Emocionado hasta las lágrimas, Guillermo finalmente logró cerrar parte de su historia. La mujer había sido obligada a darlo en adopción.


Guillermo Peralta tiene 31 años y es un comerciante de la localidad de Tilisarao, en San Luis, decidió usar las redes sociales para encontrar su origen y lograr darle cierre y luz a una parte desconocida y oscura de su vida. Finalmente el pasado 12 de diciembre, en el aeropuerto de la capital puntana, se estrechó en un abrazo con su madre biológica: Marta Ochoa.

El hombre conoció a su madre biológica, tras 31 años de dudas, por parte de él, y tristeza en silencio, por parte de ella. Por 11 días compartieron comidas, charlas con sus padres de crianza, recuerdos y lugares en Tilisarao, donde el joven vive. Por 11 días, fueron la familia que en realidad nunca debió haber sido separada, informó El Diario de la República.

Luego de 31 años, conoció a su mamá biológica.

A pesar de que Guillermo siempre tuvo dudas, la búsqueda fue, dentro de todo, rápida. Incluso recién en el 2018 se animó a hablar con sus padres de crianza, Ramón Peralta y Margarita Brito, sobre su identidad y su origen. Es así que en marzo del año pasado, comenzó su búsqueda, impulsada por las redes sociales

Tenía algunos datos: nació en una clínica privada en Tilisarao. Dio con la enfermera que estuvo en el parto y allí supo que era muy probable que su madre tuviera apellido Ochoa y que podría haber venido de Concarán, que queda a 25 kilómetros. También su padre Ramón, le recordó que un hombre adulto, en una camioneta, fue quien lo dejo en su hogar, en Tilisarao. Sospechaba que era el abuelo biológico”.

Todo aquello se confirmó casi a fines del 2018. Pero Guillermo estaba a punto de tirar la toalla, pero como es muy creyente, le pidió a la Virgen de San Nicolás, el martes 20 de noviembre, que le diera alguna señal. Un amigo de toda la vida, Federico Casadidio, se convirtió entonces en el emisario. No quiso dar muchos detalles; “en un pueblo donde todos se conocen”, su amigo tenía la certeza de que su padre biológico, Jorge —prefirió no dar su apellido—, vivía actualmente en Concarán.

Una llamada telefónica

Guillermo se contactó con Jorge el domingo 25 y le preguntaron si existía aquella chica de apellido Ochoa, y él les dijo que sí. También se contactaron con compañeros de la escuela a la que asistía Marta, el Colegio de Comercio Nº 3 “Eleodoro Lobos”, y el mismo padre les dio otro dato vital: allí todavía vivía un hermano de la mujer, al que también contactaron. La madre biológica, sin embargo, actualmente vive en Pilar, Buenos Aires.

El hermano de Marta la llamó casi inmediatamente, tras recibir la visita de los dos jóvenes. “Me dijo: ‘¿Estás bien? ¿Puedo hablar con vos?’, lo que me pareció raro porque no es un vínculo que sea muy cercano, ni nos vemos tan seguido”, detalló la Marta. “Me llamó un chico que se llama Guillermo Peralta y me dijo que nació el 14 de marzo de 1987″, le dijo su hermano. “Es mi hijo”, contestó la mujer, al ver que la fecha coincidía con el día que dio a luz.

Sin dudarlo le pidió el número a su hermano y, al día siguiente, el lunes 26, tuvieron su primer contacto telefónico. “Desde ahí fue algo mágico, fue como si lo conociera de toda la vida”, remarcó. Días después, organizaron el viaje. Iba a llegar el 13 de diciembre, pero había problemas con los vuelos y terminó arribando a San Luis el 12. “Me iba a quedar siete días, me terminé quedando 11”, agregó. Hasta el clima parecía no querer separarlos porque una fuerte tormenta hizo que su viaje de regreso del 19 se postergará para el 23.

Luego de 31 años, conoció a su mamá biológica.

Si bien Marta pudo rehacer su vida, en ella vivía intacto el recuerdo de la separación de su hijo, que calaba hondo en su pecho al punto tal de que desde que conoció a su marido, Alejandro Junipero, le contó sobre lo que había ocurrido hace décadas en Concarán. Hoy vive en Pilar, junto a el, quien es cirujano: mientras ella se desempeñó como enfermera por varios años, hasta que decidió dejar su profesión para cuidar de su otro hijo, Matías, de 16 años, que sufre distrofia muscular de Duchenne, un padecimiento crónico.

Una casa en el campo

El padre de Marta era un coronel retirado del Ejército -de quien prefirió no dar su identidad- tanto para él. como para muchas personas de la sociedad, en los ’80, los embarazos adolescentes no eran bien vistos. “Mi papá se separó de mi mamá cuando yo tenía cuatro años. Vivíamos acá en Buenos Aires. En San Luis estaban mis abuelos y fuimos a vivir allí cuando tenía 9 o 10 años”, detalló. En Concarán su padre conoció a una viuda, con la que tuvo un hijo —el hermano que hizo el contacto, que es menor que ella—. Se separaron un tiempo después y Marta y su papá se fueron a vivir a una casa de campo, a unos metros de la localidad.

