vayan de mi casa
Pero nadie le creyó y siguieron con las risas.
Así que ahí estaban las cuatro. Con edades distintas, gustos distintos, abrazando en esa lona de dos por dos a Abru, que había podido dormir diez horas seguidas después de mucho tiempo. Eso se celebra. Y se celebra que pueda hablarles de eso.
Entre la más chica y la más grande hay veinte años de diferencia, la historia alguna ya la vivió y otra la sigue viviendo, pero para Abru es la primera vez. Y lo que más se siente en el ambiente es el espacio de no juicio. Lo que se diga sobre esa manta, no se juzga, se acompaña y se deja ser.
Y de pronto los caminos son varios y en algún punto, todos se relacionan. Porque los vínculos son distintos pero parecidos. Como decía Zoe en un intento fallido de ser clara.
Cuando uno va girando con un amigo por la vida, pero de golpe giran distinto y quizás
después vuelven a encontrarse en ese giro…… y las risas espontáneas retumbaban entre las paredes del jardín, porque la idea estaba, pero no se logró comunicar.
Y las cuatro seguían ahí, debatiendo si era momento de abrir una cerveza o seguir con el mate.
— No, cerveza no, vuelvo a Lanús y tengo que manejar, pero creo que es momento de un sahumo.
La Rubia llevó carbón y yuyos. Prendió todo en un cuenco y lo fue moviendo arriba de la lona, dando vueltas insistentes sobre Abru, que en ese momento leía en voz alta las cosas que venía escribiendo, escribiéndose, para leerse y leerles, para poder escucharse. Y el humo fue de un lado a otro, llevando esas palabras y las risas, mientras Zoe cantaba a Krishna moviendo los brazos y Vico abrazaba el humo y lo llevaba a su pierna machucada, a modo de sanación.
Zoe reforzó la oferta que había hecho días antes.
— Tenes las llaves de casa, si necesitas estar tranqui, te venis, tengo una habitación más.
— Estos días no estoy en casa —sumó la Rubia—. Así que, contá con este espacio para quedarte, solo te pido que no espantes a los pájaros y riegues las plantas.
— Quizás, en algún momento…Gracias, gracias de verdad― dijo Abru.
La Rubia prendió las luces del jardín, la tarde ya casi estaba entrando en la noche y la humedad trajo el fresco, pero pusieron un termo más de agua y cambiaron la cebadura.
Esa tarde fueron ellas cuatro. Y los pájaros con Krishna. Y el agua de la fuente. El mate, la red y el abrazo para acompañar a Abru, y escucharla decir: Me siento más liviana.
