La trama, llena de claroscuros, transcurre en nuestros campos de cultivo, con sus labores y su gente.


Hace unos días, ordenando la biblioteca de mi pieza, me reencontré con los libros de Mercedes Marín, escritora cordobesa con quien, hace varios años, nos encontrábamos en la Casona Municipal –donde yo daba talleres– y, café mediante, conversábamos de libros y del oficio de escribir: Mercedes venía de un prestigioso taller literario de Córdoba, y a ambas nos gustaba, además de escribir, leer.

Las obras de Marín –Alguien llora sobre las acacias, Un secreto y dos destinos, y Cuentos con acento propio– han gozado del favor de los lectores, se estudian en nuestros colegios y se han reeditado varias veces.

De más está decir que volví a releer sus libros, y comencé con Alguien llora sobre las acacias, una novela que transcurre en nuestros campos de cultivo, con sus labores agrarias y su gente, que abarca un gran espectro social donde peones, estancieros, inmigrantes y viajeros componen la trama de la narración, una trama llena de claroscuros, donde un secreto de años ensombrece el destino de sus personajes, que creían toda tragedia acabada.

Entre amores engañosos, desencuentros y voces del pasado, asistimos a la pérdida de los afectos, la disolución de la familia, los niños que quedan a la deriva y un grupo de amigos, con lazos de sangre o solamente de convivencia, que se ve expuesto ante la mirada de sus enemigos.

La vida de Hilario y de su mujer, de Milagros y Lisandro, el misterio de la muerte de Matías, en un terrible accidente por demás sospechoso, la llegada de una desconocida con su hija, la aflicción de los mayores por la suerte de los chicos y la maldad de una mujer que desde la sombra planea actos de venganza irrazonables, marcan la trama de esta narración.

A pesar de que su argumento transcurre en un tiempo más o menos actual, la trama se sostiene, como en las novelas decimonónicas, en las relaciones familiares y el entorno social que contiene a sus personajes, además de un misterio que nos conduce hacia el final, apareciendo y desapareciendo entre sus hojas, relegado a veces por la autora, que entrelaza los hilos de sus destinos, llevándolas hacia un final impredecible.

La contratapa dice que es una novela romántica. A mi parecer, tiene ciertas connotaciones psicológicas pero, sobre todo, es un libro que nos habla de los sentimientos: de amores perdidos y reencontrados, de otros destructores y pasionales, de venganzas que, como el viento del final de invierno, deja prendidas entre las acacias los girones de las existencias destrozadas. Que no sólo destruye a los más vulnerables, sino que también arrasa con aquellos que se creían a salvo de todo, aquellos que parecían estar resguardados en su condición social y en sus privilegios, dejando al descubierto los hilos que los unen, el dolor de los equívocos y el tapiz que, de alguna manera, vuelve a entretejerse para sostener la urdimbre de la vida, que debe continuar a pesar de las pérdidas.

La novela está narrada con una prosa poética e intimista, que me recuerda a las novelas españolas de principios del S. XX, con la frescura de los espacios abiertos y el paisaje de nuestra llanura.

Repasando mis cuadernos de notas, encontré esta frase: “Alguien llora sobre las Acacias es un libro para releer al principio del otoño, frente a una ventana que deje pasar la sombra de un árbol sobre la pared de nuestro cuarto.”

​Algunas sugerencias:

Volver –como hice yo– a encontrarse con novelas de ambiente rural. Recomiendo especialmente:

1) Zogoibi, de Enrique Larreta.

2) Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán. La serie española es excelente.

3) Ver la serie The Village. ¡Es simplemente imperdible! 





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