Tiempo después, cuando Marta tenía 13, se reconciliaron. Su padre volvió a vivir con su nueva pareja, pero su madrastra nunca la quiso y tenían una muy mala relación. “Me tocó una como la de las películas”, remarcó. Ella se quedó entonces a vivir en la casa de campo. Iba a la escuela, comía y vivía por su cuenta. “Tenía lo material, pero no me daban nada, ni afecto, ni cariño”, recordó con un dejo de tristeza. En aquella soledad, en 1986, a los 17 años, comenzó a salir con un muchacho más grande; y, producto de aquella relación, quedó embarazada. Se dio cuenta al tercer mes, mientras cursaba quinto año de la secundaria.

Pasó los últimos meses de embarazo sola. El 14 de marzo de 1987 se descompuso. Su padre, que la visitaba todas las noches para dejarle comida, la encontró en el piso. “Llamaron al médico nuestro. Nos trató muy bien. Me llevaron de urgencia a una clínica privada en Tilisarao y ahí di a luz. Lo que tengo entendido es que la médica que hizo el parto no tenía experiencia, era pediatra. Lo que me cuenta la enfermera y lo que recuerdo yo, es que sufrí muchísimo”, rememoró.

“De ahí nadie me explicó nada de lo que iban a hacer. Yo, al estar sola, me había aferrado a ese bebé que tenía en mi vientre, era lo único a lo que iba a poder dar cariño y lo único que tal vez me iba a dar cariño a mí”, afirmó. Lamentablemente, las cosas no salieron como ella quiso.

Tras dar a luz, a pocas cuadras de la clínica, su padre estacionó la camioneta familiar. “Dame el bebé”, le dijo a su hija. “Yo, con esa edad, no podía hacer nada”, justificó Marta. “No llorés, no llorés”, le dijo su padre. “Era imposible. Hace 31 años llevo esta mochila pesada que por suerte ahora se fue”, remarcó.

Luego de terminar el colegio, su padre la envió al Ejército, donde prestó servicio en el cuerpo profesional en Campo de Mayo. Estudió en la Universidad Nacional de Rosario, y después se fue a vivir con su esposo a Francia, donde se especializó en trasplantes.

Su vocación de enfermera de alguna manera la ayudó a sobrellevar la pérdida y hasta encontrar el perdón con su padre. “Por momentos tenía mucho enojo, porque no me dio la posibilidad que le dio a mi hermano. A él le pasó la misma historia, más adelante. Se dio cuenta, me pidió perdón y me dijo que nunca más le sacaría un hijo a una madre”, contó con firmeza. “Empecé a ver las cosas diferente, yo soy una persona que no tiene rencor por nadie, que tiene muchos valores; imaginate que tengo una profesión en la que estoy entre la vida y la muerte, ayudando a las personas a tratar de vivir mejor. Hoy tengo una buena relación”, explicó.

“Lo que rescato es que Guillermo tuvo la suerte de estar en una buena familia, que le ha dado todo espiritualmente: amor y cariño. Hoy en día, es un hombre de bien, así que esa es mi satisfacción”, agregó.

Ni tres décadas de separación pudieron contra tanto amor

Al día siguiente de su llegada a San Luis, el jueves 13, Marta conoció a los padres de crianza de Guillermo. “A la mañana nos juntamos, fue muy emocionante. Con el correr de los días, nos fuimos tranquilizando todos, procesando la emoción, porque cuesta. Establecimos un vínculo muy lindo y la verdad que ella es una más de la familia”, describió el hijo.

En uno de los comercios gastronómicos que Guillermo regentea en Tilisarao, las madres del joven se juntaron a pelar papas y a cocinar. “Compartimos la vida diaria que yo llevo, para que ella pueda entenderme. Recorrimos lugares donde había pasado el embarazo conmigo”, dijo el joven. Ella conoció a su nieto Iván, mientras que él se enteró de la existencia de su hermano Matías, a quien prometió conocer este verano.

“La madre siempre tira más. A mi papá lo voy a tratar como si fuese un amigo. La verdad me sirve para cerrar esto y no tengo ningún problema. Mis roles no van a cambiar, mis padres de crianza son mi madre y mi padre”, aclaró.

“Fue gente muy buena que me abrió las puertas de su casa. Yo les expliqué que no venía a invadir a nadie, que ellos siguen siendo sus padres adoptivos”, apuntó Marta. “Esto recién empieza, es una etapa maravillosa de encuentro. Quedamos como si hubiéramos sido familia toda la vida”, dijo la mujer y añadió que: “Me ha cambiado como ser humano a mi también, en el sentido de que vivía muy triste; tengo un hijo con una enfermedad incurable. Ahora, la presencia y la llegada de Guillermo es como un motor para mí. Es una energía que me ayuda a salir adelante”, aseguró. 






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